Hace unos seis mil millones de años, la zona conocida como El
Sistema Solar era una nube de Hidrógeno con un poco de Helio y
algunos rastros de otros elementos.
Debido a la atracción gravitatoria esa nube de gas comenzó a
aglomerarse en el centro. Conforme la materia caía hacia el
interior de la nube la presión fue haciéndose cada vez más
grande. Al mismo tiempo, como los átomos llevaban un movimiento
propio antes de comenzar a caer, la nube comenzó a girar sobre sí
misma. Los remolinos de la caida de nubes de gas se formaban en
todas las direcciones pero el choque entre unas y otras
corrientes hizo que las corrientes más débiles se desviasen
para unirse a las corrientes más fuertes, hasta que por fin
todas las corrientes de gases se unieron en un único remolino de
gas que giraba en una dirección determinada, el mismo plano en
el que hoy en día aún sigue girando el Sol.
En esta nube de gases se volvió a repetir, a escala más
reducida, el mismo proceso formándose nubes más pequeñas que
giraban sobre sí mismas al tiempo que se trasladaban alrededor
de la nube central. Se formaron varios cientos de planetesimales
girando sobre sí mismos y viajando alrededor de la nube central,
pero los planetesimales más grandes, al pasar cerca de los más
pequeños los hacían salirse de su órbita. En la zona media del
sistema solar, a mitad de camino entre el centro y el borde de la
nube primigenia, se formaron dos planetas gigantescos que
absorbieron la mayor parte de los gases que existían en esa zona.
Había otros muchos planetesimales que se habían formado en el
Sistema, pero la masa gigantesca de Júpiter y Saturno "barrieron"
sus órbitas de tal forma que los planetesimales más cercanos
fueron absorbidos por Júpiter y Saturno haciéndose ellos mismos
aún más masivos.
Pero a mayores distancias, tanto en la parte interior como en la
exterior, aún quedaban muchos más planetesimales.
Aún a larga distancia los efectos gravitatorios de Júpiter y
Saturno se hacían sentir eliminando los planetesimales que
ocupaban órbitas armónicas. Si un planeta interior tenía un
período orbital tal que su año durase exactamente la mitad, o
un cuarto, o un quinto, o una fracción exacta cualquiera del año
de Júpiter o Saturno, eso hacía que su afelio cada X años
coincidiría con la distancia más corta a Júpiter. El efecto de
este acercamiento en un año determinado apenas sería apreciable,
pero si cada cuatro años, por ejemplo, el acercamiento se volvía
a repetir en condiciones muy similares, el efecto acumulativo de
la atracción de Júpiter iría alargando la órbita del planeta
interior hasta que en unos pocos millones de años su órbita
dejase de ser estable, corriendo el peligro de estrellarse con
otros planetas o incluso ser absorbido por los mismos Júpiter y
Saturno.
Por ese motivo se produjeron varias catástrofes planetarias en
las que diversos planetesimales chocaban entre sí para unirse en
planetesimales más grandes. Conforme estos planetesimales
avanzaban a través de la nebulosa solar eran bombardeados por
partículas y meteoritos que provocaban un calentamiento de la
materia que los formaba al mismo tiempo que los frenaban, lo que
ocasionaba que los planetesimales más pequeños cayesen hacia
los mayores.
Al final, tras varios cientos de millones de años de evolución
planetaria, el sistema solar estaba compuesto por un centro
masivo pero aún apagado, un par de gigantescos planetesimales (Júpiter
y Saturno), cuatro planetas interiores (Mercurio, Venus, Tierra y
Marte) y dos exteriores (Urano y Neptuno). El destino probable de
aquellos planetesimales hubiera sido seguir siendo frenados por
la nebulosa solar hasta que primero los planetesimales más pequeños,
luego los mayores, cayeran en la nube central.
Solo una cosa evitó que se produjera este fin:
A pesar de la enorme masa que representaban los planetesimales
que se habían formado, ésto no era más que una minúscula
fracción de la cantidad de masa que se había acumulado en el
centro del sistema.
Esta masa era tan grande que la fuerza gravitatoria alcanzó
proporciones gigantescas, y la presión que se acumuló en su
centro fue tanta que ni siquiera los electrones eran capaces de
soportar la presión de los miles de kilómetros de gas que tenían
sobre ellos.
Al final hasta los mismos átomos cedieron. Incapaces de soportar
semejante presión los átomos de hidrógeno comenzaron a
fusionarse para formar atomos de helio. Esta fusión nuclear,
similar a la que se produce en una bomba de Hidrógeno, provocó
el encendido del Sol.
El Sol se encendió, pero sólo en su interior, había miles de
kilómetros de distancia hasta su superficie, por eso la explosión
nuclear se extendió por todo el interior del Sol pero la presión
del gas que tenía encima impedía que la explosión alcanzara la
superficie, y mientras tanto la suma de la presión gravitatoria
desde fuera y la presión explosiva desde dentro del Sol
mantuvieron encendida la llama atómica aunque la superficie del
Sol siguió siendo una superficie apagada.
Seguramente hicieron falta varios siglos para que la llama atómica
alcanzara la superficie haciendo que por primera vez la luz solar
iluminase el interior del sistema solar.
Lo que se podría haber visto en ese momento no era más que una
niebla blanquecina, una nebulosa de polvo y gases con leves
trazas de átomos más pesados. A través de esa niebla hubiera
sido imposible vislumbrar los planetesimales, planetas y satélites
que se habían formado, pero todos ellos estaban allí, aún formándose
y constantemente bombardeados por los millones de fragmentos que
aún quedaban como restos de la gran cantidad de planetesimales
que no habían conseguido formar planetas o planetas que habían
sido desintegrados por las catástrofes planetarias que se habían
producido.
A medida que la llama atómica atravesaba el manto solar, su
avance iba siendo cada vez más rápido al soportar cada vez
menos presión. Cuando por fin llegó a la superficie la explosión
pudo encontrar una salida a su propia presión interior
expulsando ingentes cantidades de partículas, átomos y gases más
allá de la superficie solar.
La fuerza gravitatoria del sol era tan grande que los gases más
pesados no conseguían escapar pero la presión del horno nuclear
empujaba constantemente a las partículas y átomos más ligeros
empujándolos incesantemente lejos del Sol. Estas partículas que
se "derramaban" desde el Sol, empujadas por su propia
radiación interna, formaron un "Viento Solar" que
barrió el sistema empujando las partículas ligeras que
encontraba en su camino.
Si un hipotético observador hubiese estado en aquel momento
contemplando el proceso desde una distancia de un par de días*luz
sobre el plano de la elíptica, podría haber sido testigo de lo
siguiente.
Al principio sólo habría visto una nube oscura que ocultaba el
fondo estelar. Sería el único indicio de que allí había
"algo". De vez en cuando podría ser testigo de pequeños
destellos producidos por el choque de meteoritos al caer en la
atmósfera de algún planetesimal. Desde el centro de la nube, de
repente, llegaría algún destello más brillante. Ese destello
desaparecería y volvería a aparecer varias veces durante varios
años hasta que al final se hiciera mucho más fuerte encendiendo
toda la superficie del Sol. El Sistema Solar se vería entonces
como una nebulosa muy similar en su forma a una galaxia aunque de
un tamaño más reducido. Aún a través de esta nebulosa
resultaría imposible ver los planetas, pero sí sería posible
ver remolinos en las nubes entre los que podríamos reconocer los
remolinos generados por Júpiter y Saturno. Los remolinos
correspondientes a los planetas más pequeños serían mucho más
difíciles de ver.
Al cabo de algunos años veríamos el primer cambio, cuando a
través del centro del Sistema veamos una estrella gigantesca, el
Sol. Antes sólo habíamos visto su resplandor, pero ahora
podremos ver directamente el brillo de su superficie. A su
alrededor veremos un anillo brillante, el frente de empuje del
viento solar al ir barriendo la nebulosa. Al aumentar el tamaño
de ese anillo, a través de su interior podremos ver por primera
vez las estrellas que hay al otro lado, hasta ahora la nebulosa
nos había impedido verlas. Como los planetas. Pero a medida que
el frente del viento solar se vaya alejando irán quedando detrás
los planetas interiores, Mercurio, Venus, La Tierra con su
gigantesco satélite, Marte. El frente seguirá creciendo hasta
dejar a la vista los planetas gigantes, Júpiter y Saturno, y los
exteriores, Urano y Neptuno.
En ese primer barrido el viento solar habrá empujado hacia el
exterior casi todas las partículas, átomos y moléculas ligeras
que no estuviesen dentro de ningún planeta.
Las partículas más pesadas serían barridas a lo largo de los más
de cuatro mil millones de años transcurridos desde entonces, y
todas esas partículas han ido a formar una nube a billones de
kilómetros de distancia del Sol. Esta nube rodea el sistema
solar como un anillo de polvo y en él también se han formado
remolinos y se han creado cuerpos más o menos masivos y alguna
vez que otra uno de estos cuerpos es desviado de su órbita por
otro cuerpo similar y cae hacia el Sol en una órbita sumamente
excéntrica. Formados en su mayor parte por los mismos elementos
que había en el origen de nuestro sistema, esas bolas de "hielo
sucio" atravesarán el firmamento formando lo que desde la
antigüedad se han dado en llamar cometas.
Pero la consecuencia más importante que tuvo el encendido del Sol fue la limpieza del sistema solar. El viento solar barrió todo el polvo que frenaba las órbitas de los planetas y debido a ello los planetas existentes en ese momento han dejado de ser frenados para caer hacia el centro del sistema. Al contrario, el efecto gravitatorio que se produce entre los diversos planetas y satélites ha hecho que en algunos casos las distancias orbitales aumenten en lugar de disminuir. Así es el caso de la Luna con respecto a la Tierra. Estando ya en una situación muy cercana a que ambos cuerpos chocasen entre sí, la desaparición del polvo interplanetario frenó esa caída, y desde entonces la distancia de la Tierra a la Luna ha ido aumentando apreciablemente.
Los planetesimales eran nubes de gases que se aglomeraban
debido a su propia fuerza gravitatoria. El gas que los formaba
contenía todos los elementos estables del universo
aproximadamente en la misma proporción en que esos elementos
existen hoy en día, es decir, un 92% de Hidrógeno, 7% de Helio
y un 1% de los demás elementos.
De este 1%, había aproximadamente un 50% de oxígeno, 20% de Neón,
15% de Nitrógeno, 8% de Carbono, 2% de Silicio, 2% de Magnesio,
1,5% de Hierro, 1% de Azufre, y el 0,5% restante era una mezcla
de Argón, Aluminio, Calcio, Sodio, Niquel, Fósforo y demás
elementos en proporciones cada vez menores.
Sin embargo, a pesar de suponer un porcentaje tan reducido, la
masa total de cada uno de los planetesimales era tan grande que
la cantidad de Níquel o Fósforo, por ejemplo, en cada uno de
ellos era gigantesca, capaz de formar una esfera de centenares de
kilómetros de radio.
El calor y la presión provocaron diversas reacciones químicas
que propiciaron la formación de moléculas y compuestos químicos.
El hidrógeno, altamente reactivo y superabundante en aquella
nube, se unía a diversos átomos, especialmente a los más
abundantes (Oxígeno, Carbono y Nitrógeno) para formar gases
como vapor de agua, metano y amoníaco. El Helio y el Neón, al
ser muy poco reactivos, se conservaban como gases aislados. El
Silicio reaccionaba con el oxigeno y posteriormente con otros
elementos para formar todo tipo de silicatos. El Hierro
reaccionaba con el azufre dando lugar a todo tipo de sulfuros.
Debido a la fuerza gravitatoria los materiales más pesados,
principalmente el Hierro y el Niquel, tendían a hundirse hacia
el interior de la nube mientras que los más ligeros permanecían
en la superficie. Así se formaron las primeras capas que forman
el interior de nuestro planeta, un núcleo de Hierro y Niquel
seguido de un manto de Silicatos. Sobre todo ello una corteza más
o menos sólida de silicatos y por encima una atmósfera de vapor
de agua, amoníaco y metano. Era la atmósfera I.
Aproximadamente por esa época fue cuando el Sol se encendió.
Conforme el sistema solar iba quedando cada vez más despejado de
polvo, el calor del Sol empezó a afectar a los planetas que
giraban a su alrededor. Al calentarse las capas altas de la atmósfera
se producía una disociación de las moléculas de vapor de agua,
separándose en sus componentes, Oxígeno e Hidrógeno. El Hidrógeno
libre era muy ligero, y más al calentarse, por lo que tendía a
ascender sobre la atmósfera y a determinada distancia podía
escapar del campo gravitatorio terrestre siendo arrastrado por el
viento solar hacia más allá del sistema solar.
El oxígeno libre reaccionaba con el amoníaco y el metano para
formar Nitrógeno, Dióxido de Carbono y agua, y con este agua
volvía a repetirse el ciclo una vez tras otra. El final de este
proceso, de repetirse un numero indefinido de veces, era la
desaparición de toda el agua y el Hidrógeno quedando entonces
una atmósfera II, compuesta exclusivamente de
Nitrógeno y Dióxido de Carbono.
En Mercurio, demasiado pequeño y excesivamente cerca del Sol
esta reacción se produjo muy rápido acabando en pocos millones
de años con toda la atmósfera del planeta. Aunque mucho más
lejos, el reducido tamaño de Marte también hizo que
desapareciera gran parte de su atmósfera quedando hoy en día
apenas leves trazas de una atmósfera muy tenue de Nitrógeno y
Dióxido de Carbono. Venus y la Tierra son lo bastante grandes
como para que el Hidrógeno no se pierda con tanta rapidez en el
espacio, y entonces se ha producido otro fenómeno que no se había
producido en los planetas más pequeños.
Cuando los rayos UV (ultravioleta) disociaban las moléculas de
agua, los átomos de Hidrógeno ascendían sobre la atmósfera
para perderse en el espacio, y los de Oxígeno descendían para
repetir el ciclo que conduciría a una nueva atmósfera. Pero
mientras permanecía como Oxígeno libre, algunas moléculas eran
bombardeadas por rayos UV formándose moléculas de Ozono.
El Ozono era más ligero que la atmósfera, por eso formaba una
capa sobre ella. Pero más importante, el Ozono NO DEJABA PASAR
los rayos UV, es decir que cuando se formaba la capa de Ozono el
proceso de disociacion del agua se detenía.
Por desgracia la capa de Ozono se mantenía a una muy elevada
altitud, más de veinte kilómetros, y seguía siendo bombardeada
por rayos UV. Muchas moléculas de ozono, al ser bombardeadas,
podían adquirir suficiente velocidad como para escapar de la
atracción planetaria, y eso hacía que al cabo del tiempo la
capa de Ozono se debilitaba, volvía a dejar pasar los rayos UV y
se volvía a repetir el proceso. Pero al menos la disociación
del agua había resultado mucho más lenta que sin la capa de
Ozono.
Al ser Venus algo más pequeña que la Tierra y al estar situada
mucho más cerca del Sol, su capa de Ozono no pudo impedir que a
la larga desapareciera todo el hidrógeno de su atmósfera
convirtiéndose ésta en una muestra más de atmósfera II,
compuesta de Nitrógeno y Dióxido de Carbono.
Mientras tanto, los planetas gigantes se encontraban en la
situación opuesta. Por un lado estaban tan lejos del Sol que los
rayos UV apenas alcanzaban a disociar una mínima cantidad de moléculas
de agua. La temperatura transmitida por el Sol era apenas
suficiente para calentar los gases, al contrario, debido a sus
propios procesos internos el mismo Júpiter genera más calor que
el que recibe del Sol. Y por último, la masa de Júpiter es tan
grande y a esa distancia el viento solar tan débil, que ni
siquiera el Hidrógeno consigue escapar con facilidad de su campo
gravitatorio, por lo que la conversión de atmósfera I en atmósfera
II aún está en sus inicios.
Sin embargo el proceso en la Tierra ha seguido un camino
diferente. Al principio, tal como en los demás planetas del
sistema solar, se produjo una atmófera de Vapor de Agua, Amoníaco
y Metano. También como en los demás planetas comenzó la
transformación de esa atmósfera en otra de Nitrógeno y Dióxido
de Carbono. Pero hoy en día gozamos de una saludable atmósfera
de Nitrógeno, Oxígeno y Vapor de Agua, con algunas trazas de
otros gases como Argón o Dióxido de Carbono.
¿Cómo se ha generado esta atmósfera?
Volveremos a ello un poco más tarde, pero antes debemos examinar
otro proceso.
En todo sistema cerrado la tendencia natural de la materia es
el desorden. Esto es algo que observamos continuamente, si
dejamos un coche abandonado junto a la carretera al cabo de
algunos años estará oxidado, los cristales estarán rotos, los
asientos carcomidos, los neumáticos destrozados. Si dejamos un
libro sobre la mesa al cabo de algunos siglos solo quedará un
pequeño montón de polvo. Si lo que dejamos es una manzana, no
quedará nada en pocas semanas.
A escala atómica ocurre lo mismo: donde hay moléculas complejas
tarde o temprano estas moléculas se desorganizan, se parten en
componentes más pequeños, donde había vida, ésta muere, donde
había organización ésta desaparece.
Esto es lo que ocurre en los sistemas cerrados. Afortunadamente
la Tierra no es un sistema cerrado.
Debido a que no es un sistema cerrado la superficie terrestre
ha sido bombardeada durante millones de años por millones de
meteoritos que han aumentado su tamaño al mismo tiempo que su caída
producía suficiente calor como para que toda la masa del planeta
se fundiese. Este calor ha ocasionado que los elementos
constitutivos del planeta se combinasen entre sí para formar los
compuestos y aleaciones, sulfuros y silicatos que conforman las
capas de nuestro planeta. De una estructura caótica que había
al principio, los compuestos que tenían un punto de fusión
similar se separaban del resto de la masa terrestre para formar
vetas de minerales más o menos homogéneos. Sometida a sucesivos
procesos de fusión y enfriamiento, presión y compresión,
acreción y convección, cada uno de estos procesos empujaba
determinados elementos en ciertas direcciones hasta conseguir que
de aquel caos inicial surgiera una cierta estructura.
La estructura que todos estos procesos nos han dejado es la de un
planeta dividido en capas. En la capa más interior hay un núcleo
con los elementos más pesados, siendo los más abundantes el
hierro y el níquel. A continuación un manto de silicatos a
temperatura de fusión. Por encima de este manto la atmósfera
primigenia.
Conforme iban quedando cada vez menos fragmentos sólidos en
la nebulosa solar, disminuyó el bombardeo de meteoritos, de ahí
que la capa externa del manto comenzara a enfriarse y
solidificarse. Sobre la superficie del manto fundido se formó
una costra sólida que era rota continuamente por la caida de los
aún frecuentes meteoritos. Tal como hoy en día los océanos se
mantienen en movimiento, el manto semilíquido de aquella época
también lo hacía y al formarse una costra en su superficie ésta
se desplazaba en la dirección en que la empujaran las corrientes
del manto.
Con el tiempo la corteza adquirió un grosor de varios kilómetros,
pero aún seguía siendo una fina corteza flotando sobre el manto
terrestre y arrastrada por las corrientes magmáticas. En
ocasiones, fragmentos de esa corteza chocaban entre sí y donde
se producían esos choques ocurría como con una tela empapada
flotando sobre el agua: los bordes de esas placas se arrugaban
formando elevadas cordilleras, o se montaban una placas sobre
otras generando extensas mesetas.
En algunas zonas dos placas contiguas podían alejarse dejando al
descubierto el manto fundido del interior de la Tierra, y en
otras ocasiones dos placas podían deslizarse la una junto a la
otra en direcciones contrarias provocando periódicos terremotos.
Todo este continuo movimiento provocaba gigantescas presiones
en el interior de la corteza terrestre y en ocasiones se producían
erupciones volcánicas que sacaban al exterior materias que quizás
llevaban millones de años enterradas.
De esta forma tan caótica se formaron los principales
yacimientos mineros, los nódulos de diamantes, las vetas de
uranio, las menas de plata y mercurio.
Los gases de la atmósfera primigenia reaccionaban con todos
estos elementos para formar numerosos compuestos que se
depositaban en la superficie para posteriormente formar parte de
una corteza terrestre cada vez más compleja.
Y cuando la temperatura de la superficie terrestre lo permitía,
el vapor de agua de la atmósfera se condensaba para formar los
primeros lagos, lagos que sólo se daban en lugares elevados,
cordilleras, cráteres de volcanes apagados, lugares que estaban
sobre una corteza terrestre lo suficientemente gruesa como para
mantenerse alejada del calor del manto terrestre, porque en los
lugares bajos, donde hoy están los océanos, la corteza
terrestre era sumamente delgada y estaba demasiado caliente a
causa del calor interior del planeta para que en ella pudiese
permanecer el agua en estado líquido.
En esos lagos de montaña, calientes hasta el punto de hervir en
ocasiones, inundados de sales minerales y acariciados por una
ardiente brisa de hidrógeno, amoníaco y metano, se producían
numerosas reacciones químicas que dieron los primeros pasos
hacia la vida.
En los primeros lagos que se formaron en la superficie
terrestre había numerosas sales minerales, magnesio, azufre,
hierro. El agua estaba a unas temperaturas muy elevadas y sobre
ella había una ardiente masa de aire formada por metano y amoníaco.
Todo esto ocurría en la más completa oscuridad, el Sol aún no
había entrado en ignición y la nebulosa solar impedía que se
viera el más mínimo destello de luz estelar.
Pero a pesar de estas condiciones tan adversas, el aporte energético
era tan grande que las moléculas se agrupaban en estructuras
complejas.
Había dos fuentes de energía principales, una era el calor
interno de la Tierra, la otra era la frecuente, casi continua
formación de tormentas eléctricas.
Estas dos fuentes de energía hacían reaccionar unos átomos con
otros, unas moléculas con otras. El calor y los rayos creaban
moléculas complejas. Y también las destruían.
La energía podía disociar moléculas de metano o amoníaco, y
éstas volvían a asociarse con las piezas que se encontrasen más
a mano. La mayor parte de las veces se formaban combinaciones
bastante inestables, pero en ocasiones, por azar, se formaban
combinaciones más estables.
Así, el azar iba generando compuestos, algunos más simples,
otros más complejos. Las moléculas complejas eran capaces de
almacenar más energía que las simples, y como la energía
abundaba, esto hizo que la complejidad del caldo primigenio fuera
también en aumento.
En muy poco tiempo el caldo primigenio que formaba esos lagos
estuvo lleno de compuestos como formaldehído, ácidos fórmico,
acético y láctico, urea y hasta algunos aminoácidos simples
como glicina y alanina.
Una vez realizado este proceso el caldo primigenio había dado
lugar a un caldo más elaborado, como si a partir de una mezcla
de agua, grava y arena se hubiesen formado ladrillos. Con piezas
más complejas, las combinaciones aumentaban su complejidad y a
partir de estos "ladrillos" se construyeron piezas más
complejas, entre ellas algunas purinas como la adenina y azúcares
como la ribosa y la desoxirribosa, componentes de los ácidos
nucléicos.
El lago ya contenía sustancias de una gran complejidad, y aunque
seguían existiendo moléculas simples la mayor parte de las moléculas
que se encontraban en ese caldo eran moléculas más complejas,
capaces de almacenar gran cantidad de energía química.
Conforme aumentaba la complejidad del caldo aumentaba también la
probabilidad de que se formasen sustancias más complejas. Así,
cuando el caldo estaba saturado de ácidos nucléicos, purinas y
azúcares, resultó inevitable que de esta mezcla surgiesen los
primeros nucleótidos e incluso algunos compuestos tan complejos
como el trifosfato de adenosina (ATP), uno de los componentes
fundamentales de la vida.
Al hablar de azar no tenemos más remedio que hablar de
probabilidades. ¿Qué probabilidad había de que surgiese de
forma espontánea un compuesto tan complejo como el ATP? Si tuviésemos
que partir exclusivamente de los elementos que se encontraban en
la atmósfera primigenia, la probabilidad de que se formase ATP
resultaría tan baja que sería absurdo siquiera considerarla.
Podrían pasar mil veces la edad del sistema solar y aún podríamos
estar esperando que se formase ATP a partir de agua, metano, amoníaco
y las escasas sales que existían en el caldo primigenio.
Pero de este caldo primigenio no surgió el ATP, sino un nuevo
caldo más complejo que el anterior, en el cual surgieron moléculas
más complejas que aumentaron la complejidad del caldo en un
ciclo que se retroalimentaba a sí mismo hasta hacer inevitable
la formación de ATP.
De hecho, todo lo expuesto hasta ahora no son más que los
pasos lógicos que debió dar la naturaleza y que los científicos
del último siglo han intentado ¡y conseguido! reproducir paso a
paso.
En 1953, Urey y Miller prepararon una mezcla de amoníaco, metano
e hidrógeno por la que hicieron pasar un serpentín con vapor de
agua. Dentro del recipiente un electrodo generaba una chispa eléctrica
que atravesaba el gas. Una semana más tarde analizaron la
muestra y encontraron ácidos fórmico, acético, glicólico y láctico,
ácido cianhídrico, urea y dos aminoácidos, glicina y alanina.
Las cantidades de estas sustancias generadas no eran pequeñas,
sino grandes, tanto que sólo al cabo de 24 horas el caldo,
originalmente transparente, había adquirido un fuerte color rosa
y al final del experimento un intenso color rojo amarronado.
El experimento fue repetido por varios científicos con diversas
variaciones a lo largo de varios años, sustituyendo algunos
componentes originales y usando luz ultravioleta en lugar del
electrodo y en todas las ocasiones se produjeron sustancias
complejas y hasta algunos aminoácidos más complejos que la
glicina y la alanina que consiguieron Urey y Miller.
En 1961 Juan Oró, en la Universidad de Houston, añadió ácido
cianhidrico al caldo primigenio y del proceso obtuvo algunas
purinas, entre ellas la adenina. En un experimento posterior, en
1962, añadió formaldehido a la mezcla original y consiguió la
síntesis de dos azúcares distintos, la ribosa y la desoxiribosa,
componentes de los ácidos nucléicos.
Desde 1963 hasta 1965, en el centro de investigación Ames de
California se realizaron una serie de experimentos partiendo de
compuestos que ya habían sido creados en experimentos anteriores,
como la ribosa, la adenina, fosfatos y otros, y sometiéndolos a
iluminación con luz UV. De estos experimentos surgieron
compuestos cada vez más complejos, como adenosina, ácido adenílico
y trifosfato de adenosina (ATP).
Vemos pues que el proceso por el cual los mares primigenios
fueron adquiriendo complejidad no son simples teorías, sino que
han sido comprobados por los experimentos de muchos científicos
modernos.
Ahora bien, todas estas substancias siguen siendo simples moléculas,
incapaces de equipararse a la complejidad de una simple célula
viva.
Pero es que la complejidad del caldo primigenio no se detuvo allí,
sino que siguió aumentando durante millones de años creando
combinaciones cada vez más complejas y más capaces de procesar
grandes cantidades de energía.
El proceso no era fácil, aún estamos hablando de lagos en zonas
elevadas del planeta, los únicos lugares donde el agua podía
permanecer en estado líquido. Sin embargo el planeta seguía a
oscuras, y seguía bombardeado por meteoritos y asolados por
terremotos. Los lagos se formaban, pero también se destruían y
en ocasiones, todas las sustancias complejas que hubiesen podido
formarse en uno de aquellos lagos podían desaparecer para
siempre sin dejar rastros de su existencia. Pero los experimentos,
las reacciones químicas, se seguían produciendo en muchos
lugares del planeta.
Poco a poco la corteza terrestre se fue enfriando y en algunos
sitios surgieron los primeros mares permanentes. También por esa
época fue cuando el sol se encendió y el viento solar barrió
el sistema eliminando la nebulosa original.
Al ocurrir ésto se produjeron varios fenómenos, en primer lugar
la luz del sol comenzó a transformar la atmósfera de metano,
hidrógeno y amoníaco en una nueva atmósfera de nitrógeno y dióxido
de carbono. Al mismo tiempo apareció una nueva fuente de energía,
el Sol, cuyos rayos UV supusieron un enorme incremento en la
cantidad de energía disponible en la superficie del planeta.
Y esto llevó directamente a que en los mares primigenios
aumentara portentosamente el número de experimentos químicos
capaces de producir sustancias necesarias para la formación de
la vida.
Cada vez que de uno de estos experimentos surgía una molécula
capaz de procesar la energía con más eficiencia que sus
antecesoras, esta nueva molécula pasaba a formar parte
sustancial del caldo prebiótico, reemplazando a alguna de las
moléculas menos eficientes. Cada vez con componentes más
complejos, el proceso se repitió durante millones de años de
experimentos hasta formar moléculas compuestas de ácidos nucléicos
y proteínas lo suficientemente complejas como para ser capaz de
usar la energía de su entorno en crear una copia de sí misma.
Así, la primera molécula capaz de autoreplicarse (pero aún no
un ser vivo) inició un proceso evolutivo que en pocos cientos de
millones de años pobló el fondo de los mares de las más
diversas formas de vida.
@Juan Polaino