El Cambio
Urak aferró su lanza con
desesperación. Hacía dos días que había abandonado la cueva en busca de comida,
pero los animales parecían haber emigrado en busca de otros pastos. No era
extraño, desde hacía varios años los inviernos eran cada vez más fríos y largos,
la nieve era más profunda y la caza más escasa.
Tenía que encontrar comida
pronto, las últimas piezas de carne seca se las había dejado a Dari para que
pudiera resistir y seguir amamantando a los niños hasta su regreso, pero tras
dos días sin alimentarse más que con algunas bellotas amargas, el mismo Urak
empezaba a dudar que pudiera sobrevivir a este largo y duro invierno.
No
sería el frío el que le mataría, llevaban varios años habitando la misma cueva y
habían acumulado numerosas pieles. También habían fabricado varios cuchillos y
hachas, así como un par de lanzas que le permitirían cobrar una buena pieza si
conseguía acercarse lo suficiente.
No, no moriría de frío. Tenía todo lo
necesario para sobrevivir, solo le faltaba la comida.
El río, congelado, no serviría de abrevadero a ningún animal, así que se alejó ladera abajo.
Un olor le sobresaltó de
repente. Parecía un olor a sangre, pero no se oía el chasquido de mandíbulas,
por lo que si algún animal estaba herido aún no había sido descubierto por otros
depredadores o carroñeros.
Avanzó entre los arbustos procurando no hacer
ruido, pero antes de llegar a un claro se detuvo sorprendido. Unos gruñidos le
revelaron que se estaba acercando a otros hombres.
¿Serían de su antigua
tribu?. Intentó avanzar con cautela, pero el agotamiento ya estaba haciendo
presa en él y estaba siendo torpe. Una serie de rugidos y golpes le revelaron
que los otros habían notado su presencia, y entonces fue cuando los vió.
Eran
un adulto y un joven. El adulto tendría unos doce años, mientras que el joven
apenas tendría tres.
En el suelo, sobre unas ramas, había varias hileras de
carne recién cortada puestas a congelar, una pierna y un costillar junto a medio
jabalí de cuyo interior surgían vaharadas de vapor revelando que la pieza aún
estaba caliente, hacia poco rato que la habían cazado y Urak había llegado en el
momento justo en que la estaban descuartizando para llevársela.
Urak gruñó amenazador. Los
intrusos estaban en su territorio, debía auyentarlos y quedarse con el jabalí,
entonces podría llevar la carne a Dari y los niños y tendrían carne al menos
para dos semanas.
Pero los intrusos no se retiraron. Se balanceaban con
los nudillos en el suelo, el joven sujetando aún el cuchillo ensangrentado con
el que había estado descuartizando la pieza, el adulto apoyado en una
lanza.
Urak se dio cuenta de que el joven no sería rival para él, un golpe
con el puño le bastaría para herirlo o matarlo, pero el adulto era otra cosa.
Parecía mayor que él, así que probablemente podría ser Urak el que perdiera la
pelea, y más si tenía que enfrentarse con ambos.
Lanzó un rugido más intenso,
agitando la cabeza y poniéndose de pie, extendiendo los brazos tanto como
pudo.
El joven le imitó, en un ridículo intento de impresionarle, pero el
adulto se limitó a gruñir y erizar todos los pelos del cuerpo.
Urak, sorprendido, se fijó
en el adulto y vió que seguía apoyado en la lanza, y que su pierna derecha
parecía torcida. Sí, una enorme cicatriz le recorría todo el muslo, desde la
cadera hasta casi la rodilla. ¿Desgarro, rotura?. Podía ser de una caída o de un
ataque de una fiera, pero era una cicatriz antigua, de al menos varios años de
antigüedad.
El adulto estaba cojo, es decir que en una pelea Urak tendría
bastantes posibidades de vencer.
Urak avanzó hacia el jabalí, y el joven avanzó sobre él pero sin llegar a ponerse al alcance de su brazo. El adulto, por su parte, había dejado de estar quieto. Se movió con increíble celeridad aullando y golpeando el suelo con la lanza en la que hasta ahora se había estado apoyando. Urak tuvo que retroceder con rapidez para evitar el golpe de la lanza.
Gruñendo entre dientes,
Urak comenzó a merodear de un lado a otro observando a los intrusos desde una
prudencial distancia.
La carne estaba ahí, a tres saltos de distancia, podría
intentar dar esos saltos, coger el medio jabalí que aún no había sido despiezado
y salir corriendo, pero el joven se le abalanzaría y le entretendría el tiempo
suficiente para que el adulto, más lento pero mucho más fuerte, pudiera
alcanzarle y golpearle con la lanza.
Si Urak estuviera en buenas condiciones
físicas podría enfrentarse a ellos con algunas posibilidades de vencer, pero
estaba agotado, casi exausto tras varios días sin alimentarse. Necesitaba la
comida, no solo por él, sino por Dari y los niños.
Urak dejó de merodear e
intentó acercarse al jabalí, pero, tal como había previsto, el joven avanzó
sobre él mientras el adulto volvía a avanzar aullando y agitando la lanza.
Para estar cojo se movía bastante rápido.
Urak retrocedió sin consumar el
último salto y volvió a merodear observándoles y gruñendo, pero esta vez había
quedado mucho más lejos que antes mientras que los intrusos habían recuperado
terreno y volvían a estar prácticamente junto al jabalí. Loco de rabia, Urak
volvió a atacar, pero esta vez no detuvo su avance. Estrelló la lanza contra la
cabeza del joven, y agarrando su maza más pesada se revolvió contra el
adulto que se había abalanzado sobre su espalda y le intentaba morder el cuello.
En el forcejeo, el cojo le estuvo a punto de desgarrar el cuello, pero había
mordido las pieles con las que se abrigaba y Urak aprovechó para revolverse y
golpearle en las costillas. Después todos se replegaron. y volvieron a
observarse mutuamente.
El joven se frotaba la cabeza en el lugar que había
recibido el golpe y unas gotas de sangre chorreaban por su mejilla, pero no era
un golpe importante: de nuevo estaba agitando los brazos y aullando retador. El
adulto parecía más ileso, pero Urak notó que ahora se balanceaba menos, quizás
valorando que estaban a punto de perder el jabalí que tanto les había costado
cazar, o quizás dolorido por los golpes en las costillas que Urak le había
conseguido encajar.
Por su parte, Urak sentía la mordedura en el cuello, que
aunque no había llegado a desgarrarle, le había arrancado varios mechones de
pelo.
Urak pensaba que había salido mejor librado que sus rivales, pero al
mismo tiempo había notado que estaba ya al borde de sus fuerzas. El agotamiento,
el hambre, los dos días de búsqueda le habían dejado en tal situación que dudaba
que pudiera repetir el ataque.
Y el caso es que tenía todas las de ganar,
contra un joven inexperto que aún no había desarrollado todas sus fuerzas y un
adulto cojo cuyas escasas pieles apenas le protegían de los golpes.
O las
tendría, si tuviese todas sus fuerzas. Pero en su estado actual dudaba que
pudiera repetir un ataque como el último.
Urak dejó de gruñir y
detuvo su merodeo, en parte para ahorrar su últimas energías, en parte para
intentar encontrar una solución. Si los otros hubieran sido miembros de su
antigua tribu no hubiera habido ningún problema, hubieran compartido la carne.
Pero tratándose de extraños había que auyentarlos, echarlos del territorio. La
tierra no podía mantener a demasiada gente, por eso una tribu debía marcar su
territorio a varias leguas alrededor de su cueva y no permitir que ningún
extraño se estableciera en el territorio.
En ocasiones un intruso podía
atravesar su territorio, y la mayoría de las veces solo se enteraban por su
rastro, varios días después de que hubieran pasado, pero si sorprendían a un
extraño lo echaban de inmediato, y si un grupo intentaba establecerse demasiado
cerca de ellos los atacaban para expulsarlos.
Urak se veía impotente
para expulsar a los intrusos, se veía impotente para cazar o para arrebatarles
la pieza que ellos habían capturado. ¡Pero no podía rendirse, no podía renunciar
a la carne, la necesitaba!.
Urak volvió a merodear y volvió a detenerse
emitiendo gruñidos sordos mientras los intrusos observaban sus movimientos,
esperando un nuevo y tal vez definitivo ataque. Pero Urak sabía que no sería
capaz de lanzar ese definitivo ataque.
Entonces se dio cuenta de algo en lo que no había caído. ¿Cómo es que no habían huído?. Un joven y un cojo no serían rivales para él en condiciones normales, y eso ellos deberían saberlo o suponerlo. Porque ellos ignoraban el grado de agotamiento en el que Urak se encontraba, y no sabían que él no sería capaz de repetir su ataque.
¡Ellos necesitaban la
carne tanto como él!.
Quizás tendrían la misma hambre, tal vez llevaran sin
cazar tanto tiempo como él, tal vez, como él, tuvieran una familia que
alimentar.
Urak se maldijo por su
debilidad. Volvió a mirar el jabalí, el medio jabalí del que habían dejado de
exhalar vaharadas de vapor y los filetes extendidos sobre ramas que ya debían
estar medio congelados.
Volvió a contemplar a los intrusos, quietos,
expectantes, indecisos sobre su próximo movimiento pero decididos a no
retroceder, a no abandonar la carne que, ahora Urak lo comprendía, necesitaban
tanto como él.
El jabalí, los intrusos, Urak desesperaba. ¡Si fueran de su tribu!. ¡Si pudieran compartir la carne!. Urak dejó de gruñir y el silencio se hizo en el claro. El cielo estaba nublado y el sol apenas calentaba. Hacía frío.
Urak agradeció las gruesas pieles que le abrigaban y entonces...
¡Y entonces...!
¿Dónde estaban sus
pieles?. Contempló a los intrusos con asombro. ¿Dónde estaban sus
pieles?.
Apenas vestían unas tiras de pieles de conejo o marmota atadas por
las extremidades y colgándoles del cuello, pero estas no bastaban para detener
el viento, y debían estar sufriendo el gélido aire de la mañana. El joven
parecía más abrigado, pero nada comparado a las buenas pieles que Urak
vestía.
En los dos años que Dari y Urak llevaban viviendo en la cueva, habían
tenido tiempo de cazar varios animales grandes con los que habían podido coser
pieles de abrigo de muy buena calidad. Urak vestía varias piezas de abrigo y
para él el frío no era ningún problema, pero los intrusos parecían ateridos de
frío.
Aún tenía una posibilidad
de vencer. A pesar de su debilidad, si conseguía mantenerlos así durante mucho
tiempo acabarían congelados.
Pero no, antes de que esto ocurriera la
desesperación les llevaría a atacarle, y aunque ellos lo ignoraban, Urak no
creía tener fuerzas para resistir su ataque.
Por un momento le pareció
encontrar la solución, pero era tan extraña que la descartó. Después volvió
a pensarla.
No, era una estupidez, nunca se había hecho.
Urak los contempló intrigado. ¿Sería posible?.
Los intrusos parecían
asustados y ateridos de frío, pero al mismo tiempo extrañados de que Urak no les
hubiese vuelto a atacar.
Urak se incorporó sobre sus dos piernas pero esta
vez no con gesto amenazador. Los contempló unos segundos y luego, lentamente, se
quitó una de las pieles que llevaba. Con ella en una mano volvió a mirarles.
Ellos estaban sorprendidos contemplándole atónitos sin entender lo que Urak
estaba haciendo.
Con la piel en la mano,
extendió el brazo hacia ellos, que le miraban sorprendidos sin hacer ningún
movimiento. De pronto, el joven pareció entender y tendió una mano hacia la
piel.
Urak la retiró y dió dos pasos hacia el jabalí. Los intrusos,
sorprendidos, se alarmaron e iniciaron un movimiento de defensa, pero al no
producirse el temido ataque volvieron a quedar a la espectativa. Urak se
encontraba de nuevo casi junto al jabalí, y de nuevo tendió el brazo
ofreciéndoles la piel, pero esta vez haciendo gestos hacia el jabalí. Los
extraños de nuevo le miraron sorprendidos, por primera vez con más curiosidad
que temor.
Esta vez fue el adulto el
que pareció entender y le miró extrañado.
Extrañado y asombrado.
El adulto
contempló las piezas del jabalí, contempló la piel en el brazo de Urak y luego
volvió a contemplar a éste.
Agarrando con fuerza su lanza, que usaba como un
bastón, el adulto se dirigió a las rocas donde se encontraban las piezas del
jabalí. Cogió la pierna de jabalí que había estado despiezando su hijo cuando
fueron interrumpidos y la tendió hacia Urak.
Éste la rechazó con un gruñido.
No quería la pierna, sino todo el jabalí, y así intentó hacérselo saber por
gestos.
El adulto comprendió los gestos de Urak y volvió a mirar lo que
quedaba del jabalí. Estaba la pierna que tenía en la mano, el costillar y los
filetes que habían despiezado y que ya debían de estar congelados. Y luego
estaba el resto: Medio jabalí sin despiezar. Volvió a mirar la Urak, la piel de
su mano y las pieles que aún vestía. Miró a su hijo y sonrió.
Volviéndose a
Urak, señaló la piel que éste le estaba tendiendo y señaló a su hijo. Después
señaló OTRA PIEL de las que Urak vestía y se señaló a sí mismo. Por último
señaló la pieza de medio jabalí que quedaba y señaló a Urak.
Este no estaba
seguro de haber entendido, pero el adulto volvió a repetir los mismo gestos y
por fin lo entendió.
Urak se quitó otra de las pieles, quedándose solo con una prenda interior, suficiente apenas para abrigarle hasta llegar a su cueva. Tendió las dos pieles al adulto que dió un paso para cubrir la distancia que les separaba. Cogió las pieles y retrocedió, tendiendo una de las pieles a su hijo.
Urak, sin darles la espalda, se dirigió hacia el medio jabalí. Con más esfuerzo del que pensaba se lo cargó sobre el hombro y, de nuevo, se contemplaron sobre el resto de las piezas de carne.
Urak emitió un gruñido de
saludo y se dio media vuelta alejándose de ellos. Al llegar al borde de la
espesura se volvió de nuevo a contemplarles.
Puede que algún día volvieran a
encontrarse, puede que no.
Pero si algún día volvían a encontrarse,
procuraría llevar encima un par de pieles de más.
Y este es el Principio
®Juan Polaino
1 de Abril de 2008