Tras la muerte de Salomón en el año 931 AC el reino se dividió en dos, Judá e Israel.
Esta división, y el hecho de que el imperio asirio inició un período de fuerte expansión, propiciaron que en los dos siglos siguientes el poderío militar de Israel y Judá fuera cada vez menor, perdiendo muchos de sus territorios a manos del rey asirio Senaquerib que ordenó la deportación de más de doscientos mil judíos y llegando a asediar la misma Jerusalén, asedio del que los judíos se libraron pagando un fuerte tributo.
Ni siquiera así consiguieron librarse de la conquista un siglo más tarde, en el año 597 AC, por las tropas de Nabucodonosor que deportaron a otro numeroso grupo de judíos. A pesar de la derrota los judíos se rebelaron años después y Nabucodonosor tuvo que volver a conquistar Jerusalén incendiándola en el año 586 AC, destruyendo el reino de Judá y deportando a todos los judíos que sobrevivieron a la matanza.
En Babilonia vivieron de nuevo como esclavos y como muchas veces ocurre en los pueblos esclavizados, su religión y sus tradiciones se convirtieron en su más importante signo de identidad y sus ideas se hicieron más fanáticas y fundamentalistas con el paso de los años. Asimismo entre ellos surgió la idea de que un día Yavé enviaría un libertador que, tal como Moisés (Mesías=Moisés), les rescataría de la esclavitud y haría morder el polvo al reino que les había conquistado.