Las Probabilidades de la Vida

En 1961 el radioastrónomo Frank Drake, presidente del SETI (Instituto para la Búsqueda de Inteligencia Extra-Terrestre), concibió una fórmula para calcular la cantidad de civilizaciones extraterrestres en nuestra galaxia.

La fórmula era la siguiente: N = R * fp * ne * fl * fi * fc * L

Donde 

La fórmula en sí es una fabulosa demostración de ingenio por parte de Frank Drake, por desgracia algunas de estas variables eran desconocidas en su época, lo siguen siendo y seguramente lo serán durante algún tiempo más.

Por ejemplo, sabemos más o menos cuantas estrellas hay en la Vía Láctea, y sabemos más o menos cuantos años hace que se formó. Hemos hecho estadísticas sobre las edades de las estrellas y sabemos, más o menos a qué ritmo se han ido formando.
Pero la mayoría de los demás datos solo podemos suponerlos, y para ello solo disponemos de un único ejemplo: nuestro propio planeta.
Suponer que conocemos las reglas y las probabilidades de un hecho que solo ha podido ser observado una única vez es algo pretencioso y con toda seguridad equivocado. El método científico exige que podamos observar un fenómeno numerosas veces y en distintas condiciones antes de intentar imaginar una ley que lo explique, por lo que mientras no conozcamos más que un único planeta con vida inteligente en todo el universo no podremos aplicar el método científico, solo podremos hacer suposiciones y elucubraciones que intenten apelar a la lógica de lo que sabemos para poder suponer unas conclusiones que, por fuerza, serán casi imposibles de verificar en mucho tiempo.

No obstante podemos abordar este problema desde dos puntos de vista diferentes y ver a qué conclusiones nos lleva cada uno de estos puntos de partida.

Condiciones Necesarias para la Vida Inteligente

Bien, seamos pretenciosos, aún a riesgo de equivocarnos.
Basándonos únicamente en un solo ejemplo, la Tierra, podemos especificar cuales son las condiciones que sabemos que son necesarias para la Vida, tal como la conocemos, y qué probabilidades aproximadas hay de que se cumplan en nuestra galaxia, suponiendo que en la Vía Láctea hubiera unos 300.000 MM (Millones) de estrellas.

Para ello, sin embargo, hay que conocer cómo se han formado el Sol, los planetas, la Tierra, los mares y la Vida. Podéis dar un pequeño repaso (sólo unas treinta páginas) en esta dirección y las siguientes. Aquí solo expondremos algunas de las condiciones que considero que serían necesarias.

Densidad Estelar

Nuestra galaxia tiene aproximadamente la forma de una lenteja, más gruesa en el centro y menos por los bordes. En ella, el noventa por ciento de las estrellas se encuentran concentradas en una zona bastante reducida del centro de la galaxia, mientras que solo el diez por ciento de las estrellas se distribuyen en los brazos espirales de la misma. Contra lo que durante mucho tiempo se ha creído, la Vía Láctea no está formada por dos brazos espirales, sino que hay al menos cinco brazos, lo que demuestra lo difícil que puede resultar ver la forma de la galaxia desde el interior de la misma.
Hay tres razones bastante importantes para suponer que en el centro de la galaxia la vida sería mucho más improbable que en los brazos espirales.

  1. Las estrellas están demasiado cerca unas de otras. Esto significará que en el centro de la galaxia habrá muchos más sistemas de dos, tres e incluso más soles y muy pocos sistemas de un solo sol, requisito indispensable para que el clima de un planeta de su entorno sea más o menos estable, requisito que, como veremos más adelante es fundamental para que la vida evolucione a una ecología tan compleja como la de nuestro planeta.
  2. La evolución de las estrellas hace que éstas se formen a partir de una nube de gas y polvo, concentrándose hasta que en su interior comienza una reacción nuclear. Esta reacción nuclear hace que los elementos más ligeros y abundantes (Hidrógeno y Helio) se fusionen formando elementos más pesados. Mientras mayor sea la masa inicial de la estrella, más rápido se producirá esta fusión y, llegado un punto crítico la estrella estallará en una supernova esparciendo gran parte de su masa por el espacio.
    La explosión de una supernova genera una ingente cantidad de radiaciones cósmicas capaces de bombardear cualquier planeta que se encuentre en su entorno hasta una distancia de varias decenas de años luz. Los efectos de esta radiación, a sólo veinte años luz de distancia, son capaces de arrancar literalmente una gran parte de la atmósfera de un planeta, sometiéndolo a un bombardeo capaz de casi cauterizar el planeta. Si la Tierra pasara por un trance semejante podríamos perder casi un tercio de la atmósfera, gran parte de la fauna y flora moriría por las radiaciones y la vida tardaría millones de años en recuperar la diversidad que tenía anteriormente.
    En la periferia de la galaxia un planeta como el nuestro puede pasar por este trance aproximadamente cada mil millones de años, pero un planeta situado en la nube central de la galaxia se vería bombardeado cada pocos millones de años, no dando tiempo a que la vida pudiera recuperarse y seguir evolucionando tras cada cataclismo estelar.
  3. Conforme las estrellas nacen y mueren, la composición del polvo espacial se va haciendo cada vez más pesada. Si las primeras estrellas se formaron con muchísimo hidrógeno y muy poco hierro, la cantidad de metales de las siguientes estrellas es cada vez mayor. Al aumentar la metalicidad de una estrella, ésta empieza a arder mucho antes, con lo cual se forman estrellas cada vez más pequeñas e inestables, que arden más rápido y que impiden que en su sistema puedan formarse planetas que tengan tiempo suficiente para desarrollar una ecología compleja.

Por todo ello debemos indicar que aunque haya trescientos mil millones de estrellas en una galaxia, la vida será más probable en una zona determinada de la periferia de la galaxia, y aunque no se puede descartar por completo que pudiera surgir la vida en el mismo centro de la Vía Láctea, lo más probable es que esto solo ocurra en la periferia, a la que llamaremos la zona habitable de la galaxia.
Es posible que demasiado en la periferia también disminuyan las probabilidades, pero a la espera de que la ciencia recopile más datos y conocimientos nos conformaremos con asumir, siendo muy optimistas, que hasta el diez por ciento de las estrellas se encuentran en la zona habitable de la galaxia.
Esto nos deja 30.000 MM de estrellas en la zona habitable de la galaxia.

Masa Solar

Es preciso que exista un Sol similar al nuestro. Para ello es necesario que en su origen tenga una masa similar, por lo que podemos descartar las estrellas más masivas y las más pequeñas. Si la estrella es demasiado pequeña se convertirá en una enana blanca, si es demasiado grande consumirá su combustible demasiado rápido para dar tiempo a que en alguno de sus planetas evolucione la vida. El porcentaje de estrellas de un tamaño más o menos similar al Sol es menor de un 5% (el 90% son menores de 0'5 masas solares), no obstante vamos a suponer que hasta un diez por ciento de las estrellas serán de un tamaño similar al de nuestro Sol.
Tendremos entonces 3.000 MM de estrellas de masa similar al Sol.

Número de Soles en el sistema

Si el sistema contuviese dos o más soles, habría temporadas durante las cuales cualquier planeta recibiría una irradiación de calor y luz solar muy superior o muy inferior a la media, y aunque es posible que la vida simple pudiera adaptarse a un ciclo regular con una diferencia muy grande de temperaturas, parece muy poco probable que un ecosistema tan complejo como el nuestro pudiera sobrevivir.
La mayoría de los sistemas multiestelares se encuentran en la zona central de la galaxia, pero aún en la periferia, donde estamos nosotros, la proporción de sistemas de una sola estrella es aproximadamente de sólo el cincuenta por ciento.
Descartemos pues los sistemas con más de un sol.
Nos quedan 1.500 MM de estrellas.

Número de Planetas por sistema planetario

Por supuesto, el sistema tiene que tener planetas. Como los planetas surgen como simples aglomeraciones de gas y polvo igual que las estrellas, el hecho de que un cuerpo espacial se convierta en planeta o en estrella depende exclusivamente de su tamaño. Es decir, que por cada estrella se habrán formado también decenas, cientos o quizás incluso millares de planetas en la galaxia. ¿Cuántos de ellos orbitarán alrededor de una estrella como la nuestra?. Como no tenemos más que un ejemplo observable, la Tierra, vamos a suponer que nuestro sistema solar es típico y que cada estrella tiene una corte de unos diez planetas.
Tendremos entonces 15.000 MM de planetas.

Tamaño de los planetas

No obstante, si el planeta es demasiado grande se convertirá en un gigante gaseoso, y si es demasiado pequeño no podrá retener la atmósfera, así que debemos descartar los planetas que se aparten excesivamente del tamaño de la Tierra. Esto nos deja en la duda de preguntarnos ¿qué porcentaje de planetas tiene un tamaño adecuado para retener su atmósfera sin convertirse en gigante gaseoso?. No lo sabemos, pero probablemente la relación tamaño/frecuencia sea suficiente para que podamos suponer que solo uno de cada diez planetas tendrán el tamaño adecuado.
Tendríamos entonces 1.500 MM de planetas de un tamaño similar a la Tierra.

Órbita Circular

El planeta debe tener una órbita lo más circular posible, si un planeta tuviese una órbita demasiado excéntrica estaría durante un tiempo bastante cerca del Sol y durante otro tiempo, más duradero, excesivamente lejos.

Pero las órbitas son como gomas elásticas que oscilan entre estar completamente circulares y alargarse hasta alcanzar una excentricidad máxima. Durante el período de máxima excentricidad el planeta estaría durante varios meses mucho más cerca del Sol y por tanto recibiría más radiación solar.

La órbita de la Tierra, por ejemplo, oscila entre ser casi completamente circular y estirarse hasta una excentricidad bastante acusada en un período de unos 400.000 años. Cuando la excentricidad es casi nula recibe la misma radiación a lo largo de todo el año, pero en su fase de máxima excentricidad, cuando esté más cerca del Sol, en su perihelio, recibirá un 23% más energía que cuando esté en su afelio, la distancia más larga. Y este ciclo se repetirá anualmente.
Actualmente la excentricidad de la Tierra es relativamente pequeña y la diferencia de radiación solar recibida en el afelio y el perihelio es de menos del 7%. Es decir, el 3 de Enero la Tierra recibe un 7% más de radiación solar que en su afelio, el 3 de Julio.

No obstante lo dicho, las órbitas planetarias que sean demasiado excéntricas tienden, debido a la influencia de los demás planetas del sistema, a ser más circulares en cada ciclo, por eso la excentricidad máxima de cada planeta se va reduciendo hasta que en un período de unos cientos de millones de años acaban adquiriendo órbitas bastante circulares, así que este parámetro no tiene por qué afectar nuestros cálculos.
Seguimos teniendo 1.500 MM de planetas.

Distancia al Sol

Por último, además de que la órbita sea circular, también es preciso que esté a una distancia adecuada del Sol. Supondremos que un planeta solo podrá albergar vida compleja si recibe una cantidad de energía suficiente pero no excesiva, y eso nos lleva a reducir el porcentaje de planetas adecuados a uno de cada diez planetas.
Aún nos quedan 150 MM de planetas.

Las dificultades vienen ahora.

Rotación, Eje y Campo Magnético

Un planeta, para ser habitable, debe tener una rotación lo bastante rápida como para que del calor que reciba en un hemisferio durante el día no se pierda demasiado durante la noche. Si la Tierra tuviese días de cien horas, la temperatura durante el día, al cabo de cincuenta horas de insolación, sería de más de 150º, y durante la noche se enfriaría hasta menos de 50º bajo cero. Un rango de temperaturas semejante no hay bicho que lo aguante.

Pero cuando se forma un planeta lo hace aglomerándose materia, primero por acreción, luego atrayendo a otros cuerpos menores, al final atrayendo a gran cantidad de meteoritos.
Por la forma en que se forman los planetas, la rotación que estos pueden llegar a adquirir es aleatoria y bastante reducida, ni mucho menos tan rápida como la rotación que disfrutamos en la Tierra, pero algunos de los cuerpos atraídos pueden ser lo suficientemente masivos como para dar un empujón bastante grande al planeta y hacerle girar mucho más rápido. De hecho, si la Tierra gira tan rápido es gracias a que poco después de su formación chocó con un planeta que tenía casi la mitad de su masa. La energía cinética del planeta menor se transfirió casi por completo a la Tierra convirtiéndose en momento angular y haciendo que la Tierra girase a una velocidad suficiente como para que los días durasen unas pocas horas. De no ser por ello, la Tierra giraría tan lentamente que las diferencias de temperatura entre el día y la noche serían abismales e incompatibles con la vida, tal como la conocemos.

Las probabilidades de que se produzca un choque de dos planetas menores para dar lugar a un planeta del tamaño adecuado y con la velocidad de giro suficiente no son, sorprendentemente, tan bajas como pudiéramos pensar. Cuando se forma un sistema solar se crean varios miles de planetesimales en órbitas muy aleatorias y durante los primeros millones de años los choques entre ellos son muy frecuentes, de hecho son el proceso normal por el que los planetas van creciendo de tamaño hasta que el número de planetas que queden sea bastante reducido y sus órbitas sean bastante estables. Así que es seguro que casi todos los planetas han sufrido colisiones planetarias, pero ¿serían de la suficiente magnitud como para imprimirles una velocidad de giro adecuada?.

Bien, no en las primeras fases de la evolución del sistema solar. Tengamos en cuenta que al principio se han formado cientos de miles de aglomeraciones muy pequeñas y éstas empiezan a crecer a costa de aglomerarse con otras. Eso significa que pronto los planetesimales son más grandes y hay muchos menos. Los planetesimales más grandes crecen más rápido que los pequeños y pronto llega un momento en que habrá unos pocos planetas MUY grandes (más de 10.000 Km de radio), una centena de un tamaño medio (más de 1.000 Km de radio) y varios miles de tamaño menor (más de 100 Km de radio), aparte de decenas de miles de asteroides y millones de otros cuerpos aún menores.

A partir de este momento se pueden producir choques entre planetas de tamaño medio y según el tamaño y la velocidad relativa, así como el ángulo de inclinación del choque, los planetas que sigan creciendo podrán adquirir una rotación bastante elevada.

No podemos llegar mucho más lejos en nuestras suposiciones, pero seguramente la mayoría de los planetas medios (del tamaño de la Tierra) tendrían una rotación más o menos lenta (más de 50 horas) y el resto una rotación rápida.

Sin embargo, la velocidad de rotación no lo es todo, también hace falta que el eje de rotación sea bastante perpendicular al plano de la eclíptica.

El Cambio Climático Estacional

En todo planeta sometido a una rotación y una traslación alrededor del Sol podemos distinguir varias zonas climáticas dependiendo de los períodos en que reciban radiación solar o permanezcan en la oscuridad.

Cambio Climático Estacional. VeranoEn el caso de la Tierra, y en cualquier otro planeta en rotación que orbite alrededor de una estrella, podemos distinguir entre las dos zonas polares y las zonas ecuatoriales, entendiendo como tales las que van desde el ecuador hasta ambos círculos polares. Si observamos la imagen adjunta podemos apreciar las diferentes zonas climáticas de un planeta que gire sobre sí mismo y al mismo tiempo gire alrededor de una estrella.

En pleno verano, el casquete polar norte recibe la luz del Sol continuamente a lo largo de toda la rotación. Cualquier persona situada en el polo norte vería el Sol siempre a la misma altura sobre el horizonte, pero dando una vuelta en el firmamento alrededor de nosotros. En cualquier otro punto del casquete polar, el Sol ascendería y descendería a lo largo del día, pero en todo momento estaría por encima del horizonte. La insolación es continua, pero como la superficie del terreno está bastante inclinada respecto a los rayos solares la temperatura no llegaría a subir demasiado aunque si ponemos una superficie cualquiera, por ejemplo, la mano, perpendicular al Sol ésta se nos calentará tanto como si estuviésemos en el Ecuador. Si acaso sería algo más débil, pero solo porque los rayos solares tienen que atravesar una cantidad de atmósfera mayor.

Si estuviéramos justo en el círculo polar norte, podríamos ver como a una hora determinada el Sol toca el horizonte, volviendo de nuevo a ascender sin haber llegado a ocultarse del todo.

Algo por debajo del círculo polar, el Sol se ocultaría una media hora, una hora, dos horas al día generando una corta noche. Mientras más nos alejemos del círculo polar más durará la noche y más cortos serán los días. A mediodía tendremos el Sol bastante alto, pero sin llegar nunca a estar sobre nuestras cabezas. La luz del Sol siempre llega hasta nosotros con una cierta inclinación, incluso al mediodía.

Llegamos ahora al trópico de Cáncer. En este punto las noches siguen siendo más cortas que el día, y justo al mediodía el Sol se encuentra en su cenit, cayendo los rayos del Sol verticalmente sobre el terreno. En pleno verano, el trópico de Cáncer es la zona de la Tierra que recibe más cantidad de radiación solar y, siendo los días bastante más largos que la noche, vivir allí puede llegar a ser bastante incómodo.

Conforme nos seguimos acercando al ecuador, paradójicamente, el clima vuelve a ser ligeramente más fresco. El motivo es que de nuevo el terreno vuelve a estar inclinado respecto a los rayos solares, recibiéndose menos calor por metro cuadrado, y las noches son cada vez más largas, hasta que al llegar justo al ecuador la duración de las noches es idéntica a la de los días.

Sigamos avanzando hacia el Polo Sur. Conforme lo hacemos los días siguen siendo cada vez más cortos y las noches más largas hasta que al llegar al círculo polar antártico el Sol apenas asoma por el horizonte unos minutos en cada jornada.

Dentro ya del casquete polar Sur, hay una oscuridad continua, una oscuridad que durará días y semanas y meses. Mientras más nos alejemos del círculo polar Sur más largo será el período de oscuridad continua y justo al llegar al polo la oscuridad más absoluta reinará la tierra durante seis meses completos.

Cambio Climático Estacional. InviernoSeis meses más tarde, por supuesto, la situación se invierte por completo. La Tierra no ha variado su inclinación, pero ahora está al otro extremo de su órbita solar. El Polo norte estará en completa oscuridad y el Sur bajo una iluminación continua. La zona más calurosa del planeta será el Trópico de Capricornio, que tendrá días mucho más largos que sus noches y recibirá verticalmente los rayos solares del mediodía.

Estos dos momentos descritos son los Solsticios, el Solsticio de Verano y el Solsticio de Invierno, que en nuestro planeta se producen a finales de Junio y de Diciembre, marcando el inicio del Verano y del Invierno para cada uno de los hemisferios.

Sin embargo, en los meses intermedios hay dos momentos en los que el eje de la Tierra está perpendicular a los rayos del Sol. El Sol se ve en el horizonte desde cualquiera de los dos polos y en cualquier lugar de la Tierra disfrutaremos de días que durarán exactamente lo mismo que las noches. Los rayos de Sol caerán verticalmente en el ecuador, pero mientras más nos alejemos de él más fresco será el clima.

Estos dos momentos son los equinoccios, que en la Tierra se producen a finales de Marzo y de Septiembre, dando inicio a la Primavera y el Otoño.

Según la inclinación del eje del planeta, el círculo polar y el trópico podrán estar más arriba o más abajo, incluso podrían cruzarse. Estando la Tierra inclinada 23º, el círculo polar sería algo más pequeño de lo representado en el dibujo y los trópicos estarían más cerca del ecuador. Si la Tierra estuviese inclinada 45º, el círculo polar y el trópico coincidirían en el paralelo 45. Si estuviera aún más inclinada, los trópicos estarían más cerca de los polos y los círculos polares llegarían casi hasta el ecuador. En tal caso, recibiendo casi la mitad de la Tierra una insolación continua y con muy poca inclinación de los rayos solares sobre la superficie durante varios meses, el terreno se calentaría hasta alcanzar temperaturas de cientos de grados mientras que en el hemisferio opuesto las temperaturas podrían bajar hasta 100º bajo cero.

La zona ecuatorial, al no estar sometida a períodos continuos de luz y oscuridad, tendría una diferencia de temperaturas bastante menor y es posible que en una estrecha franja alrededor del ecuador pudieran arraigar algunas plantas como líquenes, helechos y hierbas, y quizás hasta el subsuelo podría ser colonizado por lombrices e insectos subterráneos, pero el aire libre quedaría vedado para ellos.

La atmósfera del hemisferio iluminado se recalentaría enormemente durante el verano, ganando altitud y absorbiendo masas de aire más frío del hemisferio oscuro a velocidades de cientos de kilómetros por hora que barrerían la zona ecuatorial en un huracán que duraría dos o tres meses seguidos. Durante la primavera y el otoño los días y las noches serían más o menos similares y el clima podría ser muy similar al que nosotros disfrutamos, pero sería una leve calma en medio del vendaval. Al llegar el invierno de nuevo los vientos huracanados barrerían durante varios meses, esta vez en dirección contraria, la zona ecuatorial del planeta arrastrando a cualquier animal que se hubiese atrevido a poner el pie sobre la tierra.

El Eje de la Tierra

Por todo ello, para que la vida sea posible en un planeta es necesario que la inclinación de su eje no sea excesiva.

La Tierra tiene una inclinación de 23'5º, oscilando en períodos de 41.000 años entre 22'1º y 24'5º. Ya hemos visto que, mientras más inclinado esté el eje su clima será más extremo y que, si su inclinación fuese de 45º, casi con toda probabilidad no podría existir un ecosistema complejo.

Vamos a establecer, pues, como un requisito imprescindible para la existencia de la Vida que el eje no tenga una inclinación mayor que 30º.

Y para ello es preciso que el choque planetario que echó a rodar la Tierra se produzca en una zona específica del planeta.

Si el choque se produjera demasiado cerca del centro, el planeta resultante apenas conseguiría la velocidad necesaria. Si demasiado cerca del borde, se produciría un rebote tras el cual la mayor parte de la masa del planeta menor pasaría de largo y volvería a perderse en el espacio. La rotación resultante de la Tierra sería aún menor. Es decir, que la rotación requerida solo podría producirse si el choque se produjera entre los dos círculos internos del gráfico.

Además, para que el eje resultante de la Tierra no esté demasiado inclinado respecto a la eclíptica la colisión se debe producir a menos de 30º de la eclíptica. Una vez producida la colisión, el punto del impacto será el que experimente un mayor empuje y pasará a convertirse en Ecuador del planeta. Los puntos situados a 90º a los lados del mismo se convertirán en los Polos, fijándose así el eje de rotación, para el resto de la historia del planeta.

El efecto de la Precesión

Bueno, para toda la historia del planeta no.

Todos los cuerpos giratorios que se encuentran en un campo gravitatorio, por ejemplo, un trompo o un giroscopio bailando en el suelo o un planeta que gira y al mismo tiempo se traslada alrededor del Sol, tienden a alterar su eje de rotación. El eje de rotación de un trompo, giroscopio o planeta tiende a balancearse inclinándose más o menos según un fenómeno conocido como precesión.

En un período de tiempo lo bastante largo, unos cientos de miles de años, el eje de un planeta puede oscilar desde estar perpendicular a su plano orbital hasta tumbarse por completo, con una inclinación de 90º. Es decir, que un planeta como la Tierra pasaría por fases de varias decenas de miles de años en las que su eje estaría bastante vertical, dándose unas condiciones aceptables para el desarrollo de la vida, pero después pasaría por un período durante el cual el eje estaría tan inclinado que haría imposible la existencia de seres vivos en la superficie del planeta.

Pero la Tierra no hace esto. El eje de la Tierra permanece fijo, y aunque su inclinación sufre una pequeña oscilación de un par de grados cada 41.000 años y una precesión que hace bailar el eje de la Tierra recorriendo en unos 26.000 años un círculo alrededor del eje del plano orbital de la Tierra sin variar su inclinación respecto a la eclíptica, podemos afirmar con muy poco temor a equivocarnos que dicha inclinación nunca ha sido mayor de unos 30º.

¿Por qué?

¿Cómo es que la Tierra no pasa por períodos en los que el eje de rotación esté paralelo a la eclíptica, sufriendo entonces períodos de insolación y oscuridad tan largos que acaben con todas las formas de vida complejas que habitan la superficie terrestre?.

La respuesta puede sorprender a muchos: Gracias a la Luna.

La influencia de la Luna

La Luna, girando alrededor de la Tierra, hace que el eje de la Tierra nunca se aparte demasiado de su propio plano orbital, de esa forma aunque su tendencia natural sería tener una oscilación mucho más amplia, la masa lunar, orbitando en un plano alrededor de la Tierra, mantiene sujeto el eje dejándolo apenas oscilar solo unos dos o tres grados por encima o por debajo del eje del plano orbital de la Luna. Gracias a ello, a lo largo de los últimos 4.000 MM de años la inclinación del eje de la Tierra nunca ha llegado a ser tanta que haya provocado diferencias estacionales tan radicales que hayan destruido la vida.

Y este es otro requisito imprescindible para la existencia de la vida en cualquier planeta, que los efectos de la precesión se vean anulados por la existencia de una luna.

Aparte de esto, la superficie de todos los planetas es bombardeada constantemente por radiaciones cósmicas y solares de alta energía. Estas radiaciones son tan penetrantes que podrían romper con facilidad moléculas complejas, de ahí que las formas de vida que habitasen la superficie de un planeta acabarían muriendo por culpa de las radiaciones.

Pero la Tierra tiene un campo magnético a su alrededor que la protege de la mayor parte de estas radiaciones, permitiendo que organismos complejos como plantas y animales puedan vivir en la superficie.

Ese campo magnético es generado por las corrientes internas del núcleo metálico de la Tierra. Y esas corrientes se mantienen en movimiento por el efecto marea de la Luna.

Es decir, que gracias a la Luna no solo mantenemos estable el eje de rotación de la Tierra, sino que también tenemos un escudo magnético que nos protege de las radiaciones cósmicas.

Ahora bien, para que esto funcione, la Luna del planeta debe ser bastante grande, no basta con tener una luna mil veces más pequeña que el planeta. La masa de la Luna, por ejemplo, es un 1'5% de la de la Tierra, y eso nos lleva a un descubrimiento sorprendente: En relación al tamaño de su planeta, la Luna es el satélite más grande del sistema Solar. Cierto que hay satélites más grandes, pero se encuentran en órbita alrededor de planetas gigantes, representando menos de la diezmilésima parte del tamaño de su planeta. Su masa, desde luego, es totalmente incapaz de tener una influencia significativa sobre su planeta.

La Luna en cambio nos influye de varias formas.

  1. Mantiene sujeto el eje de la Tierra.
  2. Provoca mareas que tienen una importante influencia en el clima.
  3. El efecto marea hace que el núcleo de hierro fundido se mantenga en movimiento generando un campo magnético alrededor de la Tierra que la protege de los rayos cósmicos y radiaciones de partículas solares que serían más perjudiciales para la Vida en la tierra.

Sin la Luna, la Tierra pasaría cada pocos cientos de miles de años por períodos de varios miles de años en que el eje de rotación estaría 'tumbado' sobre la eclíptica, haciendo que casi cualquier zona del planeta sufra una insolación continua durante varios meses en verano y otros tantos de oscuridad total en invierno. La vida que durante los períodos benignos hubiera empezado a adaptarse para colonizar la tierra sería exterminada en el siguiente período 'infernal'. 

Sin la Luna no habría efecto marea en el núcleo metálico del planeta, con lo que no se habría generado un campo magnético de suficiente intensidad para detener los rayos cósmicos. La superficie terrestre sería bombardeada con masivas dosis de radiación y partículas de muy alto poder energético que destruirían las moléculas complejas de los organismos vivos que vivieran en la superficie.

La vida solo hubiera podido desarrollarse en los mares o en cavernas bajo la zona ecuatorial y es posible que los seres vivos más complejos fueran similares a los camarones, o quizás incluso insectos del tamaño de los ácaros, viviendo en el espacio intersticial entre los granos de arena de las orillas de los ríos.

De todo ello vemos que para que la vida sea posible en un planeta es preciso que este tenga una luna bastante grande.

Y para calcular las probabilidades de que un planeta tenga una luna bastante grande debemos conocer cómo se formó nuestra querida Luna.

Si habéis repasado el documento que mencioné al principio, os habréis hecho una idea general de cuál es el origen más probable de nuestra Luna. Surgió como consecuencia de un choque de la Tierra con otro planeta de la mitad de su tamaño y a una velocidad suficiente para que los escombros salpicados formasen un anillo que posteriormente se aglomeró para formar un cuerpo sólido.

Y esto nos lleva a pensar que el mismo choque que produjo la rotación de la Tierra también provocó con sus salpicaduras de escombros, la formación de la Luna.

Concluimos entonces en que para que un planeta tenga posibilidades de desarrollar vida inteligente es preciso, además de que se cumplan las condiciones ya mencionadas, que en el inicio de su formación se produzca un choque planetario capaz de imprimir una rotación rápida del planeta y que de sus escombros se forme un satélite con una masa superior al 1% de la masa total de los dos planetas en colisión.

Pero no mucho más grande. Si la Luna, en vez del 1'5% de la masa terrestre hubiese sido más grande, por ejemplo un 3%, el efecto marea que produjese sobre la Tierra hubiera sido tan intenso que hubiera levantado mareas muchísimo más elevadas de lo que lo hizo nuestra Luna. Y el efecto marea tiende a detener la rotación del planeta, por lo que una Luna con el doble de masa podría detener la rotación de la Tierra en unos pocos cientos de millones de años. En nuestro caso, sin embargo, se dio la circunstancia de que la Luna se formó con un 1'5% de la masa terrestre, a unos 30.000 Km de distancia de la Tierra, dando una vuelta a su alrededor en unas veinte horas mientras que la Tierra tenía una rotación de seis horas. El efecto marea de la Luna ha hecho que al cabo de 4.000 MM de años la Tierra gire en 24 horas y la Luna se haya alejado hasta los 384.000 Km girando alrededor de la Tierra en 27 días. Si la Luna hubiese sido el doble de grande, el efecto marea hubiera sido tan intenso que la Tierra se hubiese visto mucho más frenada y posiblemente hoy en día la Tierra estaría totalmente detenida con respecto a la Luna, dándole siempre la misma cara tal como ella nos la da a nosotros. Eso haría que la rotación de la Tierra con respecto al Sol fuera del mismo tiempo que la Luna tarda en dar una vuelta a nuestro alrededor, probablemente un mes y medio (La Luna también se hubiera alejado mucho más, debido a su mayor tamaño). Tendríamos entonces días y noches de unas 500 horas respectivamente, con lo que las temperaturas llegarían a extremos incompatibles con la vida.

Por todo ello debemos concluir que para que en un planeta pueda desarrollarse y evolucionar la Vida es imprescindible, al menos según lo que sabemos, que el planeta tenga una luna de un tamaño adecuado.

Velocidad de Colisión

Falta analizar un factor: la velocidad de la colisión.

Para que de un choque puedan escapar escombros suficientes para formar un satélite, hace falta que la velocidad del mismo sea mayor a la velocidad de escape del nuevo planeta, una vez fusionados los dos planetas en colisión.

La velocidad de escape de la Tierra es de 11 Km/s, es decir, que si un meteorito o asteroide o cometa o satélite o planeta cae a la Tierra a una velocidad menor, podrá salpicar bastantes escombros, pero estos no tendrán velocidad suficiente para escapar de la influencia gravitatoria de la Tierra y volverán a caer sobre ella. En cambio, si cualquiera de ellos cae a una velocidad de 30 Km/s los escombros saldrán disparados tan rápido, que se perderán en el espacio, sin que en la órbita de la Tierra queden suficientes escombros para formar una luna decente.

La velocidad de la colisión debe pues estar en un rango determinado, algo mayor de la velocidad de escape del planeta resultante, pero no demasiado mayor. En el caso de la Tierra, el choque debió producirse a entre 12 y 15 Km/s.

Por otro lado, dos planetas que viajen en órbitas cercanas tendrán una velocidad relativa bastante pequeña. Veamos, si no, el ejemplo de la Tierra y Marte. a 150 MM de Km del Sol, la Tierra viaja a 30 Km/s.

Marte, a una distancia bastante mayor, viaja a 24 Km/s. Una colisión entre ellos tendría una velocidad de 6 Km/s si fuera por alcance o de 54 Km/s si chocaran de frente.

Ahora bien, las órbitas de la Tierra y Marte no se cruzan y por tanto no pueden chocar. Si se cruzaran eso implicaría que Marte se acercaría al Sol, y al hacerlo aceleraría, alcanzando entonces una velocidad que sí podría llegar hasta los 42-45 Km/s necesarios.

Es decir, aunque por la forma en que se forman los planetas se van a producir numerosas colisiones planetarias, es preciso también que al menos uno de los planetas en colisión tenga una órbita lo bastante excéntrica como para que al cruzar la órbita del otro lleve una velocidad muy superior.

Pero los planetas tan grandes no tienen, en principio, órbitas excéntricas, el mismo proceso de su formación hace que tengan órbitas bastante circulares y, con la abundancia original de planetas en el origen del sistema solar, la mayoría de los choques se producirían a muy baja velocidad, a no ser que dos planetas se acerquen tanto que cada uno acabe desviado de su trayectoria por el otro, ocupando entonces una órbita que sí podría producir una colisión a alta velocidad.

De hecho, es más probable pasar cerca de otro planeta que chocar con él, de ahí que las órbitas planetarias de los planetas pequeños y medios en esa fase de la formación planetaria pudieron acabar siendo muy excéntricos, propiciando choques entre ellos a casi cualquier velocidad imaginable, dentro de unos rangos determinados.

Pero igualmente, tras ser desviados por su acercamiento a otro planeta, las órbitas planetarias en esa fase de la evolución del sistema habrán adquirido órbitas la mayoría de las veces fuera del plano orbital del sistema. Aunque la nube original de primeros cuerpos planetarios se formó sobre todo en el plano delimitado por los planetas mayores, los acercamientos entre ellos los desviaron en todas las direcciones del espacio con lo que los últimos cien planetas menores no se encontraban ya en órbitas más o menos caóticas dentro de la eclíptica, sino que ocupaban órbitas caóticas en una esfera alrededor del Sol.

Si un planeta colisiona con otro desde arriba de la eclíptica, el planeta ocupará una órbita muy por fuera del plano orbital de los planetas gigantes. Esto no tendría mucha importancia ya que la tendencia de todos los planetas es ocupar el mismo plano que los planetas gigantes, y aunque un planeta haya terminado de formarse en una órbita que se cruce muy acusadamente con el plano del Sistema Solar, la atracción gravitatoria conjunta del Sol y los planetas mayores lo devolverían al plano orbital en cuestión de un par de miles de millones de años.

Sin embargo, si de la colisión surgiera un satélite como la Luna, ésta tendría una órbita bastante inclinada respecto a la eclíptica y en tal caso tendería a mantener la rotación del planeta en el mismo plano, con el resultado de que aunque mil o dos mil millones de años más tarde la órbita del planeta se alineara con la eclíptica, la rotación seguiría siendo la misma y, tendríamos un planeta con el eje demasiado inclinado para tener un clima más o menos favorable para la vida.

Esto nos tendría que llevar a descartar las colisiones planetarias producidas con una inclinación muy acusada respecto a la eclíptica, y, volviendo a retomar una cantidad ya familiar, vamos a suponer que sólo un ángulo menor a 30º por encima o por debajo de la eclíptica puedan dejar un planeta con una luna en una órbita cercana a la eclíptica.

Cálculo de Probabilidades: Masas, Velocidad, Dirección y Punto de Impacto

Vistos ya los factores más importantes que intervendrán en una colisión planetaria, llegó la hora de intentar dilucidar cuáles son las circunstancias necesarias para que de una colisión planetaria hayan surgido la Tierra y la Luna.

Un planeta de masa M tiene que chocar con otro de masa m, a una velocidad V, con una dirección D y el punto del impacto debe estar a X grados del centro del mayor y alejado como máximo Y grados de la eclíptica.

Cada una de estas variables es un rango, en algunos casos bastante amplio en otros bastante estrecho.

Y ahora debo daros una mala noticia.

Hasta ahora no sabemos con exactitud cuáles son esos rangos, pero todo hace pensar que la probabilidad de que todas estas variables estén cada una dentro de su rango correspondiente es sumamente baja.

Intentemos repasarlas una a una. Para cada una de las masas implicadas vamos a aplicar una probabilidad de 1/10. Esto por supuesto no es cierto, la probabilidad real seguramente será bastante menor, pero no teniendo herramientas científicas adecuadas (observación de ejemplos, estadísticas, fórmulas matemáticas, etc) no tenemos más remedio que basarnos en la especulación y esperar no equivocarnos demasiado.

Tendríamos entonces que en las últimas fases de la formación de un sistema planetario, cuando apenas quedan un centenar de planetas en la pista de baile protagonizando las últimas colisiones antes de que sus órbitas queden por fin estabilizadas, tendríamos una probabilidad entre cien de que en una de estas colisiones estén implicadas dos masas planetarias del tamaño adecuado.

Eso significa que en casi todos los sistemas planetarios podría producirse un choque de planetas con las masas correspondientes.

La velocidad de la colisión, sin embargo, sí es algo más improbable. La mayoría de las colisiones serán, o a gran velocidad o a muy poca velocidad, y sólo unas pocas, seguramente entre el 2 y el 5%, se producirán a una velocidad adecuada. Pongamos que sea del 5%, en cuyo caso tendremos una probabilidad de 1/20.

Con la dirección, sin embargo, lo tenemos más claro. Puesto que las órbitas planetarias en ese momento están distribuidas al azar en una esfera alrededor del Sol, la probabilidad de que el choque se produzca con ambos planetas en las direcciones adecuadas es de 1/36.

Como también es fácil deducir que solo 1/6 de estas colisiones dejarían un planeta y una luna girando en una órbita cercana a la eclíptica.

Pero ahora viene el parámetro quizás más difícil de calcular, e incluso suponer, al menos para mí.

Ya dijimos anteriormente que para que de la colisión de dos planetas surja una luna y un planeta en rotación bastante rápidas, el choque debía producirse en una determinada zona del planeta.

Es como querer hacer una carambola en el billar, si golpeamos la bola con los ojos cerrados, sin controlar el lugar de la bola donde ha de golpear el taco, es muy improbable que consigamos meter la bola en la tronera. Debemos apuntar con precisión, porque un desvío de menos de un milímetro en el punto del impacto provocará unos resultados totalmente distintos a los deseados.

En el caso de un planeta antes de ser golpeado por otro, si el impacto se produce demasiado cerca del centro no se conseguiría una rotación suficiente, y si demasiado lejos se produciría un rebote y tampoco.

El margen será sin duda bastante estrecho, pero ¿cuán estrecho?.

Pues bien, no teniendo medios para poder evaluar este margen, voy a suponer que el margen es bastante estrecho, de solo un grado por encima o por debajo del ángulo idóneo. Aún esto tampoco sería suficiente para delimitar la probabilidad, también habría que conocer cuál es ese ángulo idóneo, ya que, como podemos apreciar fácilmente en un globo terráqueo la superficie delimitada por los paralelos 20 y 22 es bastante inferior a la delimitada por los paralelos 40 y 42, a pesar de que ambas superficies tienen el mismo ancho angular.

Siendo así vamos a aplicar de forma un tanto arbitraria una probabilidad de 1/100, a la espera de que cálculos más precisos puedan dar una cantidad más acertada.

Bien, teniendo ya más o menos delimitadas todas las probabilidades indicadas al principio de este capítulo, vamos a cuantificarlas en su conjunto:

Un planeta de masa M (1/10) tiene que chocar con otro de masa m (1/10), a una velocidad V (1/20), con una dirección D (1/36) y el punto del impacto debe estar a X (1/100) grados del centro del mayor y alejado como máximo Y (1/6) grados de la eclíptica.

Que se den todas estas circunstancias tiene pues una probabilidad de 1/43.200.000

¡Buff! Pues resulta que conseguir que un planeta tenga una rotación adecuada y una luna gigante es mucho más difícil de lo que parecía en principio.

Otros factores

Antes de esta tan larga disgresión, habíamos dejado la galaxia con 150 MM de planetas de un tamaño similar al terrestre, orbitando a una distancia similar a la terrestre alrededor de un sol similar al terrestre.

Si ahora aplicamos la probabilidad de que tengan una rotación rápida, con un eje no demasiado inclinado, y con una luna gigante que estabilice su eje de rotación y mantenga un campo magnético que la proteja de las radiaciones cósmicas y solares, tendremos que en nuestra galaxia habrá unos 3'5 planetas que cumplan todos estos requisitos.

Bien, es posible (más que posible, seguro) que muchos de los parámetros analizados no estén suficientemente bien calculados. Quizás hayamos olvidado tener en cuenta algún factor o hayamos errado, por defecto o por exceso, las probabilidades de una circunstancia determinada. Quizás el resultado final, una vez corregidos los posibles defectos que tengan mis cálculos y especulaciones sea de 350 o más, pero también podrían ser de 1 o menos, así que mientras alguien con más conocimientos que yo no realice alguno de estos cálculos, lo publique y yo los conozca, asumiré que en cada galaxia espiral de 300.000 millones de estrellas habrá por término medio 3'5 planetas que reúnan las condiciones dadas.

A continuación os ofrezco una pequeña calculadora con la que podréis calcular el número de planetas habitables de la galaxia. He introducido inicialmente datos similares a los que he expuesto hasta ahora pero podéis probar distintas combinaciones, jugar con los porcentajes y las cantidades, y cada vez que cambiéis un dato se recalcularán los resultados.
Espero que os sea útil.

  Estrellas en la Galaxia .000 MM En la Zona Habitable  %  MM

Condiciones Planetarias Básicas

Masa similar al Sol  %  MM
Con una sola estrella  %  MM
Planetas por Sistema    MM
Tamaño similar a la Tierra  %  MM
Órbita circular  %  MM
Distancia al Sol  %  MM

Condiciones para tener una Luna Gigante

Masa Proto-Tierra  %  
Masa Proto-Luna  %  
Velocidad Impacto  %  
Dirección órbita resultante  %  
Ángulo de Impacto  %  
Inclinación Eje  %  
Total: Planetas Habitables en la Galaxia

 

La corta vida de un planeta con vida

Bien, no son muchos los planetas habitables, pero al menos son 3'5 por galaxia

Con una salvedad, la vida de un planeta pasa por diversas fases, algunas de muy larga duración y otras de menor duración, y a lo largo de su existencia no siempre el planeta es capaz de albergar vida.

Si nos fiamos del ejemplo de nuestro propio planeta, éste se formó hace 4.500 MM de años. En principio era una esfera de magma y minerales fundidos sin posibilidad de albergar moléculas orgánicas complejas. Hasta que no se formaron los primeros cratones, masas de granito flotando sobre un mar de lava, no hubo tierras sólidas y hasta que la Tierra no se enfrió lo suficiente no se formaron los primeros mares.

Las primeras moléculas orgánicas complejas empezaron a aparecer casi de inmediato, y durante mil millones de años la complejidad del caldo primigenio fue aumentando hasta que aparecieron las primeras moléculas capaces de autoreplicarse (virus) y éstas fueron capaces de rodearse de una membrana proteínica capaz de protegerlos de su entorno, dando lugar a las primeras células procariotas. Aún pasaron dos mil millones de años más hasta que estas células fueron capaces de organizarse y colaborar para formar las primeras células eucariotas con núcleo. Ochocientos millones de años más tarde aparecieron las primeras colonias celulares y los primeros organismos pluricelulares que aún tardaron setecientos de millones de años en evolucionar hasta alcanzar la complejidad necesaria para dar a la vida un organismo con inteligencia suficiente, no solo para adaptarse al mundo, sino para estudiarlo, conocer las leyes de la física, imaginar y construir herramientas cada vez más complejas y construir una civilización con capacidad para abandonar el planeta y viajar al espacio.

A lo largo de todo este tiempo en que la vida fue evolucionando, el planeta no se mantenía en una situación estable. Empezó siendo mucho más caliente y poco a poco se fue enfriando. Por el contrario, el Sol era mucho más joven y débil, pero fue aumentando su fuerza a razón de un 10% cada mil MM de años. Es decir, aunque la vida existe en la Tierra desde hace 3.500 MM de años, nuestro propio planeta no ha sido habitable por seres como nosotros hasta hace mil MM de años, quizás aún menos.
Y como la intensidad del Sol se sigue incrementando de forma constante, dentro de entre 500 y mil MM de años la radiación solar será tan intensa que de nuevo el planeta dejará de ser habitable, aunque las bacterias aún seguirán existiendo varios cientos de millones de años más, hasta que se evaporen todos los océanos y el Sol, ya envejecido, se expanda al tamaño de una gigante roja acabando de eliminar la menor traza de bacterias en nuestro planeta.

Siendo así, debemos concluir que la vida en un planeta solo será posible durante una cierta parte de su existencia, y la vida animal con capacidad de evolucionar hasta un ser inteligente solo existirá durante un período aún más breve.

¿Cuánto tiempo?
Juzgando por lo que sabemos de la evolución estelar y de la evolución de nuestro planeta, podemos asumir que sólo durante una quinta parte de la existencia de la estrella. Y esto reducirá el número de planetas que actualmente puedan soportar la vida a sólo 0'7 en cada galaxia similar a la nuestra, es decir que solo habrá siete planetas capaces de desarrollar vida inteligente en cada diez galaxias.

La corta vida de la vida en el universo

No obstante, podríamos argüir, tal como brillantemente pensó Frank Drake, que conforme van muriendo las estrellas más viejas de nuestra galaxia, de sus restos van naciendo otras estrellas y otros sistemas planetarios. Sin embargo debemos tener en cuenta un hecho bastante importante. 
Cuando el universo acababa de nacer, hace 13.700 MM de años, la densidad de energía que había en el espacio era tan grande que ni siquiera los protones y neutrones eran capaces de mantenerse unidos en núcleos atómicos, incluso los electrones viajaban por libre sin llegar a formar átomos. Conforme se expandía, el universo se iba enfriando hasta llegar a un punto en que se formaron los primeros átomos del universo. Pero estos átomos eran casi todos de Hidrógeno, con un pequeño porcentaje de átomos de Helio, los dos primeros elementos de la tabla periódica. No había átomos de oxígeno, ni carbono, ni hierro, ni ningún elemento pesado que hubiera sido capaz de producir moléculas complejas.

La primera generación de galaxias que se formaron estaba llena de miles de millones de estrellas compuestas en su totalidad de hidrógeno, con un poco de Helio. Las concentraciones de gas más pequeñas formaron una gran cantidad de planetas de hidrógeno que, bajo la presión de una atmósfera gigantesca podían formar un núcleo de hidrógeno metálico rodeado de un océano de hidrógeno líquido y éste rodeado de una gigantesca atmósfera de hidrógeno. Las mayores concentraciones se convirtieron por su propio peso en estrellas donde el hidrógeno se convertía en Helio y este se convertía en otros elementos cada vez más pesados hasta alcanzar la estructura atómica del Hierro. El hierro es el elemento más estable de la tabla periódica, cualquier combinación de átomos para acercarse al hierro emite energía, pero intentar combinar hierro con cualquier otra partícula, aunque sea un simple protón, requiere más energía que la que luego ha de emitir, de ahí que en el núcleo estelar, cuando se formaban átomos de hierro, estos se acumulaban hasta que la estrella, al llegar a un punto crítico, explotaba en forma de supernova.

La intensidad de la explosión era tanta que en ese instante hasta el hierro se combinó con otros elementos formando los núcleos de los elementos más pesados de lo que quedaba de la tabla periódica. Mientras que la mayoría de los elementos por debajo del Hierro en la tabla periódica se formaron a lo largo de miles de millones de años de combustión nuclear, todos los elementos más pesados que el hierro se formaron en los escasos microsegundos en que se produjo la explosión de una supernova. Todos estos elementos fueron expulsados por la explosión y acabaron desparramados por el espacio para, eventualmente, acabar siendo atraídos para formar parte de otras aglomeraciones susceptibles de convertirse en nuevos sistemas planetarios, esta vez con planetas sólidos a su alrededor.

De esta forma aparecieron los elementos pesados y su porcentaje fue aumentando poco a poco conforme las estrellas iban convirtiendo el hidrógeno del universo en átomos de Carbono, Oxígeno, Nitrógeno, Calcio, Silicio, Hierro, Polonio y todos los demás elementos que en las siguientes generaciones de sistemas planetarios formaron estrellas y planetas sólidos en los que ya sí sería posible la formación de moléculas complejas que hicieran posible la aparición de la vida.

Hoy en día hay un uno por ciento de átomos pesados en el universo, y ese uno por ciento de átomos son los que forman los planetas sólidos, los seres vivos y nuestros cuerpos.

Es decir, que durante los primeros 5.000 MM de años del universo no pudo aparecer la vida, porque no había planetas sólidos en el universo.

Solo en los últimos 8.000 MM de años han empezado a existir planetas de hierro y silicatos, junto con los demás elementos, con los que hubiera sido posible la aparición de sistemas planetarios tan complejos como el nuestro.

Pero en el futuro, la situación será peor, y más difícil para la vida.
Conforme pasa el tiempo el porcentaje de átomos pesados en el universo será cada vez mayor y las estrellas que se formen con el polvo y el gas interestelar tendrán cada vez mayor cantidad de átomos pesados y, según lo que sabemos del funcionamiento interno de las estrellas, las que tengan una metalicidad elevada arderán antes, serán más pequeñas y vivirán menos tiempo.
La formación de átomos pesados será cada vez más rápida y dentro de 10.000 MM de años habrá tantos que apenas se formarán estrellas de un tamaño similar o mayor a nuestro Sol, ya que empezarán a arder mucho antes de que hayan adquirido el tamaño adecuado. Podrían formarse estrellas mayores por el choque de dos estrellas o la caída de planetas a las estrellas, pero fuera de esos casos las estrellas empezarán a arder mucho antes y el viento solar que generen impedirá que sigan creciendo a partir de su encendido.

Puede ser que un planeta en órbita alrededor de una enana blanca pueda desarrollar la vida, y siendo estas mucho más abundantes quizás sea posible que haya muchos más planetas habitables de los que he calculado, pero no teniendo medios de estudiarlo y comprobarlo no podemos hacer cálculos al respecto.

Los peligros de la Vida

De todo lo expuesto concluimos que la vida es un fenómeno raro y efímero, que ha sido posible sólo en los últimos 8.000 MM de años y en estrechos márgenes de las galaxias, y que, de no tener más información que demuestre lo contrario, dejará de ser posible su aparición en el universo (al menos la vida tal como la conocemos) dentro de unos 10.000 MM de años. Aún así, en estos momentos, y siendo optimistas, hemos calculado que en cada galaxia sólo hay 3'5 planetas habitables susceptibles de que en ellos evolucione la vida inteligente, y posiblemente sólo uno se encontrará en la fase de máximas probabilidades de que esto ocurra.

Pero estar en la fase de máxima probabilidad no significa tampoco seguridad de que evolucione la vida inteligente.

En mi opinión la vida tenderá a aparecer en cualquier medio en el que haya minerales abundantes y se produzcan intercambios de energía a un nivel más o menos estable. Estabilidad, esa es la clave. Si un ambiente permanece más o menos estable durante mil millones de años es seguro que surgirán bacterias, células, organismos, plantas y animales. Pero si el medio ambiente pasa por etapas con cambios radicales de temperaturas, composición de la atmósfera u otros cambios drásticos, los organismos que se hayan podido formar correrán un enorme riesgo de desaparecer.

A lo largo de nuestra historia la Tierra ha estado sometida a grandes cataclismos. Algunos de ellos han sido devastadores, otros no tanto, pero sí suficientes para acabar con gran parte de la población de seres vivos del planeta. Uno de los cataclismos más devastadores fue la Extinción del Pérmico, que tuvo lugar hace unos 250 MM de años, posiblemente debido a la formación de un supervolcán en Siberia, no el típico volcán que imaginamos habitualmente, una montaña, sino una extensión tan grande como algunos países de tamaño medio, horadada por centenares de volcanes, géiseres y grietas en la corteza terrestre por los que millones de toneladas de gases y cenizas se volcaron a la atmósfera cubriendo todos los continentes con nubes de polvo que provocaron la muerte del noventa y cinco por ciento de las especies marinas y de casi la totalidad de las especies terrestres.

Cuando las condiciones del planeta volvieron a ser medianamente habitables, un millón de años más tarde, las pocas especies que habían sobrevivido evolucionaron con rapidez para dar inicio al reinado de los dinosaurios, reinado que acabó con la caída de un meteorito de más de 10 Km de diámetro en las costas de Centroamérica hace 65 MM de años y que acabó de paso con el 70% de las especies vivas.

Como éstas, desde que los animales empezaron a poblar la Tierra, se han producido cinco grandes extinciones y otras menores pero de efectos igualmente terribles. Hace 72.000 años, por ejemplo, un supervolcán en la isla de Sumatra provocó un descenso de las temperaturas de la Tierra de unos 15º originando una era glacial que duró mil años y acabó con varias especies de homínidos y primates dejando apenas unos pocos miles de miembros de las especies humanas.

En resumen, en períodos lo bastante largos de tiempo, la supervivencia de cualquier especie animal está en el filo de la navaja. Cualquier fenómeno cataclísmico, como un supervolcán, un meteorito o incluso la explosión de una supernova a menos de 20 años luz de distancia pueden poner en peligro la existencia de cualquier especie.

Pero afortunadamente la vida es persistente y después de cada cataclismo vuelven a desarrollarse nuevas especies que en pocos millones de años vuelven a poblar el planeta ocupando todos los nichos ecológicos posibles.

Primera Conclusión

Como decía mi abuelo, la vida es difícil.

Además de todos los requisitos previos que ya hemos mencionado hasta ahora, para que en un planeta surja una especie inteligente es necesario tener una característica muy especial: Suerte.

Lamentablemente ese no es un factor que podamos cuantificar, pero creo que con lo dicho hasta ahora podemos apreciar la razón que tenía mi abuelo.

En toda la galaxia puede que haya solo unas pocas especies inteligentes. También es posible que solo haya una especie inteligente por cada cien galaxias, aún no tenemos medios para averiguarlo. De cualquier forma, cualquier cúmulo de circunstancias, por muy improbables que sean, si se han producido una vez se pueden repetir muchas más. Es una cuestión de estadísticas, pues aunque el universo no es infinito, hay en él varios miles de millones de galaxias que han tenido una historia similar a la nuestra así que es bastante probable que la vida, y la vida inteligente, pueda haber surgido en otros lugares del universo.

¿Podremos entrar en comunicación con ellos?

De momento no. Aun cuando el número de civilizaciones extraterrestres sea de varias decenas por galaxia, las distancias entre ellas serán tan grandes, habrá tantos lugares en los que buscar, que quizás en los mil millones de años que pueda sobrevivir nuestro planeta no tengamos tiempo a explorar todos los lugares posibles.

Otro punto de vista

Sin embargo, dejadme argumentar ahora desde un punto de vista radicalmente distinto al que hemos mantenido hasta ahora.

Imaginad que el nuestro sea el único planeta en todo el universo que haya desarrollado una especie de seres inteligentes capaces de poner la ciencia al servicio de sus deseos para viajar a otras estrellas.

Imaginad el futuro. El Hombre explorará el espacio, enviará naves a otros planetas y estrellas. Construirá ciudades en el espacio, colonizará y se expandirá llegando a lugares a donde nadie ha podido llegar.

Quizás sea posible viajar más rápido que la luz, quizás no, pero aunque no sea posible, el ansia de exploración del Hombre le llevará a enviar naves tripuladas a otros planetas, a otras estrellas. Aunque el viaje tarde cien años, habrá gente dispuesta a ello y se enviarán, no una nave tripulada sino una ciudad de varios miles de habitantes que viajará con sus escuelas, con sus fábricas, con sus niños y ancianos. Sus hijos y nietos llegarán a otras estrellas con su corte de planetas, las explorarán. Quizás no encuentren planetas habitables y sigan su camino. Puede ser que mientras tanto la población se haya duplicado y decidan detenerse lo suficiente para construir otra ciudad espacial usando materiales extraídos de algún asteroide, partiendo después cada una en una dirección diferente. Quizás encuentren un planeta habitable y haya personas que decidan establecerse en él. La colonia espacial se quedará durante varios años ayudando a establecerse a la población planetaria. Construirán una nueva civilización. La Colonia espacial reemprenderá su viaje a otras estrellas mientras la colonia planetaria sobrevive durante siglos y se expande colonizando todo el planeta. Puede que miles de años más tarde hayan olvidado su origen, o puede que no. Quizás hayan olvidado la ciencia y vuelto a una sociedad más primitiva, pero tarde o temprano volverán a tener una civilización tecnológica y algunos de sus miembros decidirán reemprender la conquista del espacio, camino de nuevas estrellas. A veces dos grupos, separados por varios miles de años de separación, volverán a reunirse en otra estrella, quizás haya guerras, quizás se abracen a sus antiguos hermanos. Seguirán explorando, por que ese es el signo de la humanidad, el inconformismo, el querer buscar siempre nuevos horizontes. Se extenderán en todas direcciones, colonizando cada vez más y más planetas. Si las naves pueden conseguir una velocidad de un décimo de la velocidad de la luz, aunque la mitad del tiempo la dediquen a paradas, tardarán apenas un par de millones de años en explorar y colonizar planetas a lo largo de toda la galaxia. Entonces elevarán sus miradas a las galaxias más cercanas, Andrómeda, Magallanes, y los más aventureros emprenderán un viaje que les llevará miles de años.

Y ahora pensad: Si una civilización extraterrestre siguiese el mismo camino que nosotros sin duda seguiremos, tarde o temprano llegaremos a un sistema estelar que ya haya sido colonizado por los extraterrestres, o ellos llegarán a un planeta colonizado por humanos. Pero ¿qué motivos hay para pensar que ellos hayan empezado a expandirse al mismo tiempo que nosotros?.

Si la vida inteligente fuera tan probable como hemos comentado hasta ahora, la primera civilización de seres inteligentes podría haber aparecido apenas 10.000 MM de años después del Big Bang, es decir, hace 3.500 MM de años. En ese tiempo cualquier civilización que hubiera aparecido en nuestra galaxia hubiera colonizado todos los planetas habitables de la galaxia mucho antes de que en la Tierra los primeros organismos pluricelulares surgieran de los mares.

A partir de que una civilización empiece a colonizar el espacio, solo harían falta entre dos y cinco millones de años para colonizar todos los planetas habitables de la galaxia.

Si hace tan solo cinco millones de años, en nuestra galaxia se hubiera desarrollado una civilización extraterrestre, esta habría seguido los mismos pasos y hoy en día todos los planetas habitables de nuestra galaxia estarían habitados y nosotros, sencillamente, hubiéramos sido colonizados cuando aún éramos simples simios y quizás no hubiéramos llegado al punto en el que estamos.

Pero esto no ha ocurrido, lo cual parece indicar que nuestra galaxia, al menos hasta hace unos cinco millones de años, no ha desarrollado una civilización extraterrestre que tenga interés en viajar a las estrellas.

Esto me lleva a la conclusión de que, una de dos, o somos los primeros o es que la vida inteligente es realmente tan improbable que quizás no haya otros seres inteligentes en muchas galaxias a la redonda.

Bien, quizás seamos los primeros. Aprovechémoslo. 

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Regresar a Ciencia y Futuro Escrito y publicado por Juan Polaino (MasLibertad.com)

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