En resumen, a lo largo de casi dos milenios, los judíos vivieron casi siempre dominados por otros pueblos y sólo durante un período de menos de un siglo, en tiempos de David y Salomón, tuvieron un relativo esplendor en medio de las poderosas naciones que les rodeaban.
Para compensar la poca importancia que tenían como nación, mitificaron a su dios, asegurando que era el más poderoso de cuantos dioses eran adorados sobre la faz de la Tierra. Y para justificar el hecho de que siendo el suyo el más poderoso de los dioses, su pueblo fuese tantas veces dominado por tantas naciones, crearon el mito de que Dios los castigaba cada vez que ellos se apartaban del camino que Dios les había marcado.
Para que Dios dejara de castigarles debían ser todos ellos fieles cumplidores de la ley, la Torah. Entonces, y sólo entonces, Dios les enviaría un descendiente de David que reuniría en sí los atributos de la realeza y el sacerdocio. Sería nombrado rey de Israel, gobernaría a todas las naciones y su reinado duraría un milenio.
Mientras tanto tendrían que esperar siendo fieles al pacto que habían hecho con Yavé, cumpliendo todas las leyes de la Torah hasta que Dios se acordase de su pueblo y restaurara su gloria pasada.
Desde muy antiguo, una de las leyes judías estipulaba que las tierras de cultivo debían ser dejadas en barbecho cada siete años. Durante los años sabáticos, los judíos aprovechaban que había menos trabajo para realizar viajes, visitar familiares o llevar a cabo actividades que no podían realizar en otras circunstancias.
Aparte de esto, cada catorce años, coincidiendo con uno de
cada dos años sabáticos, los romanos realizaban un censo de la
población en toda Judea con el fin de determinar los impuestos
de los judíos hasta el censo siguiente.
Los censos eran impopulares entre los judíos ya que estaban
destinados a fijar los impuestos, motivo por el cual los años
censales se producían numerosas protestas y manifestaciones. Ya
el año 6, fecha del primer censo en Judea, hubo manifestaciones
que llegaron a convertirse en revueltas. También hubo algaradas
en el año 20, pero el censo del 34, tras ocho años de gobierno
por Pilato, la situación era especialmente explosiva.
El año sabático judío duró desde septiembre del 33 hasta
septiembre del 34 y el año censal romano desde marzo del 34
hasta marzo del 35, así que entre marzo y septiembre del 34 había
muchas personas viajando a sus ciudades de nacimiento para
censarse.
Por los caminos, en las plazas, en los mercados y en las puertas
de las ciudades era fácil encontrar predicadores de distintas
sectas exponiendo sus ideas y profetizando grandes calamidades o
la llegada de algún mesías libertador del yugo romano.
No había predicadores fariseos ni saduceos pues estos estaban
establecidos en el poder del templo y no descendían a los
caminos ni se mezclaban con la "chusma". Tampoco el
pueblo llano les hubiese hecho mucho caso, probablemente.
Así, la mayor parte de los predicadores que se podían encontrar
eran de alguna de las numerosas sectas judías. Y los que
soliviantaban más al pueblo eran los zelotes, cuyas
predicaciones eran las más críticas a los romanos, a los
fariseos y a los saduceos.
En estas fechas murió Felipe el tetrarca y le sucedió
Herodes Antipas quien, para legitimar su derecho al trono de
Judea, se había casado con una sobrina suya que era nieta de
Herodes el Grande. Aunque en la ley judía no había ninguna
norma que prohibiera casarse con una sobrina, algunos
predicadores zelotes, entre ellos Juan el Bautista, criticaron
duramente a Herodes por este hecho.
Al principio de su reinado Herodes no se atrevió a detener a un
hombre santo como Juan pues sabía que los tumultos durante los años
sabáticos podían degenerar fácilmente en una revuelta que
obligaría a intervenir a Pilato, y eso era lo último que él
quería.
Esperó a que terminara no sólo el año sabático sino el censal
para asegurarse de que la detención de Juan pasara lo más
desapercibida posible.