Soy Dios.
Vaya, ya estamos, mientras unos pocos han leído mi presentación con curiosidad, la mayoría se han molestado pensando que soy un hereje y otros muchos se lo toman a risa pensando que soy un gracioso.
En fin, no es culpa vuestra, al fin y al cabo así es como os hice hace casi seis mil años.
No me arrepiento de haberos creado aunque en los últimos quinientos años me estais dando más trabajo que todo el que he realizado en toda la eternidad. Pero el caso es que ya no puedo más, si no os detenéis voy a tener que tirar la toalla y, una de dos, habrá llegado el momento de celebrar el Juicio Final (cosa que no me apetece nada) o tendré que dejaros apañaros solos en el universo que me habéis obligado a crear para vosotros.
Será mejor que me explique ya que a pesar de todas las iglesias que habéis creado para intentar entenderme nunca ha habido nadie que se acerque ni siquiera a la cuarta parte del camino.
Hace seis mil años y pico yo era el ser más feliz de este
universo: Era el único que existía, claro.
Yo soy anterior al universo: lo creé y me salió redondo (en
realidad semiesférico, una superficie plana con tierras, ríos y
mares cubierta con una semiesfera luminosa). Después me lo quedé
mirando y pensé: "¡qué bonito!. ¿Para qué podría
servir?". No tenía ni idea, así que me puse a experimentar
a ver lo que salía.
Al tercer día de experimentar me salió una cosa bastante maja,
eran unos seres físicos, hechos de materia capaz de absorber
energía y transformarla en organización. Esos seres, a los que
llamé plantas, eran capaces de alimentarse de materia inerte y
energía y asimilarla para formar parte de sí misma. También
eran capaces de reproducirse ¡por sí mismas, sin que yo tuviese
que crear nuevos especímenes!. Me pareció algo tan fantástico
que llené el planeta de ellas.
Claro que para que las plantas tuvieran energía necesitaban una
luz más fuerte que la luz difusa que recibían durante todo el día
así que dediqué el siguiente día a crear un sol que diera
vueltas alrededor de la Tierra con el fin de iluminar el día. Ya
de paso, como me pareció bonito, puse una luna que iluminara la
noche.
El quinto día pensaba crear más plantas para habitar el fondo
de los mares pero se me ocurrió cambiar un poco el diseño y, ¡vaya!
no imaginaba lo que me iba a salir. Creé todo tipo de bacterias,
moluscos, peces y hasta cetáceos.
Entre los peces me salieron unos muy curiosos capaces de volar
por encima de las aguas. Bueno, por qué no, aquella misma tarde
diseñé y creé unos animales con alas capaces de volar. Las
llamé aves.
La verdad es que me entusiasmé y en el sexto día diseñé y creé
todo tipo de animales terrestres, reptiles, anfibios y mamíferos
y mientras más nuevas especies creaba más me maravillaba de las
posibilidades que tenían.
Por fin, ya a punto de terminar el día, recapitulé sobre todo
lo que había hecho y aprendido en esos seis días de creación.
¿Sería posible, pensé, crear unos seres capaces de ser
conscientes de su propia existencia tal como yo lo era de la mía?.
¿Me equivoqué?. ¿Hice bien?. Millones de veces desde entonces me he arrepentido de crear al Hombre, en varias ocasiones he tomado la firme determinación de borrarlos de la creación pero no he podido. Creé unos seres demasiado parecidos a mí mismo, curiosos, inquisitivos, queriendo conocer todas las respuestas, con un ansia irresistible de saber y de libertad.
Coloqué a la primera pareja que creé en un jardín donde
nada les faltara pero ya desde entonces sabía que las cosas no
tardarían en torcerse. El ansia de libertad del Hombre era tan
grande como la mía y apenas llevaban unos pocos meses en ese
maravilloso paraíso que creé para ellos cuando empezaron a
mirarme con desconfianza. Me conocían, me habían tratado prácticamente
desde el primer día, me había manifestado ante ellos con toda
la confianza que era capaz de darles, pero a pesar de todo, por
el hecho de que me veían tan superior a ellos, empezaron a
mirarme con miedo y desconfianza.
¿Cómo era posible, cuando los había creado del barro, les había
dado todo lo que tenían, les había hecho tal como eran?.
Me sentí dolido cuando empezaron a esconderse de mí. Yo podía
verlos en cualquier momento, podía ver cualquier punto del
universo que había creado, pero a veces entraba en ese universo,
asumía una forma similar a la del Hombre y paseaba por el Edén.
Una vez iba a visitarlos para entablar conversación cuando me dí
cuenta de que se ocultaban de mí.
Tardé tiempo en darme cuenta del error cometido: Ellos querían
ser libres, pero mientras yo existiese no podrían llegar a serlo.
Cualquier pretensión de libertad sería ilusorio pues, ¿no los
había creado yo?. ¿Cómo podrían entonces considerarse libres
si sabían que eran unos artefactos creados por mí?
Había una sola forma en que podrían abrir la puerta a la
libertad: Esa puerta era la desobediencia.
Yo les había hecho libres pero también les había dado unas
normas. Mientras siguieran esas normas seguirían considerándose
mis marionetas. Ahora bien, lo que Adán y Eva hicieron (juntos,
por cierto, eso de que fue Eva la corruptora de Adán fue un mito
creado por el misógino de Abraham), lo que hicieron, digo, fue
decidir, por su cuenta y riesgo, que una de las normas que yo les
había dado era injusta.
No era injusta, yo solo quería protegerlos, pero ellos no
aceptaron esa protección, se rebelaron y cuando intenté
reprenderlos por ello se mostraron insolentes acusándome de ser
un tirano.
Los arrojé del paraíso. Los condené a luchar duramente para conseguir el sustento, los castigué con crueles dolores, con la vejez y la muerte, pero no se arrepintieron. A veces, siendo Adán ya un viejo de más de novecientos años le observaba intentando detectar un signo de arrepentimiento, de su deseo de volver al paraíso. En vano, Adán era feliz trabajando las tierras, defendiéndose de las fieras, soportando sequías e inundaciones. Incluso cuando vio a su hijo Caín convertido en asesino y después en un vagabundo atormentado por los remordimientos, ni siquiera entonces Adán se arrepintió de su rebelión contra mí. Sí, tanto Adán como Eva lloraron durante años por el paraíso perdido pero al final de sus días, si les hubiera abierto las puertas del Edén ellos no hubieran querido volver.
Tardé mucho tiempo en olvidar a Adán y Eva, mis primeras
criaturas y aunque muchas veces llegué a aparecerme a otros
hombres sólo Enoch me cayó lo suficientemente bien como para
pasar mucho tiempo con él en largas, larguísimas conversaciones.
Los descendientes de Adán y Eva se multiplicaban tanto que
poblaron casi toda la tierra que había creado así que la tuve
que hacer más grande, creando nuevas cordilleras, llanuras, ríos
y mares. Alguna vez, sin que me diera cuenta, ocurrió que un
hombre llegó al borde del mundo. Bueno, eso sería como si a un
mago le descubrieran el truco más difícil de su repertorio así
que hice la Tierra lo suficientemente grande como para que nadie
llegara a su borde nunca más.
Durante muchos siglos los hombres vivieron una vida de vicios y
pecados, sin preocuparse por las consecuencias de sus actos. Yo
los observaba y aunque a veces encontraba buenas personas, la
mayoría de las veces acababa decepcionado.
Una vez me harté y estuve a punto de destruir la raza humana. Si
no llega a ser por Noé y por lo bien que tocaba la flauta... en
fin, no fui capaz de matarlo a él ni a su familia.
Aún así, conforme pasaban los siglos me daba cuenta de que algo
estaba haciendo mal. ¿Cómo era posible que tantas personas
fueran egoistas, crueles, traidores? ¿Por qué había tan pocas
buenas personas?.
No sabía si era que los había diseñado mal o qué podía ser,
pero empecé a pensar que el problema podía estar en mí. Quizás
no había sido lo bastante claro con mis deseos.
¿He explicado ya cuáles eran mis deseos? Lo único que yo quería
era sentirme orgulloso de las criaturas que había creado, tener
la satisfacción de que fueran capaces de sobresalir como los
reyes de la creación, como las criaturas más perfectas que había
creado.
Sólo quería reconocimiento, ¿era mucho pedir?. Pero cuando los
hombres, una vez tras otra, me daban la espalda, me despreciaban
y condenaban, incluso eran capaces de juzgarme ¡A MI! y
considerarme cruel, malo e injusto, yo no podía evitar sentirme
dolido, molesto, irritado, furioso contra ellos.
Empezaron a inventar otros dioses, sabiendo que yo era el único
dios existente, sabiendo lo que aquello podría dolerme,
inventaron otros muchos dioses a los que adorar. En esos
inexistentes dioses el Hombre volcó sus más insanas
perversiones y crueldades llegando al extremo de sacrificar las
vidas de sus hijos en horrorosos holocaustos.
Yo jamás había pedido un sacrificio ¿qué podían darme los
hombres que yo no pudiese conseguir por mis propios medios?.
Una vez pensé encontrar un hombre que podría entender mi obra y
mis deseos y los podría comunicar a otros hombres. Se llamaba
Abraham e hice con él un pacto: si él obedecía una serie de
mandamientos le daría una tierra maravillosa y una innumerable
descendencia.
¿Qué puedo decir?, otra vez pequé de iluso. Abraham tomó mis
palabras como una especie de permiso para cometer todos los
desmanes imaginables con otros semejantes suyos. Yo intentaba
dirigirlo por un camino determinado pero a veces era él quien
hacía, no lo que yo decía, sino lo que él consideraba que yo
debía decir.
Un par de veces lo abandoné pero siempre volvía a echarle una
mano pues si no era él ¿quién de entre todos los hombres podría
llegar a conocer mis deseos?
Ya para entonces me había dado cuenta de que andar entre los
hombres, conversar con ellos haciéndoles ver que yo era Dios era
contraproducente: o se sumían en la más abyecta y vergonzosa
humillación o me hablaban con altanería asumiendo que sabían
mejor que yo mismo cuáles eran mis deseos.
Como cuando Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo. ¿quién
demonios le había pedido un sacrificio tan sangriento como inútil?.
Además, ¡su propio hijo, su primogénito!.
Tanta barbarie y estupidez me dejaron tan decepcionado que después
de impedir aquel sacrificio me dediqué a otras tareas y me olvidé
durante un par de siglos de Abraham y sus descendientes.
En realidad estuve bastante ocupado, desde los tiempos de Noé
la población de la Tierra era cada vez más grande, hasta el
punto de que se habían extendido por tierras muy alejadas. Empeñado
en que no volvieran a pillarme con la guardia baja se me ocurrió
una forma de que ninguna otra vez ningún hombre llegara de nuevo
al borde del mundo: ¡Hice que la Tierra fuera redonda!. Tuve que
cambiar varias leyes físicas para que en cualquier parte del
mundo la gente cayese hacia el suelo pero al fin y al cabo no fue
más difícil que otras cosas que había hecho antes.
Los sacerdotes de varias religiones empezaron a medir las salidas
y ocasos del Sol, la Luna y las estrellas, y aunque hasta
entonces no había sido muy escrupuloso en esos detalles, tuve
que hacer que los movimientos del Sol, la Luna, y la bóveda
celeste, donde estaban pintadas las estrellas, se movieran según
unas leyes que se correspondiera con las observaciones de la época.
Desde entonces hice que los astros se movieran con notable
precisión con el fin de que los astrónomos babilónicos y
egipcios no descubrieran interferencias que les hicieran
sospechar mi presencia.
¿Por qué ese empeño en ocultarme? No os extrañe, cuando un
padre no hace más que recibir afrentas y desprecios de sus hijos,
al final no le queda más remedio que mantenerse al margen e
intentar no interferir en su vida.
Fue lo que hice yo, me mantuve al margen mientras mis criaturas
adoraban a falsos dioses, hacían cruentos sacrificios humanos,
se enfrentaban en estúpidas guerras sin piedad por los vencidos.
Y lo que más me dolía era que gran parte de las crueldades que
cometían lo hacían en mi nombre, como si yo les hubiera pedido
que mataran y fueran intolerantes con los que no opinaban como
ellos.
Sí, lo reconozco, en ocasiones me sentí halagado por la adoración de algunas de mis criaturas y realicé algunos milagros, pero ni la centésima parte de los que luego me atribuyeron. Y no me centré en una sola religión, al fin y al cabo yo era el dios creador de todos, no solo de los descendientes de Abraham. así que durante algún tiempo protagonicé algunas divertidas historias desde China hasta Knossos, desde el Cabo hasta Nordheim, desde el Yukon a la Patagonia. No me olvidé de los judíos, pero ellos sí habían olvidado mis enseñanzas, y después de muchas visicitudes acabaron como esclavos en Egipto.
Me quedé sin pueblo elegido, tampoco es que los echara de
menos, en los últimos siglos se habían vuelto rencorosos,
vengativos y se habían hecho la idea de que yo los iba a
proteger siempre. Sin embargo me llevé una sorpresa cuando,
aprovechando una serie de coincidencias afortunadas los judíos y
otras varias razas de esclavos que había en Egipto pudieron
escapar impunemente hacia las tierras que yo había prometido a
Abraham. A su frente estaba Moisés, un hebreo que había
recibido instrucción sacerdotal en Egipto y había robado
escritos sagrados de Amón y otros dioses egipcios. Habló a los
judíos de un Único Dios Creador que les había liberado tras
siglos de esclavitud e hizo que lo siguieran a la Tierra
Prometida.
La verdad, yo no había hecho nada por ellos desde la muerte de
Abraham, aunque un día tuve una pelea con un hombre en el
desierto y no quise usar mis poderes de Dios así que solo usé
las fuerzas del cuerpo que en ese momento estaba ocupando y luego
resultó ser un descendiente de Abraham.
El caso es que Moisés iba contando graciosas historias sobre mí
pero lo que más me gustó era que, por la educación recibida,
había integrado varias ideas de varias religiones y había
establecido una especie de normas éticas que todos los judíos
debían seguir para "seguir disfrutando de mis favores".
Normas éticas, ¿cómo no se me había ocurrido antes?. Leí
en su mente las normas que él había imaginado, me gustaron
bastante y pensé que si podía conseguir que los judíos
obedecieran esas normas volvería a adoptarlos como pueblo
elegido.
Al llegar cerca de un monte me aparecí ante Moisés en medio de
rayos y truenos espantando a todos los judíos con el fin de
impresionarlos y que no olvidaran nunca mi aparición. El mismo
Moisés se asustó tanto que se meó allí mismo, hacía tiempo
que no me reía de esa forma.
Entregué a Moisés unas tablas de mármol sagrado con los
mandamientos que él había imaginado y con algunas correcciones.
Imaginé que si los judíos podían obedecer esos mandamientos
por fin tendría un pueblo elegido tal como yo deseaba que fueran
los hombres.
Y luego... bueno, no llevaban más que unos pocos meses desde que
les dí esos mandamientos cuando llegaron a un pueblo y
masacraron a todos sus habitantes, incluso a los niños.
Al llegar a Canaán los judíos codiciaron los bienes ajenos,
violaron mujeres, mataron niños, estafaron, engañaron, llegando
en menos de un año a realizar tales actos de barbarie dirigidos
por Josué, el sucesor de Moisés, que me sentí de nuevo
asqueado. Pero esta vez también me sentí asqueado de mí mismo.
Durante varios años, con la esperanza de que tarde o temprano
aprenderían a amarme y amar a su prójimo, les estuve ayudando
en sus batallas, una vez incluso hice que se detuviera el sol
para que los judíos tuvieran tiempo de terminar una batalla.
Ahora lo recuerdo y me arrepiento: ¿cómo pude ayudarlos?. En
aquel momento pensaba que era lo mejor, que todo era con un buen
fin y que si los mandamientos llegaban a ser conocidos por otros
pueblos quizás la Tierra podría parecerse un poco al paraíso
que yo soñaba.
Fue inútil, a pesar de mi ayuda, a pesar de decenas de milagros,
a pesar de mis intervenciones, ni los judíos acababan por
abrazar mis mandamientos ni los no judíos intentaban llegar a
conocerlos. Ni siquiera los más altos sacerdotes me hacían caso,
sencillamente, cuando no les gustaba lo que yo les decía, suponían
que era otro ser divino al que dieron el nombre de El Adversario.
Literalmente, me harté, nada de lo que hice durante siglos sirvió de nada, ni siquiera mis apariciones milagrosas ni el dictar los mandamientos a Moisés. Juré que nunca más me dejaría engañar por un pueblo tan díscolo como los judíos que se creían tan sacrosantos que hasta rechazaban a su Dios cuando no estaban de acuerdo con él.
De nuevo me alejé de ellos e inicié una serie de visitas a la Tierra, donde intenté vivir como los hombres durante una época. Renuncié a usar mis poderes, intenté vivir tal como vivían los hombres, viví varias vidas, luché en guerras, parí, me ahogué en un naufragio, me enamoré.
Mientras más me acercaba a los hombres más los conocía,
aunque aún no era capaz de comprender todos sus actos. Descubrí
que el placer del sexo, algo que siempre me había parecido una
desagradable necesidad, podía ser algo divertido, lo experimenté
como hombre y como mujer en varias vidas distintas. También
experimenté el trauma de una violación, la agonía de una
dolorosa enfermedad, el maravilloso dolor de un parto, la alegría
del triunfo tras un sobrehumano esfuerzo.
Fui hijo, hija, madre, padre, abuelo. Fui esclavo, pirata,
soldado, tornero. Mientras más vidas vivía más amaba la vida y
más cerca estaba del hombre. Ya no estaba tan pendiente por
saber TODO lo que ocurría en el universo, y entonces ocurrió.
Un hombre, en la India, se convirtió en Santo. Aunque yo no
había estado pendiente, lo supe en el mismo momento en que
ocurrió, un segundo después supe todo lo que había que saber
sobre él y quedé tan impresionado que pensé aparecerme ante él
para darme a conocer.
No lo hice y fue lo mejor pues por fin había encontrado lo que
había estado buscando durante miles de años sin encontrarlo: Un
hombre que libremente, sin haber tenido ninguna experiencia
milagrosa, había convertido su vida en un milagro.
En aquél momento yo era un viejo soldado y pensé abandonar ese
viejo cascarón para volar a la India y manifestarme ante él
pero pensé: "¿Qué haría él?". Aguantando mi
impaciencia, agarré mi cayado, me despedí de mis hijos y nietos
e hice el camino andando a lo largo de más de cinco mil kilómetros,
hasta llegar hasta él.
Le seguí y le admiré mientras mi viejo cuerpo pudo aguantar. Después permanecí desencarnado durante algún tiempo observándolo, pero no era lo mismo. Volví a encarnarme y le seguí de nuevo, esta vez como un niño admirado de su sabiduría.
¿Os sorprendéis? ¿Creíais que yo lo sabía todo?. No, yo puedo saber todo lo que ocurre en el universo, cualquier cosa que quiera saber está ahí, lista para quedar a mi disposición en el momento en que me interese. También puedo "calcular" lo que va a pasar en un futuro más o menos cercano. Pero llegar a conocer el verdadero interior de una persona está por encima de mis posibilidades. Sólo puedo ver los actos, comprender las motivaciones pero calcular lo que una persona va a hacer, sobre todo algunas personas, es una tarea imposible.
Cuando Buda murió, lloró un mundo. Durante mucho tiempo Buda
había sido seguido por cientos, miles de discípulos y entre
ellos había sembrado una llama que en los siglos posteriores
siguió iluminando a muchos grandes sabios.
Su doctrina influyó poderosamente en otros pueblos y se extendió
de uno a otro confín de Asia. También yo, durante un tiempo, me
dediqué a difundir la doctrina de Buda como un misionero más.
Durante varios años me replanteé mi creación. A lo largo de
miles de años había intentado que los hombres siguieran un
camino y nunca lo conseguí. Y un día, sin que yo hubiera
intervenido en absoluto, un hombre consiguió lo que yo no había
podido.
Y algo que descubrí fue que las personas que tenían más
motivos para conocer mi existencia, los judíos, eran los más
intolerantes de todos los humanos existentes. Otros pueblos, en
cambio, siendo ateos, idólatras, politeistas o paganos tenían
un carácter mucho más capaz de amar y convivir con sus
semejantes.
Pensé que tal vez estaba equivocado, quizás el secreto
estaba en dejarlos solos, en que no adorasen ni temiesen a ningún
dios sino que descubrieran por sí mismos el secreto de la vida.
Me hice la firme promesa de no volver jamás a intervenir en los
asuntos de los hombres, de convertirme en un mero espectador
contemplando su obra. Incluso quise ocultar mi existencia aunque
ya era bastante tarde, mucha gente me había tratado aunque hacía
ya varios siglos que no me presentaba a nadie como Dios. Los
sacerdotes judíos seguían conociendo mi existencia pero ¿cuánto
de esas creencias era aceptado como un hecho cierto y cuanto como
mito?. Y mientras más tiempo pasaba más difícil sería para la
gente recordar que alguna vez existí.
Había un problema, el mismo universo, su existencia era una
prueba palpable de la mía. Conforme pasara el tiempo los filósofos
griegos y egipcios encontrarían las pruebas palpables de mi
existencia y eso tampoco era lo que yo quería.
¿Qué quería yo?.
Durante cuatro mil años había intentado guiar al hombre a través
de la historia pero ¿hacia donde?.
Ahora por fin lo entendí, para mí no era importante la adoración
de los hombres, ni su pleitesía. ¿cómo describirlo?. Para mí
lo importante era ver crecer a mis criaturas para convertirse...
¿en qué?.
La idea estaba ahí, a punto para iluminar mi entendimiento, como
se dice, en la punta de la lengua, ¿por qué me costaba tanto
dar con ella?.
Quería sentirme orgulloso de mis criaturas, de mis hijos. Quería
que crecieran y se hicieran libres y que fueran...
Como yo.
Quería que fueran sabios, que crecieran y que, aunque tardasen miles de años en conseguirlo llegaran a ser lo mismo que yo era.
Dioses.
Para conseguirlo tenían que creer que eran libres no pensar
que eran marionetas. Yo los creé pero nunca los consideré
marionetas, quería que fueran libres.
Pero si ellos supieran que yo existía y que los había creado
como un experimento, sin saber siquiera lo que iba a salir, nunca
tendrían la fe en sí mismos que les haría falta para ser
libres.
Inicié una campaña para ocultar mi existencia, intenté calcular como se desarrollaría el futuro y me propuse que por mucho que la filosofía y la ciencia adelantaran nunca se pudiera probar mi existencia.
¿Cómo hacerlo?. En cuanto los científicos avanzaran lo
suficiente descubrirían que no había más explicación a la
existencia del universo que el hecho de que hubiese sido creado.
Me devané los sesos hasta dar con la solución, tenía que
recrear el universo de tal forma que pareciera que había llegado
a existir por causas naturales, sin ningún tipo de intervención
divina.
No podéis ni imaginar la de cálculos que tuve que realizar.
Imaginé unas quince maneras en que podría crear un universo que
pudiera evolucionar por sí mismo para generar vida inteligente
sin mi intervención. Sólo tenía que lanzar el proceso y todo
lo demás se haría solo, pero no era eso lo que yo quería. Yo
quería recrear el universo alrededor de Mi mundo sin que sus
habitantes se dieran cuenta, que no notaran ningún cambio y que
les pareciera que siempre había sido así. Al final solo encontré
tres universos posibles que permitirían vida inteligente
parecida a la que yo había creado.
Una vez elegido uno de esos tres modelos remodelé mi universo
haciéndolo tan grande como la vía láctea. No solo creé una
galaxia, tuve que crear también todos los rayos de luz dirigidos
a la Tierra que cien mil millones de estrellas hubieran emitido
de haber existido realmente desde antes de que las hubiera creado.
¿Imaginais que fue fácil?. No tenéis ni idea de la cantidad de
fotones que tuve que crear para que en este momento creais ver
estrellas que en realidad fueron creadas hace unos dos mil años.
También la vida había sido otro milagro, algo que de forma
espontánea jamás podría haberse producido en el universo tal
como era entonces. Cambié varias constantes físicas del
universo lo suficiente para que la vida fuera posible.
También tuve que imaginar una evolución para que cuando
vosotros aprendierais lo suficiente pudiérais entender lo que yo
quería que entendiérais. Calculé como sería la Tierra si
hubiese surgido espontáneamente de forma natural. Después
remodelé el interior de la Tierra para adecuarlo a mis cálculos,
creé las capas y estratos que en el futuro os permitirían
comprender la geomorfología y orogénesis que yo había
inventado para el planeta.
Calculé que para llegar al hombre de forma natural harían falta unos mil o dos mil millones de años de evolución. Fuy generoso, así que le di a la Tierra la apariencia que tendría si hubiera tenido cinco mil millones de años de edad. Y los estratos más recientes los llené de huesos fosilizados, restos orgánicos y herramientas con aspecto de haber sido talladas por manos prehistóricas.
En resumen, hice un trabajo tan completo y cuidadoso disfrazando la realidad que aún hoy, después de siglos de progreso científico, los astrónomos, biólogos, químicos, arqueólogos y demás científicos no han podido encontrar ninguna fisura en mi universo.
Eso sí, tal como en la antiguedad tuve que hacer más grande el mundo, también ahora tengo que hacer el universo cada vez más grande. Cada vez que construís un nuevo telescopio más potente, tengo que extender un poco más los límites del universo. Y no sólo crear una lejana galaxia, sino decidir cuándo se ha creado y calcular y crear todos los fotones que hubiera emitido en dirección a la Tierra de haber existido desde hace cientos de millones de años. Al menos así lo hacía antes, pero ultimamente me lo habéis puesto tan difícil que lo que hago es crear los rayos de luz directamente. Así, cuando los científicos descubren una nueva galaxia a mil millones de años luz de distancia, en realidad esa galaxia no existe, ni ha existido nunca, ni siquiera me molesto en crearla. Simplemente creo los rayos de luz que recibiríais si realmente hubiese existido.
Pensaréis que entonces resulta que soy un gran embustero al
crear esos rayos de luz, al inventarme la deriva de los
continentes, al crear huesos de dinosaurios y australopitecos que
en realidad nunca existieron.
Pero lo hago por vuestro bien, para que podáis dejar de creer en
mí, para que no seais siempre unos bebés dependiendo de un ser
superior y os hagais adultos.
Un padre quiere que sus hijos crezcan y se hagan capaces de ganar su independencia.
Yo quiero que seais libres y no dependáis de mí, que crezcáis para que algún día lleguéis a ser tan sabios y poderosos como yo.
Quisiera mirar a la Tierra, contemplaros y sentirme orgulloso de vosotros. Y que crezcáis hasta que algún día me descubrais de nuevo, pero no como a un ser superior sino como a un igual, como a un amigo.
Hasta entonces, seguid creciendo.
Dios.
| P.S. Si alguno piensa
que esta carta es una prueba de que existo, olvidadlo, en
realidad no la he escrito directamente sino que se la he
inspirado a un aspirante a escritor (inspiración
divina, ya sabéis) pero él ni siquiera sabe que cada
palabra ha sido dictada por mí, sino que se cree que es
muy ingenioso al "inventarse" todo esto. No intenteis sacarlo de su error, al fin y al cabo ¿cómo puede nadie asegurar que no es él el que tiene razón y que yo no existo? |
@Juan Polaino
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