| Tipo | Torre centrífuga |
| Radio | 100 m |
| Rotación | 3 rpm |
| Zona habitable | Dos módulos de cinco plantas de 200 m². Total 2.000 m² |
| Capacidad | 80 habitantes |
| Año de construcción | 2.020 |
| Situación | Estación Espacial Internacional Alfa |
| Misión | Albergar a los científicos que desarrollan su trabajo en la Estación Alfa |
| NOTA: Este dibujo
corresponde a un diseño que hize hace años. Al comenzar
a crear estas páginas hize el dibujo según lo que
había diseñado, pero habréis visto que he cambiado de
opinión sobre el diseño de Alfa. En cuanto pueda terminaré de modificar el dibujo. |
Base Espacial Alfa

Lo primero que vemos al acercarnos a la
estación es que hay dos partes claramente diferenciadas: una
torre vertical que permanece estática en el espacio apuntando a
la estrella polar y rodeada de módulos y paneles solares y, en
la parte superior, dos módulos unidos por una torre centrífuga
cuyo punto medio se une al extremo de la primera torre.
Es como una gigantesca T que está girando de una manera muy
particular ya que, mientras la torre norte y los dos módulos de
los extremos giran alrededor del eje de la estación, la parte
inferior de la estación no gira, sino que permanece estática y
los paneles están siempre orientados al sol.
El transbordador en el que viajamos se
acopla a una compuerta que hay en el extremo de la torre sur y,
desde allí entramos en un pasillo de sección exagonal. A lo
largo de una de las paredes hay una ancha cinta de moqueta azul.
Las zapatillas que nos han dado antes de subir tienen el talón
recubierto de velcro así que con un poco de práctica podemos
simular que caminamos por la moqueta.
Pronto nos damos cuenta de que es una tontería. Intentar
conservar el equilibrio donde no hay equilibrio posible resulta
mucho más complicado de lo que parece, así que al final nos
dejamos flotar y vamos de un lado a otro agarrándonos a las
numerosas asas que hay en las paredes, tal como vemos hacer a los
que ya han estado antes aquí.
(Por lo visto las moquetas y las zapatillas de velcro las dan por
tradición, y solo las usan los novatos el primer día)
Cada quince o veinte metros encontramos un
segmento del pasillo en el que las paredes contienen compuertas y
entonces apreciamos una cosa bastante curiosa: La torre, en
realidad, es un conjunto de piezas ensambladas entre sí y si
prestamos atención veremos que la unidad básica que forma la
torre es un panel cuadrado que se ensambla por sus cuatro lados
con los cuatro paneles adyacentes.
El ensamblaje de uno de los lados forma un ángulo de 120 grados
por lo que la unión de seis paneles forma un segmento completo
del pasillo.
En los segmentos más cortos, de dos metros de largo, hay dos o
tres paneles con compuertas que comunican con los módulos de
investigación que hay alrededor del pasillo.
Uno de estos módulos es una cámara que permite salir para
realizar reparaciones o trabajos en el exterior de la estación.
Por otras compuertas podemos acceder a los distintos módulos que
forman la estación internacional Alfa.
En los paneles donde no hay compuertas encontramos ventanas, cintas de moqueta, armarios de herramientas o consolas de ordenador, aunque la mayor parte de los paneles no tienen más utilidad que ser recubiertos con posters de hermosos paisajes de la Tierra.
Al final del pasillo
llegamos a un curioso segmento al que llaman la sala cardan.
Es una sala de unos veinte metros de largo cuyas paredes forman
una especie de fuelle. Al preguntar el porqué nos dicen que en
caso de que se estropeasen los ascensores de la torre centrífuga
el centro de gravedad de los módulos habitacionales podría
quedar descompensado del eje de la estación, por eso la sala
cardán debe ser capaz de absorver ese descentrado.
Yo creo que ni siquiera el que nos lo está explicando lo
entiende realmente, así que lo mejor es decir que lo hemos
entendido perfectamente y, si nos interesa, ya averiguaremos más
adelante para qué sirve la sala cardán y por qué le han dado
ese nombre tan raro.
Al pasar a la
siguiente sala, a la que llaman la sala diferencial, nos llevamos el primer susto desde que estamos en
la estación.
A diferencia del resto del pasillo que hemos recorrido, este
tramo de unos diez metros de longitud es cilíndrico y está
dividido en varios segmentos de un metro de longitud cada uno.
Cada segmento está recubierto de una especie de escala de
peldaños que da la vuelta al cilindro.
Y cada segmento gira en relación al anterior.
Y cada uno va más rápido que el anterior
Al mirar al extremo opuesto de la sala vemos que la pared del
fondo está girando en el sentido de las agujas del reloj mucho
más rápido que un tiovivo de feria. (Más tarde nos dirán que
a tres revoluciones por minuto).
Los guías nos dan las instrucciones y avanzamos hasta el primer
segmento, nos agarramos a un escalón con la mano izquierda y
luego a otro con la derecha. Con los codos nos sujetamos para que
los pies no se balanceen hacia el segmento que hemos dejado
atrás. Avanzamos al siguiente, y luego al siguiente.
Pasar de un segmento al siguiente no resulta difícil,
simplemente tienes que fijarte en que el segmento que tienes ante
tí se desplaza con respecto al tuyo, pero no es a mucha
velocidad.
Primero te agarras con la mano izquierda a un asa cualquiera del
siguiente segmento, a continuación te impulsas con la derecha,
sueltas el asa que estabas sujetando y te agarras a otro asa del
nuevo segmento.
Cuando te quieres dar cuenta, no quedan más segmentos. Has
cruzado los seis segmentos cilíndricos casi sin darte cuenta,
has llegado hasta el último y ... ¡No se mueve!.
A pesar de lo que parecía cuando entraste en la sala todo lo que
ves permanece quieto, no está dando vueltas tal como nos había
parecido al principio.
Pero al mirar hacia atrás... ¡sorpresa!. Lo que vemos es
exactamente lo mismo que vimos al entrar, es decir, nosotros
estamos perfectamente quietos y los segmentos están girando,
cada uno más rápido que el anterior, hasta que en el extremo
opuesto está la entrada a la sala cardán girando a tres
revoluciones por minuto.
¿Pero puede ser? No, por supuesto. Hasta ahora hemos estado en
un estado de perfecta ingravidez y las veces que hemos quedado
flotando en el pasillo nos ha costado bastante alcanzar un asa
para agarrarnos. Pero si nos soltamos aquí, en este extremo de
la sala, notamos cómo nuestro camino se desvía ligera pero
ineludiblemente hacia la pared más cercana. En realidad, según
el guía, si nos tumbásemos en una de las paredes de este
extremo de la sala pesaríamos algo más de un kilo.
No es fuerza de gravedad sino fuerza centrífuga, pero los
efectos son casi los mismos, por primera vez desde que iniciamos
la visita sentimos algo que nos empuja, aunque es una fuerza tan
leve que cuesta trabajo descubrir cuál es el suelo y cuál el
techo.
¡Ah, vaya! nos dicen que aquí no hay techo ni suelo, para eso
tendremos que bajar la torre.
Del extremo del pasillo
salen otros dos pasillos, uno a la izquierda y otro a la derecha.
En la pared del fondo hay unas barandillas...
No, no, no. En realidad un pasillo va hacia abajo y otro hacia
arriba, o es el mismo pasillo...
No, en realidad es una torre de planta exagonal y al fondo tiene unos rieles por donde circula la
cabina de un ascensor
La torre parece tener el mismo aspecto tanto si miras hacia
arriba como hacia abajo. (¿o es al revés?).
No, según las explicaciones de uno de los guías estamos justo a
la mitad de la torre y cualquiera de las dos direcciones que
cojamos es hacia abajo. Primero vamos a ir a las granjas, aunque
sólo estaremos allí unos minutos, justo lo suficiente para
tomar un refrigerio de bienvenida.
Tras llamar al ascensor, este se presenta
en pocos segundos ante nosotros. Lo llenamos enseguida
obedeciendo las instrucciones de los guías que nos indican en
qué dirección debemos colocar los pies y cómo debemos
agarrarnos a las barandillas que hay dentro de la cabina. Cuando
estamos preparados una barandilla cierra la entrada y la cabina
empieza a acelerar. Conforme acelera va girando y no se distingue
bien en qué dirección nos movemos. De repente se abren las
barandillas y al mirar a la pared de enfrente nos damos cuenta de
que estamos detenidos, pero aún sentimos que estamos acelerando.
No, claro, seguramente la cabina ha dado un giro de ciento
ochenta grados en su trayecto y por eso nos ha parecido que
estaba acelerando en todo momento, aunque al final de su
recorrido estaría frenando, y ahora que el ascensor está
detenido lo que sentimos es la fuerza centrífuga de la estación
simulando una gravedad que no existe en el espacio.
A pesar de vivir desde hace tanto en el
espacio, aún tardo unos segundos en adaptarme, ahora estoy
sometido a una aceleración angular constante que se parece mucho
a la gravedad pero que no es idéntica en todo.
Saco del bolsillo una moneda y la dejo caer desde un metro y
medio de altura. La moneda se desvía casi treinta centímetros
hacia la derecha indicando que ésa es la dirección de AntiGiro
y que la fuerza de Coriolis es lo suficientemente fuerte como
para jugar malas pasadas a quien no tenga cuidado.
Bien, hace años que dejé de ser imprudente, así que sigo al
guía que nos indica el camino hacia una sala donde esperaremos a
que baje el resto de la gente.
Por cierto, ¿cómo han llegado ellos hasta
aquí?.
Ah, al lado del ascensor hay una cinta continua con travesaños
que sirven de escalones y junto a ella un armario con varios
guantes de trepa.
A setenta y cinco metros del eje de rotación pesamos un veinticinco por ciento menos que en la Tierra y, para demostrarlo, a un lado de la sala han colocado unas básculas. Tras guardar una alborotada cola compruebo que vuelvo a pesar cuarenta y dos kilos. ¡Dios mío, quién los pillara otra vez!. ¡Hacía por lo menos cincuenta años que no pesaba tan poco!
¡Y allí hay unas escaleras!. Pero no unas
escaleras de pasarela, ni una escala, ni nada de eso, sino una
escalera de madera con sus escalones de madera y su barandilla de
madera y sus balaustres de madera. ¿En una estación tan
antigua?.
No, al tocarlas comprobamos que no son de madera, sino algún
compuesto plástico que la imita, aunque el veteado es
prácticamente igual al de la madera natural y el aspecto de la
escalera es como el de cualquier escalera normal y corriente que
se pueda encontrar en las ciudades.
Por la escalera
bajamos hasta la primera planta de las granjas (aquí las plantas se numeran de arriba abajo) y
nos encontramos en un jardín con diversos tipos de plantas y, en
medio de una plazoleta varias mesas con un pequeño refrigerio.
¿Productos de esta estación?. Bueno, puedo creer que los
vegetales los hayan cultivado aquí, las endibias, los pepinos y
los tomates. También los quesos, y los huevos cocidos y, si me
apuras hasta el jamón. ¿Pero el champán?.
Después del típico discurso de bienvenida, nos enseñan un holo en el que se ven los esfuerzos de los primeros habitantes de la estación para cultivar plantas y criar animales en el espacio. Unas cuantas docenas de fotos más tarde no aguanto más. Estoy a punto de preguntar por unos aseos cuando se produce la desbandada de vuelta a la torre.
Otra vez al ascensor,
hacia el
módulo habitacional.
Esta vez el viaje dura un poco más pero el ordenador controla la
aceleración y los giros de la cabina de tal forma que en todo
momento parece que estamos detenidos en un campo gravitatorio (o
acelerando en la ingravidez, al fin y al cabo el efecto es casi
idéntico).
Algunos jovencillos han decidido probar las cintas con los guías
y tras ponerse unos guantes de trepa, han subido por ellas. Ya
están llegando entre risas y alboroto y yo me acuerdo de cuando
hace años hubiera hecho lo mismo que ellos.
Pero los años pasan y yo tengo que vaciar la vejiga cada tres o
cuatro horas como mucho, así que tras una visita a los
servicios, a la que me acompañan varios más, de nuevo nos
reúnen para llevarnos a la sala de conferencias.
Y llegamos a la peor parte del viaje. Ahora
tendremos que aguantar las dos o tres horas de charla mientras
simulo estar interesado en lo que dicen. Es lo malo de estos
viajes de promoción, hay que aparentar interés aunque malditas
las ganas que tengo de prestar atención.
¿De qué hablarán hoy?, ¿parcelas en Marte?, ¿acciones en
alguna empresa minera en los asteroides?. No, por lo visto están
intentando formar una nueva ciudad sin retorno y venden plazas a
cambio de financiación.
Por un momento se me ocurre la estúpida
idea de apuntarme, irme, construir una nueva vida en una nueva
ciudad, conocer a nueva gente y decir adiós al resto de la
humanidad mientras la ciudad se dirija a un destino situado a
muchos años luz de distancia.
Yo no llegaré, desde luego, pasarán varios siglos antes de
llegar pero tal vez sea divertido volver a formar parte del
nacimiento de una ciudad.
Me despierto de repente y me doy cuenta de que me he quedado ligeramente dormido. ¿En qué estaba pensando?. No lo recuerdo. Bueno, da igual. La semana que viene creo que hay un viaje de promoción a Juno. Seguro que intentarán vendernos holovisores Ergo, o vacaciones en la Tierra o cualquier cosa por el estilo.
¡Dios mío, si pudiera librarme de tanto aburrimiento!