| Tipo | Torre centrífuga |
| Radio | 900 m |
| Rotación | 1 rpm |
| Zona habitable | Un módulo de veinte plantas de 900 m². Total 18.000 m² |
| Capacidad | 800 habitantes |
| Año de construcción | 2.075 |
| Situación | Punto de Lagrange Interno del sistema Júpiter-Europa |
| Misión | Extracción de hielo de Europa |
Diseño:

¿Te acuerdas?. Yo aún me río cuando examino los viejos recortes de los periódicos. Pero tal vez no conozcas la historia completa, deja que te la cuente.
Llevábamos tres meses
trabajando en Galileo, aún no le habían puesto nombre, ni
siquiera estaba rotando todavía, cuando recibimos la visita de
aquellos emperifollados lechuguinos de la Casa Blanca.
Estábamos en año de elecciones y a algún idiota se le había
ocurrido la genial idea de que un par de semanas antes de las
elecciones el presidente inaugurase la estación.
Pero no desde fuera, como los trasatlánticos de la Tierra, no,
sino desde dentro, desde la sala de control de la estación.
Lo malo fue cuando vieron la
sala de control, ¿qué demonios esperaban?, ¿algo parecido al
puente de mando de un barco?. ¿Con la rueda del timón y todo?.
Valiente atajo de estúpidos.
No, aquello no valía. No tenía la imagen impactante que ellos querían dar de cara a las elecciones. Necesitaban algo más imponente.
Y entonces surgió la genial
idea. ¿Por qué no hacer una reproducción de la sala oval de la
Casa Blanca?.
Cuando les dijimos que sí había habitaciones con ventanas al
exterior, los lechuguinos quisieron examinarlas.
En aquel momento las
habitaciones estaban totalmente desnudas, los muebles se
traerían cuando la estación estuviese a un tercio de gravedad.
Tuve que explicarles eso. Por lo visto creían que una vez
montábamos la estación la poníamos a girar a su velocidad
normal. ¡No, hombre!, primero se ponía a un tercio de gravedad
para probar todos los tramos de la torre. Después acelerábamos
hasta 1G y, tras comprobar que todo iba bien acelerábamos aún
más, hasta 2G. Cuando volvíamos a detener la estación
sabíamos con certeza que aguantaría para siempre, por eso al
realizar todas estas maniobras era conveniente que no hubiera
aún muebles en la estación.
Bueno, a ellos no les interesaba nada de todo eso, querían inaugurar la estación mes y medio antes de que estuviese lista para ser habitada.
La idea era la siguiente:
Se construiría una reproducción del despacho del presidente en
la Casa Blanca y, por la ventana del fondo se vería la Tierra.
Entonces el presidente aparecería ante las cámaras flotando en
la ingravidez de la sala.
Se colocaría tras la mesa y se sentaría como si estuviera en su
despacho, unas cintas de velcro en sus ilustres posaderas le
ayudarían a mantenerse pegado a la silla.
Entonces, tras unas palabras dirigidas a la nación, el
presidente pulsaría un botón, (¡como si no tuviésemos
ordenadores!), y la estación comenzaría a girar.
¡De verdad, tantas estupideces me tenían harto!.
Al final cedí, ¡qué demonios!. Si querían tener su publicidad la tendrían, pero yo no quería saber nada del tema, y mis hombres iban a estar demasiado ocupados así que sólo les podía asignar a uno.
El que tuvo que bregar con
ellos desde entonces fue Wan Pérez, ¿te acuerdas de él?.
El nombre se lo había cambiado hacía años para que todos
supieran que era medio chino y medio hispano, ¡como si no se
pudiese apreciar a simple vista!.
Me caía bien y al principio
me dio pena cada vez que lo veía, cuando se notaba con claridad
que había estado discutiendo con los carpinteros, pintores y
decoradores que trajeron de la Tierra para preparar la
habitación.
Supe que había tenido una bronca terrible con un decorador que
preguntaba cómo demonios se podían colgar unas cortinas cuando
aún no había gravedad. Y si te cuento la vez que el pintor se
quejaba de que no era posible pintar las paredes en la
ingravidez... ¡quería que hicíeramos rotar la estación sólo
para que él pudiese mezclar las pinturas!. La verdad es que yo
tenía mis propios problemas y no quise saber nada del tema.
Un día lo ví en la mesa del
comedor y me llamó la atención. Desde que le asigné aquel
marrón siempre lo había visto irritado, y cuando pasaba cerca
de mí me miraba con rencor. ¡Qué digo rencor, me miraba con
odio!.
Aquel día en cambio, parecía preocupado, como si estuviera
dudando algo. Me pareció tan extraño que por primera vez me
acerqué a preguntarle cómo iba todo.
Ni siquiera se dió cuenta cuando le hablé y tuve que tocarle en el hombro para que me respondiera.
- Bien. -me dijo- Bien. Todo va bien. Sí, muy bien.
La verdad es que tantos bienes me tenían que haber mosqueado, pero como dije antes yo tenía mis propios problemas, así que dejé correr el asunto.
El trabajo me fue absorbiendo
cada vez más, como ocurría en todas las estaciones y ciudades
que construí, hasta que llegó el Gran Día.
El presidente había llegado el día anterior y ya se había
adaptado para que no tuviera cara de mareado al aparecer en los
holos. Aquello estaba lleno de guardias de seguridad y el
presidente ya estaba en la sala oval.
Sólo habían traído un operador de holovisión, que se encargó
de colocar en varios puntos del techo y las paredes los rayos
láser que necesitan las cámaras para regenerar el relieve.
Colocaron una cámara sobre un trípode fijado al suelo sacando
un plano general de la mesa del presidente, y tras ella la
ventana por la que se veía la Tierra. El operador sujetaría
otra cámara buscando planos cortos y, cada vez que se pusiera a
transmitir interrumpiría la emisión de la cámara fija. De esa
forma podría hacer cambios de cámara sin necesidad de un
ayudante que no había podido llevar.
Yo ya estaba terminando los últimos detalles de los preparativos en la sala de control, la verdadera, de la estación. Me habían colocado una pantalla para que observara el discurso del presidente y, cuando él apretara el botón que había sobre su mesa, que por supuesto no estaba conectado a nada, yo daría la orden de que la estación comenzara a rotar.
Bien, allí estaba yo, con
todas mis tareas terminadas y con el presidente hablando en el
holo. Aún tenía varios minutos antes de que el discurso
terminara, así que eché un vistazo a mi alrededor.
Flotando cerca de la puerta, observando el holo con una extraña
sonrisa, estaba Wan.
Volví a mirar el holo y me
pregunté por qué se estaría riendo. No me parecía que hubiera
nada que le pudiera hacer gracia.
El presidente sentado tras la mesa en lo que parecía una
reproducción de la sala oval. Se había sujetado el pelo en una
coleta para que los cabellos, flotando en la ingravidez no le
tapasen la cara. Su traje era, como siempre, bastante formal
aunque esta vez había hecho un cambio sobre su imagen habitual.
Se había puesto un pañuelo en vez de corbata. En la mesa había
una lámpara y varios objetos. Supongo que estarían pegados con
cola o imanes para que no saliesen flotando por la sala.
Tras el presidente unas cortinas (¿cómo habían conseguido que
los pliegues tuviesen aquel aspecto tan perfecto?) medio
ocultaban una ventana.
La imagen parecía tomada en
la misma sala oval, si no fuera por dos detalles:
El presidente sujetaba una maqueta de la estación ante sí
explicando cómo la iba a poner en marcha y la hacía girar en el
aire. Y al soltarla, la maqueta seguía girando sin caer como
hubiera hecho en la Casa Blanca.
El segundo detalle es que por la ventana no se veía la rosaleda
de la Casa Blanca, sino el espacio salpicado de estrellas y la
Tierra al fondo.
Iba a volverme hacia Wan para
preguntarle qué le hacía tanta gracia, cuando el presidente
indicó que iba a pulsar el botón.
Me dispuse a dar las órdenes oportunas al ordenador, solo me
faltaba pulsar la tecla [ENTER] pero aún había algo que me
tenía preocupado.
Y entonces, mientras veía al presidente pulsar el botón con una sonrisa en los labios y con la Tierra sonriendo al fondo y con Wan sonriendo a mi espalda, lo ví.
¡Te lo juro!, durante cinco eternos segundos estuve dudando si pulsar la tecla o no, quiero decir siempre he respetado lo que representa la presidencia de los Estados Unidos y todo eso, pero habían sido todos tan... tan... Además, después de cuatro años gobernando yo no tenía ninguna intención de volver a votar a este presidente así que, ¿por qué no?.
La sonrisa del presidente empezaba apenas a congelarse esperando la vibración que le habían anunciado cuando ésta por fin se produjo. Yo me volví a Wan y él me miró, y ambos nos miramos y nos dimos cuenta de que el otro lo sabía y... en fin.
Por el holo, el presidente
explicaba cómo en ese momento la estación había empezado a
girar y se notaba una leve fuerza que lo empujaba lateralmente.
La Tierra había desaparecido de la ventana y yo empezé a
sonreir, tal como sonreía el presidente y, a mi espalda, estaba
sonriendo Wan.
Poco a poco, seguía explicando el presidente a los holovidentes,
la fuerza centrífuga sería más y más fuerte emulando una
fuerza de gravedad que en realidad no existía.
La sonrisa no se había aún apartado de su cara cuando su mano sujetó con fuerza el borde de la mesa. En aquel momento la cámara que enfocaba la cara del presidente hizo un extraño movimiento y salió dando vueltas por la sala. En uno de los vaivenes se vió al operador flotando, o más bien cayendo hacia el techo de la sala y...
Al apagarse la cámara, se puso en línea la que estaba sujeta a un trípode, y entonces pude ver cómo el presidente, sujeto con las dos manos a los bordes de la mesa hacía inútiles esfuerzos por seguir sentado en la silla.
La fuerza centrífuga no era aún mucha, apenas un quinto de G, pero el velcro de las posaderas del presidente no era capaz de soportar tanto peso, así que su culo se despegó del asiento, se balanceó sobre la mesa mientras aún se sujetaba de sus bordes y, unos segundos más tarde se soltó, quedando de pie, con cara de estúpido, en mitad del techo de la sala oval.
La Tierra volvió a pasar ante
la ventana y yo me dí cuenta de cómo se había producido aquel
estúpido error. Para construir la estación, mientras había
estado detenida, se había dispuesto en una posición que
apuntaba a la estrella polar, con el módulo habitacional al
norte y el módulo agrícola al sur.
Lógicamente las habitaciones se tenían que orientar con el
techo hacia el centro de la torre, pero en un estado de
ingravidez unos inexpertos como los consejeros del presidente,
sobre todo si eran tan estúpidos, podían desorientarse.
¡Ah!, pero bastaba asomarse a la ventana, mirar la Tierra y ver que, claro allí están Norteamérica y Sudamérica. ¡¡Osea, que ésto es el suelo!!.
Wan perdió su trabajo, pero yo me aseguré de que volviera dos semanas más tarde de que el presidente perdiera las elecciones.
Y desde entonces no hemos parado de reirnos.
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