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Ciudades en el Espacio |
Otra carta desde el Espacio |
Durante la colonización de nuestro propio Nuevo Mundo, en el hemisferio occidental, las comunicaciones a través del océano entre familiares adquirieron gran importancia. Las cartas de los primeros inmigrantes disiparon los temores de los parientes que habían quedado atrás, y en muchos casos les animaron a decidirse a su vez. Tras el establecimiento de L5, las comunicaciones con el "Viejo País" serán mucho más rápidas: los teléfonos con pantalla televisiva pueden operar con una demora de menos de dos segundos. Parece probable que incluso las comunidades espaciales más tempranas estén equipadas con sistemas de transmisión postal electrónicos, y pienso que las cartas que se crucen entre los miembros de una misma familia serán tan importantes para la humanización del espacio como lo fueran para la colonización de Estados Unidos. Y cuando el tiempo no apremie y se sienta la necesidad del contacto físico con el papel escrito por el remitente, el correo enviado en base al espacio de carga disponible puede resultar más satisfactorio.
He aquí cartas como las que podrían escribir personas que hubieran emigrado a L5 unos pocos años después de los pioneros. A diferencia de los emigrantes jóvenes, que podrían constituir la mayoría, nos imaginamos que la que sigue ha sido escrita por una pareja cuyos hijos han crecido, se han casado y han fundado familias en la Tierra. La experiencia laboral y una trayectoria de estabilidad y responsabilidad podrían ser factores importantes a tener en cuenta por el Comité de Selección de los primeros emigrantes a las colonias espaciales. Con el paso del tiempo, no obstante, es de esperar que eventualmente puedan viajar a ellas prácticamente todos aquellos que así lo deseen.
Se considera que el viaje de Edward y Jenny tiene lugar a los doce o quince años de haber sido terminada la construcción de Isla Uno. En la escala de tiempo más rápida posible puede que para entonces se produzca un incremento de la población total del espacio que la lleve de 500.000 a 1.000.000 en un período de dos años, lo cual supone unas setecientas personas cada día: no mucho si lo comparamos con el tráfico que ven nuestros principales aeropuertos, pero más de lo que puede absorber el transbordador espacial, a menos que la flota de los mismos y las instalaciones de lanzamiento se amplíen considerablemente. De acuerdo con los estudios realizados por la NASA y algunos de sus patrocinados, creo que bastante antes de la terminación del siglo se contará con vehículos de transbordo propulsados por cohetes químicos de tipo más complejo y refinado que los actuales, capaces de elevarse de la Tierra y acelerar a velocidad orbital sin necesidad de proceder por fases (es decir, de desprenderse de componentes). Tales vehículos se encuentran al alcance, se dice, de la tecnología de 1980, de modo que no me parece precipitado afirmar que dispondremos de ellos para los años siguientes a 1990 o a principios del siguiente siglo. Su existencia abaratará notablemente el coste de la transferencia desde la Tierra a una órbita. Hay unas frases de Theodore Taylor muy relevantes en lo que se refiere a la cuestión de los sistemas de transporte espacial actuales 1:
Los costes actuales de la colocación de carga en órbita son elevados por las mismas razones que lo sería la aviación comercial con reactores si tuviera que sujetarse a las siguientes reglas:
1. Sólo habrá un vuelo al mes.
2. El aeroplano será desechado después de cada vuelo.
3. La totalidad de los costes de construcción de los aeropuertos internacionales, de origen y destino, será cubierta por las tarifas de
carga.
El modo de abaratar el coste de la elevación de carga a una órbita es, pues, obvio: desarrollemos vehículos plenamente reutilizables y descubramos un mercado lo suficiente grande para justificar una mayor frecuencia de vuelos. Sin embargo, hay dos "pegas" en este razonamiento: en primer lugar, los estudios hasta ahora efectuados indican que, si dependemos de la propulsión mediante cohetes químicos, sería extraordinariamente difícil, si no imposible, construir un vehículo totalmente reutilizable capaz de realizar el viaje de ida y vuelta de la Tierra a L5 sin necesidad de repostar. En segundo lugar, los costes de desarrollo de un vehículo que suponga un gran avance sobre la situación tecnológica actual son muy elevados. Para el llamado "super-transbordador", por ejemplo, vehículo capaz de poner en órbita grandes cargas y de efectuar viajes de ida y vuelta sin desprenderse de ninguno de sus componentes, he visto estudios de la NASA que estiman costes de desarrollo de 40 a 60 mil millones de dólares. El vehículo imaginado en las cartas de Edward y Jenny es de clase más modesta y portador de una carga mucho más pequeña.
Durante el período de tiempo en el que se sitúan mis conjeturas supongo que no resultará aún práctico obtener carbono, nitrógeno e hidrógeno de los asteroides. Por prudencia, pues, nos parece mejor suponer que será necesario transportar desde la Tierra aproximadamente una tonelada de esos elementos por cada emigrante Esta carga no tendría por qué viajar en el mismo vehículo de alta seguridad usado para el transporte humano.
Para el transporte de setecientos pasajeros por día mediante cohetes de una sola fase con cargas de unas dos o tres veces las susceptibles de ser elevadas por el transbordador actual, sería necesario efectuar unos cinco viajes diarios. Tratándose de un vehículo enteramente reutilizable que no requiere operaciones de montaje sino sólo de repostamiento antes de cada uno de los vuelos, ese régimen de lanzamiento no parece excesivo, incluso si por entonces carecemos de lugares de despegue adicionales, aparte los dos ya establecidos (en Estados Unidos y Rusia respectivamente). Las necesidades de carga podrían ser mayores en cuanto a tonelaje; pero no, probablemente, en lo tocante a número de vuelos. Un vuelo cada tres horas aproximadamente por un HLV derivado del transbordador bastaría para transportar los suministros necesarios para iniciar la agricultura y para establecer un medio ambiente agradable, incluso durante el período de rápida acumulación de población en L5. Para cuando necesitemos de ese nivel de transporte de carga usaremos probablemente el mismo vehículo de una sola fase, y unos pocos vuelos diarios bastarán. Por otra parte, semejante vehículo quemará probablemente combustibles mucho más limpios que los que requiere el transbordador espacial existente.
El problema de la traslación más allá de una órbita baja es del todo diferente: las ventajas de contar con energía solar en todo momento y el fácil acceso a materias primas lunares sólo pueden disfrutarse a distancia de escape; pero pasar de una órbita baja a un punto situado a gran distancia requiere mucho más tiempo y, si la Tierra sigue siendo la fuente de los suministros, una vía logística mucho más larga y delgada. El problema es análogo al que presenta un vuelo de avión a larga distancia. Si queremos que el aeroplano alcance su destino, dé la vuelta y regrese a origen sin necesidad de repostar, convertimos la cuestión en un asunto mucho más espinoso que si permitimos que el avión reposte en destino de emprender el viaje de vuelta.
La transferencia desde una órbita baja a L5 es, en primer lugar y para los pasajeros, un problema de tiempo: incluso contando con motores de elevado impulso, capaces de producir grandes cambios en la velocidad del cohete en un período de una hora o menos, el tiempo de viaje hasta alcanzar la distancia de escape es de aproximadamente tres días. El sencillo tipo de acomodación que sería adecuado para un vuelo de media hora, y hasta de varias horas, sería absolutamente insoportable para un viaje que durase varios días. "Steerage to the Stars" (a las estrellas en tercera clase) no es la imagen que desearíamos alcanzar en relación con la humanización del espacio.
Afortunadamente se dan algunas ventajas compensadoras de las que cabe hacer uso para obviar este problema: a partir de una órbita baja y hacia fuera no hay ya necesidad alguna de que los motores deban ser capaces de suministrar un impulso mayor que el peso del vehículo. Si no nos importa el proceder con un viaje relativamente lento, el impulso y la aceleración de la máquina propulsora pueden ser relativamente bajos. Y si nos aprovechamos del hecho de que L5 se encontrará en un lugar donde la masa reactiva resultará bastante barata, parece claro que en vez de desarrollar vehículos monstruo de despegue de la Tierra mejor sería el resolver el problema desde uno y otro lado del viaje. L5 es el lugar ideal para la construcción de grandes aeronaves cuyo diseño se vería libre de todas las limitaciones impuestas por la entrada en atmósferas planetarias. Motores basados en el impulsor de masas pueden "repostar" en L5 con masa de reacción procedente bien de escorias industriales bien de oxígeno líquido.
Se supone que las naves espaciales Konstantin Tsiolkowsky y Robert H. Goddard poseen una masa en vacío de unas 3.000 toneladas, de las cuales aproximadamente dos terceras partes corresponderían a sus impulsores de masas que harían las veces de motores a reacción y a las plantas solares generadoras de energía. Los impulsores lograrían velocidades de escape aproximadamente dos veces mayores que las del mejor cohete propulsado químicamente, más o menos iguales que las de las máquinas similares, mucho anteriores, intensivamente estudiadas hacia finales de la década de los setenta para los primeros días del establecimiento de la producción industrial en el espacio. Estos impulsores, portadores de baterías de células solares cual velamen de antiguo velero de aparejo cuadrado, se extenderían a lo largo de varios kilómetros, pero ello sería perfectamente viable para vehículos jamás pensados para un medio atmosférico.
Para calcular el rendimiento del Goddard es necesario conocer el peso de sus baterías de células solares. Voy a suponer unas tres toneladas y media por cada megavatio. El Johnson Space Center de la NASA llegó a la conclusión de que ello resultaría plenamente factible, incluso en el decenio de 1980, para una estación satélite de energía solar. En el caso del Goddard, de construcción mucho más tardía, ha de ser perfectamente alcanzable, especialmente cuando uno piensa que en el caso de una nave espacial no es necesario tratar de rebajar el coste del motor a un valor tan mínimo como el que requiere una central generadora económica. Para el Tsiolkowsky, el Goddard y otras naves hermanas, los tiempos de navegación correspondientes serían de unas tres semanas para el viaje L5-órbita baja y de algo más de una semana para el trayecto contrario: aproximadamente lo que lleva cruzar el Atlántico en un navío de tamaño medio. Las diferencias en el tiempo de viaje provienen del hecho de que el motor sería de impulso constante y que a su partida de L5 las naves estarían cargadas de masas de reacción. Esa diferencia se revelaría favorable para los viajeros de salida, quienes gozarían de una velocidad más elevada que la de la tripulación descendente de L5 a la órbita baja. Más tarde, acaso dos decenios después, cuando las necesidades de transporte sean mucho mayores, puede que los ingenieros logren construir baterías solares menos voluminosas. Si consiguen establecer una proporción de una tonelada por megavatio, el tiempo de viaje puede reducirse a poco más de tres días. Otras posibilidades, inclusive la que contempla la emisión de energía por medio de rayos láser o de microondas, han sido asimismo estudiadas. No considero, sin embargo, la vía nuclear, y la razón es clara: si el desarrollo de las comunidades ha de proseguir sin limitaciones durante mucho tiempo no cabe introducir en ellas elementos que impondrían un límite tan pronto como las cifras totales o el transporte global requerido excedieran de un modesto valor. No me parece que tenga sentido proyectar un sistema de transporte espacial en torno a una fuente de energía que tendría que proceder de la Tierra.
Podemos calcular unos límites superior e inferior para el precio del pasaje de ida a L5 en el período de tiempo comprendido entre los años finales de la década de los noventa y los iniciales del nuevo siglo. El límite inferior resulta de suponer duraciones de circunvalación o ida y vuelta de aproximadamente un mes y costes de nave tres veces mayores por tonelada que los de un avión comercial actual. El total se cifra en unos 6.000 dólares. El coste de la masa de reacción representaría sólo una pequeña fracción de ese total, puesto que sería muy abundante en L5. Un precio aún más bajo podría darse si las naves llevaran una carga completa bien de pasajeros bien en la bodega en ambos sentidos del viaje.
El límite superior es de 30.000 dólares, y resulta de suponer que cada navío debe de tener unos ingresos iguales a su propio coste en el plazo de dieciocho meses. El coste de los billetes en las aeronaves comerciales en los Estados Unidos responden aproximadamente a esta estimación sobre el precio de compra del avión; sin embargo, incluyen los costes de combustible total, los cuales representan una fracción más elevada del coste financiero. Tanto la cifra de 6.000 dólares como la de 30.000 no son sino una pequeña parte de la productividad de un obrero industrial a lo largo de un solo año en el favorable emplazamiento de L5, y probablemente representarían el ingreso de tan sólo unos meses.
Hemos supuesto que Edward, Jenny y coemigrantes aparecen en escena tras los primeros colonos de Lagrangia. Los primeros llegados se habrán enfrentado con condiciones más difíciles y con un medio más limitado, aunque menos duro que el que recibiera a nuestros antepasados cuando el Nuevo Mundo fue abierto a la colonización. No habrá "indios hostiles" y sí, en cambio, abundante comida.
Como ya hemos dicho, en las comunidades la agricultura será intensiva y muy mecanizada. Mediante la programación del cierre y apertura de delgadas pantallas situadas a varios kilómetros en la dirección del Sol, en las zonas agrícolas se disfrutará de largos días estivales libres de nubes y de tormentas. Monótonos, puede decirse, pero un campo de grano no requiere variedad. Las temperaturas se mantendrán siempre relativamente elevadas para que cultivos tales como el maíz, los boniatos, el sorgo u otros de crecimiento rápido puedan ofrecer hasta cuatro cosechas al año. Los rastrojos y algunos granos se destinarán a la alimentación de pollos, cerdos y pavos, de modo que los colonos puedan gozar de una dieta variada que comprenda carnes de elevado contenido proteínico. No habrá necesidad alguna de insecticidas o plaguicidas en las Islas, porque la agricultura será iniciada con semillas cuidadosamente inspeccionadas procedentes de la Tierra. El suelo lunar inicial será estéril y no se introducirá en él sino agua, abono químico y las cepas de bacterias necesarias para favorecer el crecimiento de las plantas.
Aunque el ganado bovino puede resultar demasiado exigente en espacio y poco eficiente en la transformación de vegetales en carne como para ganarse un puesto en el mundo espacial, persistirá una buena razón para introducir una pequeña partida de vacas lecheras: los niños seguirán necesitando de su producto.
En los pueblos de las Islas ha de haber insectos, quizá mariposas, que puedan servir de alimento a las aves, pero no hay por qué contar con mosquitos, cucarachas o ratas, por ejemplo. Las ropas espaciales descritas por Edward y Jennie pueden ser ligeras, pues el ambiente en que se viva estará libre de extraños climáticos. No habrá "grandes espacios abiertos", pero tampoco disfrutan de ellos los habitantes de las latitudes septentrionales de la Tierra, que deben pasar largos inviernos casi siempre en interiores.
Al tratar de imaginarnos cómo será la vida de los primeros colonos hemos de parar mientes en una de nuestras necesidades más enraizadas en nosotros como seres humanos sanos: la de sentirnos valiosos, de que nuestro esfuerzo y trabajo son necesarios y apreciados. En Isla Uno todos tendrán la sensación de que su actividad es necesaria e importante; no habrá desempleo. Es probable que los residentes tempranos creen comunidades estrechamente unidas y que sus pueblos desarrollen identidades peculiares, aunque sólo queden entre sí a unos pocos minutos de viaje.
Muchas de las diversiones de las comunidades primeras serán como las que cabe esperar en cualquier pequeño establecimiento humano próspero en la Tierra: buenos restaurantes, cines, bibliotecas, acaso pequeñas discotecas. Con todo, algunas cosas serán del todo diferentes: no habrá automóviles y tampoco polución; los desplazamientos se harán a pie o en bicicleta. Para cuando sea construida la primera Isla Dos puede que sea posible contar con algo más que el pequeño río imaginado para Isla Uno: con un lago; con inagotable energía solar al alcance de la mano, el lago puede rodearse de playas bañadas por olas acaso lo suficientemente grandes como para que permitan la práctica del surf sobre sus crestas.
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