Principios del Mercado

En el documento anterior hemos expuesto cuáles son los principios básicos y naturales de la economía.

Entre ellos hemos mencionado el Comercio, identificándolo como el medio en que un individuo debe relacionarse con su entorno para ganar recursos, sean éstos energía y alimentos o bienes y capital.

Pero en las especies animales el comercio se realiza obedeciendo la ley natural, la ley del más fuerte. Todos los animales ganan recursos arrebatándolos a otros seres vivos.

No es este el tipo de comercio al que solemos referirnos cuando hablamos de temas económicos, pero es el único tipo de comercio que conocen casi todas las especies animales, y que también nosotros practicamos al relacionarnos con otras especies animales.

Y en realidad esa sería nuestra única estrategia si no tuviésemos inteligencia: arrebatar a otros animales su carne y su vida para que nosotros podamos sobrevivir.

El hecho de ser inteligentes no ha hecho que abandonemos esa estrategia, seguimos matando y quitando la carne de otros animales, pero sí nos ha permitido inventar otras formas de comercio, otras formas de adquirir aquello que necesitemos de otros miembros de nuestra especie.

En vez de comerciar por la fuerza, comerciamos voluntariamente, y con ello hemos creado el Mercado.

Recomiendo la lectura de El Cambio , un modesto relato sobre cómo pudo desarrollarse el primer intercambio comercial de la historia de la humanidad.

El mercado nació la primera vez que un cazador que tenía dos conejos se encontró con un tallista que tenía dos hachas y ambos decidieron voluntariamente intercambiar lo que les sobraba por aquello que deseaban.

El Intercambio Voluntario permitió que las personas no tuvieran que ocuparse cada una de todas sus necesidades, sino que si una persona era muy buena fabricando hachas podía dedicarse exclusivamente a esa tarea e intercambiar las hachas que fabricara por otros bienes producidos por otros miembros de su especie.

Ese fue el principio de la Especialización. A partir de entonces una persona no tenía que ser capaz de realizar todas las tareas necesarias para la supervivencia. Podía especializarse en una tarea, la que pensara que podía realizar mejor y conseguir los demás recursos intercambiando su producción con la producción de otras personas.

Esto a su vez provocó el crecimiento de las familias y de las tribus. Hasta entonces todos los grupos humanos estaban formados por familias más o menos reducidas que permanecían juntas para ayudar a su supervivencia. Cuando un grupo crecía demasiado, sus posibilidades de encontrar alimento y seguridad eran menores, así que tendían a dividirse en dos tribus distintas que se establecían en lugares alejados. Pero con la especialización, el número de miembros de una tribu tendía a ser mayor, si la supervivencia de una persona dependía de realizar unas veinte tareas diferentes, al especializarse los individuos resultaron ser más rentables las tribus que tuvieran un mínimo de veinte individuos adultos, estando estos especializados en diversas tareas.
No obstante la especialización no era absoluta. Había tareas que requerían la participación de muchos miembros de la tribu y otras en las que un solo miembro podía abastecer una necesidad determinada de todos los miembros de la tribu. Asimismo, un individuo podía realizar habitualmente dos o tres tareas distintas, teniendo así más posibilidades de intercambiar su producción con la de otros individuos. En cualquier caso, una tribu de veinte miembros adultos en la que estos especializaran algunas de sus tareas era capaz de producir más bienes, herramientas, ropas y alimentos, y acababa teniendo más probabilidades de supervivencia que otra formada por una familia o manada reducidas en la que cada individuo tuviera que realizar todas las tareas de supervivencia.

En este mundo no hay nada perfecto, y la libertad de especialización provocó el efecto de que algunos miembros de la tribu eligieran las tareas más cómodas esperando a cambio recibir todos los demás recursos que necesitaran. Como consecuencia empezaron a sobrar determinados recursos y a faltar otros, y esto hizo que los bienes más abundantes fuesen menos demandados y los más escasos fueran más deseados. Para resolver esos desequilibrios la gente no intercambiaba ya un conejo por un hacha, sino que pedían tres hachas por un conejo, creando una lista de Precios de intercambio de bienes. Si un recurso era abundante era menospreciado y se intercambiaría por muchos menos recursos de cualquier otro tipo. Si era escaso era apreciado y el que lo tuviera podría pedir más recursos de cualquier otro tipo al intercambiarlo.

Eso significa que si demasiados productores se dedican a producir un mismo tipo de recurso, el precio de ese recurso bajará, será menos preciado y no servirá para intercambiarlo por todos los demás recursos necesarios. Lo que debe hacer entonces un productor no es mirar sólo lo que a él le gustaría más hacer, sino lo que será más apreciado por los demás miembros de su tribu. Si una tarea es cómoda y agradable y hay muchos productores que la realicen, su producción será muy menospreciada y no será suficiente para intercambiarla por los demás productos que se necesitan. En cambio, si una tarea es desagradable y trabajosa, pero no hay nadie que la realice, el que se dedique a ello podrá producir, con relativamente poco esfuerzo, suficientes bienes para intercambiarlos por los demás productos que necesita del resto de la tribu.

Es decir, el precio de los bienes hace que los miembros de la tribu elijan su actividad económica no solo considerando su propio interés, sino el interés de los demás. Si no hubiera un sistema de precios, las personas no tendrían medio de evaluar los bienes y conocer cuáles son más necesarios y al final todos se dedicarían a lo que ellos prefirieran sin tener en cuenta los deseos de los demás.

Competencia y Calidad

Por otro lado, cuando dos o más personas se dedicaban a producir el mismo bien, hachas, por ejemplo, los demás miembros de la tribu podrían ver que las hachas de un tallista eran de mejor calidad que las del otro, por lo cual, a la hora de realizar un intercambio podían preferir hacerlo con el mejor tallista. Siendo así, aunque en ambos casos es el mismo artículo, habrá más demanda de uno que del otro, y por consiguiente el buen tallista podrá pedir un precio más elevado mientras que el malo deberá bajar su precio para poder vender su producto. Al final habrá dos productos de la misma utilidad pero de calidades diferentes que tendrán un precio distinto. Siendo así, el tallista más inexperto se esforzará en mejorar la calidad de sus hachas, y al conseguirlo obligará al otro a mejorar él también, iniciando así una Competencia que obligará a todos los productores a ofrecer productos de cada vez más calidad o a un precio más barato.

Igualmente, aunque fuera el único productor de un bien, si lo hacía con escasa calidad, por regla general sus clientes acababan descontentos y, o pedían deshacer el trato o, si no llegaban a un acuerdo, decidían dejar de hacer tratos con dicho productor. No solo eso, el cliente descontento podía hablar de la mala calidad de los artículos adquiridos y eso redundaría en que al productor le costase mucho más vender sus productos. La Reputación de un productor era importante, y cada productor intentaba tener la mejor reputación posible, que todos supieran que sus productos eran de buena calidad. Si un productor tenía mala reputación los demás miembros de su tribu se mostrarían reticentes a la hora de hacer intercambios con él.

Además, si un tallista hacía hachas de mala calidad, el cazador o algún otro miembro de la tribu tendría que hacerse sus propias hachas y, si las hacía de mejor calidad, podía dedicar unas horas a hacer varias hachas de más, ofreciéndolas después a otros clientes y reduciendo los beneficios del mal fabricante de hachas. De un modo u otro, los productores de bienes de mala calidad se veían obligados a mejorar la calidad de sus productos y si no lo conseguían acababan teniendo que abandonar su actividad y buscar otra que fuesen capaces de hacer mejor.

Las personas no pasaban toda su vida atados a una misma actividad sino que podían cambiar de actividad varias veces en su vida según las necesidades de su tribu. Y como las circunstancias en las que se desarrolla la vida de una tribu no permanecen constantes a lo largo del tiempo, sus necesidades tampoco eran siempre las mismas. Unas temporadas podían hacer falta más tallistas, otras más cazadores, o peleteros, o cordeleros o pescadores. Las personas que eran buenas en una actividad la conservaban durante años. El que no era tan bueno podía convertirse en un excelente comodín capaz de realizar múltiples tareas dependiendo de las necesidades de la tribu.

Si hacían falta hachas, los no especialistas podían fabricar hachas, quizás no de tan buena calidad, pero sí la suficiente como para satisfacer la perentoria necesidad de la sociedad. Si hay escasez de pieles, los no especialistas podían también cazar y curtir pieles, quizás no tan bien como un profesional de la caza o del cuero, pero sí lo suficiente como para satisfacer la perentoria necesidad de la sociedad. Y al mismo tiempo que los trabajadores no especializados practican unas tareas y otras, llegan a adquirir destreza en todas ellas y en algún momento puede llegar a un nivel de destreza que les permita hacerse profesional de una actividad cualquiera.

Pero no solo eso. Las personas que cambiaban de actividad continuamente llegaban a desarrollar un sentido de la oportunidad que otros productores no llegaban a adquirir. Como para sobrevivir tenían que adaptarse a las necesidades cambiantes de la tribu, aprendieron a prever esos cambios antes que otros. Y como, sin ser necesariamente expertos en ninguna actividad, tenían conocimientos de muchas de ellas, eran capaces de imaginar nuevas soluciones a los nuevos problemas que se presentaran. La primera hacha de la prehistoria la fabricó una persona que sabía tallar piedras, trenzar cuerdas y manipular la madera.

De entre todos los miembros de una tribu, los expertos en alguna actividad realizaban su función, produciendo bienes y herramientas de calidad para los demás miembros de la tribu, pero los menos expertos no eran menos útiles.
Gracias a ellos la tribu podía adaptarse con facilidad a los cambios de las necesidades de la tribu y eran más capaces de imaginar e inventar nuevas herramientas que podían hacer más fácil, cómoda y segura la vida de todos.

Etapas, no clases

Pero tengamos una cosa en cuenta, el hecho de que hablemos de expertos e inexpertos no significa que hubiera dos clases de personas. No estamos diferenciando a las personas en clases, sino en tipo de actividad.
La vida no es estática, sino dinámica: No podemos comprender un ser vivo a partir de una fotografía, tenemos que ver todo su desarrollo, desde el nacimiento hasta la muerte.

Con la vida de una persona en la sociedad pasa lo mismo: No podemos suponer que una persona está en una categoría y se queda en ella para siempre.

Normalmente todas las personas empiezan su vida como inexpertos. Son jóvenes, fuertes, audaces, irresponsables y estúpidos. Corren riesgos, prueban, experimentan. Durante varios años realizan diversas actividades sin ser capaz de decidirse por una profesión. Con el tiempo van madurando. De las diversas actividades que ha intentado alguna le atrae más que otras, y entonces se convierte en un buen profesional de esa actividad y al final llega a convertirse en un experto.
Para entonces ya es más responsable, no hace las locuras que solía en su juventud. En algún momento empezará a ser cada vez menos fuerte, pero su destreza habrá mejorado y esto permitirá que siga produciendo bienes sumamente útiles para su prójimo. Incluso cuando por la edad ya no pueda seguir produciendo los bienes y herramientas que ha fabricado durante años, aún podrá ser útil a su tribu realizando una tarea para la que sigue siendo el más indicado: Enseñar a otros más jóvenes los secretos del oficio que haya aprendido a lo largo de su larga carrera.