En el año 26 el emperador Tiberio nombró a Poncio Pilato procurador de Judea.
Al llegar a Cesárea, Pilato envió la guarnición romana a
Jerusalén mientras él descansaba unos días del viaje. Fuera
por ignorancia o a propósito, los batallones romanos llegaron a
Jerusalén llevando estandartes con la imagen del emperador, cosa
que estaba completamente prohibida por los judíos.
Un grupo de éstos emprendió el camino hacia Cesárea para pedir
a Pilato que retirara los estandartes pero al llegar tuvieron que
esperar durante varios días antes de ser recibidos. Al
recibirlos, Pilato hizo que los rodearan los soldados y les
amenazó con que desistieran de sus pretensiones o serían
degollados.
La respuesta de aquellos judíos fue inclinarse y descubrir el
cuello. Ante la perspectiva de empezar su gobierno con una
matanza, Pilato accedió a retirar los estandartes pero desde
entonces no perdió la menor oportunidad de tomar decisiones que
pudieran molestar a los judíos.
Una de éstas fue la adopción de las unidades de medida romanas cosa que provocó varias manifestaciones de protesta por parte de los judíos pero pronto las aguas volvieron a su cauce.
No ocurrió lo mismo en el año 31, cuando necesitado de
dinero para la construcción de un acueducto, ordenó que se
embargaran los tesoros del templo.
Fariseos y saduceos realizaron una débil protesta, más que nada
de cara al público, aunque no tenían la menor esperanza de ser
atendidos.
La respuesta de Pilato ante esta protesta fue despectiva pues
para entonces ya sabía perfectamente que fariseos y saduceos no
arriesgarían la posición que tenían en el templo y en la
sociedad judía.
Mucho más elocuente fue la protesta de los nazoreos, algunos
de cuyos miembros dirigieron duras críticas a Pilato y
organizaron manifestaciones del pueblo.
En una de estas manifestaciones Pilato hizo que varios soldados
se disfrazaran con ropas civiles y se infiltrasen en la
manifestación.
A una señal los soldados sacaron porras con las que golpearon a
los manifestantes provocando una estampida que causó varias
decenas de muertos.
En este ambiente de violencia, desprecio y recelo, no podía pasar mucho tiempo sin que los enfrentamientos entre judíos y romanos fueran cada vez más graves.