Origen del Dinero

En el documento anterior hemos expuesto cuáles son los principios básicos y naturales del Mercado, y cómo, a partir de ellos, se fueron organizando las primeras tribus para atender de forma más eficiente sus necesidades.

Conforme pasaba el tiempo, los integrantes de la tribu descubrían nuevas maneras de resolver los viejos problemas, inventaban nuevas herramientas, nuevos bienes. El número de productos que ahora fabricaban era mucho más elevado y esto hizo que el sistema de intercambio de bienes llegara a hacerse sumamente complejo. Los productores de un bien tenían que saber por cuántas unidades de cada uno de los otros bienes podía intercambiarlos. Así, un conejo podía intercambiarse por tres cabezas de hacha, o por dos truchas, o por diez palmos de cuerda. Y al contrario, para conseguir una piel de oso hacía falta ofrecer cinco conejos. Con tres conejos se podían conseguir unas parihuelas y con quince conejos una cabaña.

Cada productor de bienes debía estimar por cuántas unidades de cada uno de los otros bienes podía intercambiar su producción, pero esa estimación debía hacerla examinando el mercado, viendo si se estaban fabricando muchos o pocos bienes de cada tipo, y según lo que se observara debía ofrecer más o menos bienes. Como ya en aquella época era imposible conocer todos los entresijos de la economía, los productores de bienes inventaron el Regateo. Con este sistema los productores de bienes ofrecen en principio muy poco pidiendo mucho a cambio. El contendiente de la puja hace exactamente lo mismo, pide lo máximo posible a cambio de lo mínimo imprescindible. Ambos empiezan desde posturas extremas y van cediendo, rebajando sus pretensiones. Mientras el precio está muy por encima de su nivel de beneficio puede ir cediendo, pero conforme vaya bajando en sus pretensiones cada vez cederá menos. Llega un momento en que hay un punto final del regateo. En ese momento los dos pujantes deben decidir si aceptan el intercambio o no. Como el intercambio es voluntario, si alguno de los dos pensara que iba a salir perdiendo no realizaría el cambio. Es decir, que si al final del regateo ambos deciden completar el cambio es porque ambos piensan que están ganando.

¿Es posible esto?. ¿Es posible que en un intercambio de bienes ambos actores salgan ganando?

Sí, desde luego, y el motivo es que el valor de un bien no es objetivo, sino subjetivo, depende del deseo de las personas, del valor que cada uno le de a los distintos bienes.

Para un tallista, las hachas le sirven para intercambiarlas por otros bienes, así que para él, en un momento dado, será más importante cualquier otro bien que un hacha. En cambio, para un cazador, un hacha es una herramienta imprescindible, de la que depende su supervivencia y su capacidad de conseguir otros muchos bienes.

Así que el mismo bien tiene un valor distinto para unas personas y para otras, de ahí que cuando dos personas negocian un intercambio de bienes, al final, decidan lo que decidan, ambos se llevarán algo de más valor para ellos que lo que han tenido que dejar a cambio.  Ambos están ganando.

Pero hay ocasiones en que dos personas no tienen un medio de intercambiar bienes. Puede ser que yo tenga hachas, pero necesite pieles y el hombre que tiene pieles resulta que no necesita hachas. 
¿Cómo puedo conseguir las pieles, entonces?. 
Podría hacerlo de dos formas, ambas igual de complejas. Intento averiguar qué bienes desea el peletero, busco a quien tenga esos bienes y se los pido a cambio de mis hachas. Después ofrezco esos bienes al peletero a cambio de sus pieles. La otra forma es más sencilla para mí, pero traslada la complicación al peletero. Le convenzo de que acepte mis hachas, que no necesita, para que luego las cambie por los bienes que necesita.

Cualquiera de los dos medios es complejo, ineficiente e inseguro. En ambos casos se requiere una pérdida de tiempo, bien sea mío o del peletero, bastante importante en buscar un bien intermedio que permita que el peletero y yo podamos realizar el intercambio que realmente nos interesa. A veces, por mucho que busquemos no encontramos un bien intermedio, y debemos encontrar una cadena de intercambios. Yo le doy las hachas a un cazador a cambio de unos conejos que le ofrezco al leñador a cambio de unas lanzas y éstas al peletero a cambio de las pieles que yo necesito.

Y para hacer esto cualquier comerciante tenía que estar informado de qué valor tenía cada uno de esos artículos para cada una de las distintas personas.

Esto, por supuesto, era casi imposible, y aún con la ayuda del regateo era sumamente fácil equivocarse y salir perdiendo en el intercambio, por lo que se impuso la necesidad de encontrar otro sistema, y la solución fue elegir un bien que fuese más o menos deseado por todo el mundo y que sirviese como un Medio de Intercambio de Bienes. No hubo nadie que tomara una decisión particular al respecto, sencillamente, cuando una persona ofrecía sus productos pero no encontraba un bien que necesitara, acababa llevándose otro que pensara que luego fuera fácil de intercambiar por otros bienes.
Este bien no podía ser perecedero, no podían ser, por ejemplo, conejos. Debía ser duradero, compacto y valioso, es decir que en poco volumen y peso pudiera transportarse mucho valor. Al mismo tiempo debía ser un bien con un valor estable, y para ello las existencias de ese bien no debían cambiar con excesiva rapidez.

Durante siglos se probaron distintos artículos, como hachas (demasiado peso por poco valor), conchas (después de una tempestad aparecían tantas conchas en la playa que las existentes perdían casi todo su valor), pieles (una plaga de ratas podía destruir el mayor tesoro en unos pocos días) o ganado (muy expuesto al robo y a las enfermedades).

Hubieron de pasar muchos miles de años y probar cientos de artículos antes de que por fin se encontrara un bien que sirviera a esos objetivos. Ese bien eran los metales preciosos.

Los metales preciosos eran en principio sumamente raros. La gente los encontraba y los apreciaba por su capacidad de servir como adornos. Aunque casi inútiles, cuando una persona tenía todas sus necesidades satisfechas podía adquirir adornos y joyas, lo cual le daba una cierta sensación de prestigio entre los suyos. Cuando llegaba a pasar necesidad, intercambiaba las joyas por otros bienes que necesitara.

Apreciadas por casi todos, el oro y la plata, y en menor grado el ámbar y las piedras preciosas, tenían todas las características que se requerían de un Medio de Intercambio de Bienes. Eran bienes escasos y deseados, por tanto su valor era alto. Su precio dependía de la cantidad de oro y plata que hubieran en manos de la gente, y teniendo en cuenta que la cantidad de oro o plata que circulaba era bastante escasa y no podía variar mucho, su valor era bastante alto y estable en el tiempo.

Conforme el uso del oro como Medio de Intercambio de Bienes se fue extendiendo, la gente buscaba yacimientos de oro, pero aunque en algún momento encontraran minas, nunca se encontró una mina que tuviera más de un pequeño porcentaje de la cantidad de oro que ya estuviera circulando.

Si en una mina se encuentra una cantidad de cien kilos de oro, y en ese momento ya hay mil kilos circulando por el mundo, el oro circulante perderá automáticamente un diez por ciento de su valor, pero esto sólo pudo ocurrir al principio de la historia, cuando había poco oro en el mercado. Hoy en día hay tanto oro en el mundo que el hecho de encontrar una nueva mina apenas cambiará el precio del oro en menos de una milésima de su valor.

Y además, el oro tenía capacidad de fundirse en lingotes grandes o acuñar piezas de un peso pequeño, con el fin de utilizarlo como un medio sumamente exacto para evaluar el precio de los demás bienes.

Así nació el Dinero.

Convertido en el mejor Medio de Intercambio de Bienes, el dinero agilizó extraordinariamente el comercio. Los productores de bienes ya no tenían que conocer el precio de sus productos con relación a cada uno de los demás bienes del mercado, cosa ya difícil con apenas una docena de bienes pero casi imposible con más de treinta. Bastaba que cada productor conociera el precio de sus productos en relación al oro y el precio en oro de los artículos que deseara adquirir.

Por otro lado, el dinero no solo tenía valor como medio de intercambio de bienes, también permitía ahorrar. Tal como las células acumulan energía en forma de moléculas de grasa o azúcar para afrontar las épocas de carestía, un productor podía acumular dinero durante años con el fin de sobrevivir cuando la edad o las circunstancias de su entorno le impidan seguir teniendo ingresos.

¿Es posible un mundo sin dinero?

Hay quien tiene la idea de que el dinero y las reglas del mercado son malos, que fomentan el egoísmo y hacen que demos más importancia al capital que a las personas, pero en realidad las reglas del mercado son reglas naturales: Nadie las ha escrito ni impuesto, sencillamente han surgido de forma espontánea, y si están tan adaptadas a nosotros es porque nosotros somos así. Si fuéramos de otra forma hubiera surgido otro sistema de organización.

Si todas las personas fueran buenas, generosas y desinteresadas tal vez podría existir un mundo sin dinero, sin mercado, donde cada persona haría el trabajo que le gustara, daría a la comunidad aquello que produjera y tomaría de la comunidad aquello que necesitara.

Pero hay dos problemas.

El primero es que se parte de un supuesto falso: No todas las personas son buenas y generosas. 
Hay personas que quieren trabajar lo menos imprescindible consumiendo más de lo necesario, y eso hará que los demás sufran una carga superior. 
Si sólo fueran unos pocos, los demás podríamos asumir la carga, pero tarde o temprano otros dirían: Si él puede, ¿por qué no yo?. Y cada vez serían más personas las que trabajarían menos queriendo consumir más. 
La única forma de evitar este problema es que 'alguien' se encargue de hacer que todas las personas trabajen según su capacidad y ese mismo u otro 'alguien' se encargue de administrar los bienes producidos por todos para dar a cada cual según su necesidad.
Y ese alguien tiene que tener un cuerpo de vigilancia que controle el trabajo de todas las personas para saber quién está trabajando menos de su capacidad, y un cuerpo policial con capacidad para obligarle a trabajar más.

El segundo problema que plantearía la falta de dinero es que las personas no sabrían el valor ni el precio de los productos que fabrica ni el de los que consume. No es un contrasentido hablar de Precio en un mundo sin dinero. En este contexto, precio es el Aprecio o Menosprecio que las personas tienen por los bienes. Si un bien es apreciado será muy consumido y como no se produzcan los suficientes habrá escasez del mismo. Si es menospreciado no se consumirá y sobrará en las estanterías.

Pero las preferencias de producción de las personas no coinciden con las preferencias de consumo, la gente preferirá trabajar fabricando productos que sean fáciles y agradables de producir, ¿quién va a querer dedicarse a las tareas más peligrosas o desagradables?, con lo que resultará que de algunos bienes se producirá en exceso y faltarán los bienes que nadie o muy pocos quieran producir. El resultado es que la producción de bienes no tendrá en cuenta las necesidades de la sociedad. Para resolver este problema tendría que haber 'alguien' que vigilara el mercado y decidiera qué bienes eran más necesarios y qué bienes había que producir menos, y controlando a todos los productores asigne a cada persona una tarea determinada.

Una sociedad sin dinero será una sociedad en la que 'alguien' tendrá que controlar a todas las personas, saber si trabajan poco o mucho, darles un toque si ve que no trabajan lo suficiente, obligarles o castigarles si no corrigen su actitud, recibir todos los bienes que produzcan todos los productores castigando a aquellos que decidan quedarse para su consumo egoísta los bienes que son de todos, repartir los bienes entre las personas según sus necesidades, decidir quién necesita más y quién necesita menos, y de los bienes escasos, por ejemplo, coches lujosos, yates y chalets de diez hectáreas, decidir quién los necesita más que otras personas, vigilar las necesidades del mercado, asignar los empleos diciendo a cada persona en qué deben trabajar, obligándolas si es necesario en bien de la sociedad.

Y ese 'alguien' tiene que ser una persona de infinita sabiduría e infinita honradez y benevolencia, incorruptible y que no utilice todo ese inmenso poder en beneficio propio o de los suyos.

¿Hay alguien así en el mundo?

¿Hay alguien que se lo crea?

No, un mundo sin dinero sería una sociedad donde alguien tendría que tener un poder absoluto para vigilar, ordenar, administrar, reprimir, obligar, castigar y controlar todos los resortes de la sociedad y donde el resto de las personas tendrían que acatar sus decisiones.

Una tiranía.

En cambio, una sociedad regida por los principios de la libertad y el intercambio de bienes y servicios, y contando con el dinero para conocer el precio de los diversos bienes y servicios que se hayan de intercambiar, hará que todas las personas busquen su propio beneficio a través de ofrecer un servicio a los demás. Y para ello no hace falta nadie que organice, que vigile, que reprima u obligue a nadie a hacer nada que no desee hacer.

Estoy seguro de que algunas personas prefieren la primera opción, es decir, la de un gobernante sabio que nos dirija a todos y decida por nosotros lo que debemos estudiar, trabajar, producir y consumir y que cubra todas nuestras necesidades a lo largo de toda nuestra vida.

Pero si os ponéis a calcular ¿cuántos vigilantes, cuántos policías, cuántas oficinas, cuántos cargos debería tener un estado para garantizar que todas las personas trabajen en el oficio que el estado les indique, que no trabajen por debajo de sus posibilidades y que su producción se suministre íntegramente al estado para que este haga un reparto equitativo de los bienes entre todos los ciudadanos?

La cantidad de dinero que haría falta para mantener a todos esos vigilantes, policías y funcionarios sería enorme, y ese dinero se nos tendría que quitar de nuestros salarios en forma de impuestos.

Aparte de esto, se ha demostrado a lo largo de la historia que el poder corrompe, y que una persona en un puesto con tanto poder no tardaría ni dos minutos en empezar a tomar decisiones pensando más en favorecer a los suyos, a aquellos a los que debe el puesto, a sus amigos y familiares, a los que le convenga en un momento dado que a todas las personas para las que debería gobernar.

Es duro, pero es así.

Concluyendo, un mundo sin dinero sería una tiranía en la que la mayor parte de la riqueza creada por los ciudadanos se malgastaría en un cuerpo de políticos y funcionarios con un poder absoluto (y por tanto, una corrupción absoluta) sobre el resto de los ciudadanos.