Pablo, el Apostol de los Gentiles

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Pablo, el Apóstol de los Gentiles

Saulo inició un viaje (45) con Bernabé para pedir fondos para la revolución nazorea que se estaba gestando. Durante este viaje visitaron varias ciudades en Chipre y Turquía y en todas ellas Saulo predicaba su discurso. De resultas de ello hubo varias comunidades judías que se escandalizaron pues lo que Saulo predicaba era bastante distinto a lo que otros nazoreos que los habían visitado recientemente les habían contado. Incluso uno de sus compañeros de viaje, Juan Marcos, tuvo una acalorada discusión con él por su manera de predicar y eso hizo que al tocar tierra en Turquía se separara de ellos regresando a Antioquía para más tarde dirigirse a Jerusalén.

Pero aunque algunos judíos se volvían contra ellos, Saulo conseguía bastantes adeptos gentiles y la colaboración económica que conseguía para la causa nazorea era mucho mayor de la esperada. Debido a eso Saulo romanizó su nombre para ser mejor aceptado por los gentiles, pasando a llamarse Pablo, nombre que conservó hasta su muerte.

Al regresar a Antioquía, sin embargo hubo un fuerte enfrentamiento entre Pablo y los judaizantes que pensaban que los gentiles convertidos debían circuncidarse y acatar rigurosamente la ley judaica.

Pablo sabía que en esas condiciones no conseguiría muchos prosélitos, por lo que se negó a ello enfrentándose al primer cisma que se abrió entre nazoreos y cristianos.

Para conciliar ambas posturas, Pablo viajó a Jerusalén enfrentándose con Santiago y los demás diáconos, pero sus argumentos fueron en vano: Pablo y Bernabé volvieron a Antioquía acompañados de dos nazoreos que durante varios meses vigilaron sus actividades para asegurarse de que cumplían lo ordenado por Santiago. Sin embargo, al regresar éstos a Jerusalén, Pablo y Bernabé organizaron un segundo viaje a las iglesias que habían visitado en el primero.

Pablo y Bernabé discutieron sobre quién les acompañaría, ya que Pablo no quería llevar a Juan Marcos que en el primer viaje les acompañó hasta Panfilia pero luego regresó por su cuenta a Antioquía. Al final, mientras Bernabé tomaba un barco con Juan Marcos para volver a visitar Chipre, Pablo viajó por tierra a través del norte de Turquía hasta llegar a Tróade. Desde allí pasó a Macedonia siendo el primero en anunciar a Jesús en el continente europeo. Libre del escrutinio nazoreo y siendo cada vez menos los judíos que encontraba en su camino, Pablo predicó en cada ciudad como buenamente entendió que conseguiría más prosélitos, sin poner condiciones a los conversos que, según él, no necesitaban circuncidarse ni seguir a rajatabla un conjunto de leyes que para los griegos resultaban tan extrañas.

En varias ocasiones tuvo enfrentamientos violentos con los judíos de las ciudades pero los gentiles que le escuchaban se sentían cautivados por su mensaje. Algunos de los conversos le acompañaron desde entonces en su viaje, que llegó hasta Atenas y Corinto. (51)

Precisamente durante este viaje fue cuando Pablo descubrió la más poderosa arma para extender y afianzar su doctrina: las cartas.

Cuando Pablo llegaba a una ciudad, conseguía varios conversos, permanecía con ellos durante un tiempo adoctrinándoles pero después continuaba su viaje. En varias ocasiones ocurrió que después de irse llegaron nazoreos a la ciudad y escandalizados por los errores de doctrina de los conversos les contaron diferentes historias sobre lo que había ocurrido y estaba ocurriendo en Jerusalén. Cuando los nazoreos se iban de la ciudad dejaban una iglesia dividida entre los que recordaban lo que había dicho Pablo y los que opinaban como los nazoreos.

Las cartas de Pablo, escritas con una psicología exquisita, empezaban elogiando a los nazoreos que les habían visitado. Después trataba a los conversos de pobres bienintencionados que no habían sabido entender su mensaje a pesar de que él lo había explicado de la forma más simple que se le había ocurrido. A continuación se echaba a sí mismo la culpa de no haber sabido expresarse mejor para luego pasar a explicarles punto por punto lo que los nazoreos habían querido decir. Y lo que venía a continuación era, por supuesto, una repetición de las mismas ideas que él ya expuso en su visita pero dichas con otras palabras para que parecieran diferentes.

En esas cartas Pablo rompió por completo con la doctrina nazorea llegando a escribir una carta que era fiel reflejo de otra carta escrita por Santiago en las mismas fechas llegando a citar ambos los mismos pasajes de la Biblia en los que se describe el sacrificio de Isaac, el hijo de Abraham, pero cada uno de ellos dándole una interpretación distinta al mismo hecho: Mientras Santiago argumenta que el cumplimiento de la ley justifica al hombre y le dará la salvación, Pablo escribe que la ley no es nada y que lo único que importaba era la fe. Mientras Santiago afirma que sólo los circuncidados se salvarán, Pablo dice que quien se circuncide está cometiendo un pecado contra Jesús. Mientras Santiago recuerda que ninguna persona debe usurpar prerrogativas divinas, Pablo hace hincapié en la casi divinidad de Jesús, pronunciando así una blasfemia ante la que todos los judíos, incluido Jesús, se hubieran rasgado las vestiduras.

La brecha abierta entre nazoreos y cristianos era inmensa y nada parecía ser capaz de volverla a cerrar.

Y sin embargo, quizás porque pensaba que lo que había hecho a tanta distancia de Judea tardaría mucho más en ser sabido, o tal vez porque no era consciente de haber obrado mal, Pablo regresó a Asia, embarcándose hasta Éfeso y desde allí a Antioquía. Su intención parecía ser dirigirse a Jerusalén pero, quizás avisado de que la situación en Israel podía suponerle graves peligros, dio la vuelta y regresó a Éfeso.

Allí permaneció durante varios años siendo repudiado por los judíos pero predicando a los gentiles que eran los únicos que le escuchaban.

Sin embargo, cuando se supo las actividades que había emprendido en Europa, los nazoreos se soliviantaron por las atrocidades que oían. Pablo tuvo que ocultarse y durante bastante tiempo tuvo que viajar permanentemente de una ciudad a otra para evitar ser asesinado por los nazoreos que habían jurado vengar las blasfemias cometidas por Pablo.

Comprendiendo que no le sería posible huir para siempre, decidió regresar a Jerusalén y hacer frente a Santiago.

Antes de viajar a Jerusalén, sin embargo, envió cartas y discípulos a muchas de las iglesias que había fundado en Grecia pidiendo, pero sin pedir, como era característico en él, que se hiciera una colecta para ayudar a la iglesia de Jerusalén que pasaba necesidad. De hecho recomendaba, ya que los cristianos eran tan generosos que ofrecían su ayuda de forma tan espontánea, que las colectas se hicieran el primer día de cada semana, que él o alguno de sus discípulos pasarían tarde o temprano a recoger las colectas.

Así se estableció la costumbre en toda la iglesia cristiana de que el domingo fuera el día en que se reúnen los cristianos para recolectar las limosnas en contraposición a los judíos que celebraban el sábado como día dedicado al Señor.

Su llegada a Jerusalén causó una sorpresa espectacular, sobre todo cuando Santiago y los diáconos vieron la cantidad de dinero que Pablo había recaudado entre los gentiles.

A pesar de la sorpresa, sin embargo, las historias que habían oído sobre Pablo eran muy escandalosas pues se decía que había llegado a aconsejar a los judíos de Europa que se apartasen de la ley de Moisés.

Pablo, ofendido, juró que no era cierto, que enemigos terribles difundían mentiras sobre él pero que nunca había quebrantado las reglas de la comunidad nazorea.

Santiago decidió que Pablo debería pasar los ritos de la purificación para lo cual al día siguiente fue llevado bajo custodia al templo, y permaneció allí durante siete días, pero al final hubo un tumulto de judíos que pretendían lapidar a Pablo.

Este intentó huir pero fue apresado por la multitud que, a punto ya de lapidarle, fueron interrumpidos por tropas romanas que habían sido atraídas por el tumulto. Apelando a su ciudadanía romana, Pablo fue retenido por el centurión que, desconocedor de la causa por la que querían acabar con Pablo, lo llevó preso a la torre Antonia.

Al día siguiente más de cuarenta nazoreos juraron no comer ni beber nada hasta dar muerte a Pablo. Con ese fin planearon camuflarse entre los miembros del sanedrín y que éste pidiera la comparecencia de Pablo pero advertido del complot el procurador de Roma trasladó a Pablo a Siria donde permaneció durante dos años a la espera de ser juzgado.

Al cabo de dos años Pablo fue embarcado con destino a Roma donde permaneció custodiado en una villa hasta que se celebrase su juicio. Debido a su ya casi completa ceguera y a su lamentable estado físico, apenas se le asignaron un par de soldados para custodiarle y podía recibir visitas por mediación de la cuales siguió en contacto por carta con muchas de las iglesias que fundó.

A través de este contacto Pablo mantuvo la fidelidad de estas iglesias y en su cautiverio fue capaz de mantener durante años la fe de cientos y miles de fieles de su doctrina.

A su muerte quedaron numerosos escritos que fueron guardados por sus discípulos y llevados a tierras lejanas durante los siguientes años de persecución de los cristianos.